Carlo Ginzburg, El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio. FCE, Buenos Aires, 2010, 492 pp

Carlo Ginzburg es hoy una referencia obligada de la historiografía; ya desde El queso y los gusanos evidencia cualidades literarias que son difícilmente repetibles: rompe con el estilo histórico clásico utilizando la prosa y es sumamente atractivo, seguro y audaz.

El libro que hoy nos presenta, El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso y lo ficticio, constituye una verdadera defensa del quehacer histórico y de su fin último, la búsqueda de la verdad. Carlo Ginzburg muestra aquí su conocimiento erudito y sus habilidades para la escritura. Se trata de una recopilación de escritos del autor presentados en diversos eventos científicos. Como es característico en Ginzburg, en cada ocasión se aborda un mundo distinto con una amplitud temática que sólo el autor puede abarcar pero que, por una metodología y una pregunta similar, se unen el modo en que se busca llegar a la verdad y los objetos de estudio que se elijen, donde la realidad, la falsificación y la ficción muchas veces se mezclan para complementarse o para provocar contradicción. De uno u otro modo, el autor nos invita a tomar las riendas de la investigación, cualquiera que sea el material con que contamos, y permitirnos mirar las contradicciones y obstáculos que se presentan en la búsqueda por la verdad.

El trabajo se organiza en quince capítulos y un prefacio. Los mismos, van marcando el derrotero teórico del autor y muestran que en la heterogeneidad de objetos de estudio existen ciertas constantes, entre ellas el interés por investigar a grupos excluidos. Judíos perseguidos, conversos hebreos en Mallorca, indígenas caníbales brasileños, brujas, chamanes, personajes acusados por la Inquisición, protagonizan estos relatos concentrados en temas candentes como el holocausto o la caída de las torres gemelas. En este trabajo el relato se constituye en vehículo del discurso científico, puesto que allí interactúan la ficción y la realidad, la literatura y la historia, la historiografía, la historia y lo falso.

El capítulo XI, es particularmente relevante en lo relativo a la defensa de la disciplina. Allí Ginzburg realiza una fuerte crítica a la posición de Hyden White y Ankersmit, dentro las miradas historiográficas posmodernas. Ginzburg al igual que Giovanni Levi, critican fuertemente estas posiciones que le sacan a la historiografía su valor cognoscitivo, sólo dándole una dimensión textual. Para Ginzburg una posición totalmente escéptica para con las escrituras históricas no tiene asidero. Aunque un documento siempre tiene problemas con la realidad, la realidad existe. La especificidad de la microhistoria italiana se debe buscar en la apuesta cognoscitiva. Se sostiene que todas las etapas que marcan los ritmos de la investigación son construidas, esta idea es claramente en rechazo a la posición escéptica posmoderna. Hoy la insistencia de la dimensión narrativa de la historiografía no hace diferencia entre relatos fantásticos y relatos con pretensiones de verdad. Ginzburg piensa que una consideración de la dimensión narrativa de la historiografía no implica necesariamente una reducción de las posibilidades cognitivas de la historia, sino una intensificación de las mismas.

En el capitulo XIII se trata otro problema fundamental, el surgimiento de la microhistoria como mirada historiográfica y como posición científica. Aquí se explica que el elemento de convergencia que llevó hacia la microhistoria fue el rechazo del etnocentrismo y la teleología que caracterizaban la historiografía del siglo XIX. Algunos de los factores que se marcan para este fenómeno son el advenimiento de la burguesía, el afianzamiento de la entidad nacional, el desarrollo económico y la misión civilizadora de la raza blanca. un contexto donde el conocimiento histórico implicaba la construcción de series documentales y el rechazo por el etnocentrismo, lo llevó a un análisis que indagaba de cerca una documentación acotada, ligada a un individuo que de otro modo sería ignoto. El autor sostiene que los obstáculos que se interponen a la investigación como lagunas deben sumarse al relato, introduciéndose así la "cocina" del análisis histórico. Desde esta perspectiva se demuestra que el pasado, a pesar de todo, no es inalcanzable.

Dentro de los aportes "microhistóricos", quisiéramos destacar dos cuestiones que consideramos fundamentales. Por un lado, en la manera de encarar el objeto de estudio, se privilegia la anomalía y no la analogía. Ginzburg considera que podemos pensar a ambas como complementarias, ya que la violación a la norma contiene en sí misma la norma. Por otro lado, se plantea la idea de que la realidad es fundamentalmente discontinua y heterogénea, por lo que ninguna conclusión obtenida a propósito de determinado ámbito puede ser automáticamente transferida a un ámbito más general. Esta incapacidad por trasladar automáticamente desde lo microscópico a lo macroscópico y viceversa, es planteada en el libro como la mayor dificultad y la mayor riqueza de la microhistoria. Desde la mirada del historiador, el margen de incertidumbre activa una profundización en la investigación que liga el caso específico al contexto.

El capítulo XV muestra el papel que cumple el historiador en el proceso de la investigación, donde el sujeto está presente tanto desde su conciencia como desde su inconsciencia, por lo tanto este es un capítulo autorreferencial. Aquí Ginzburg cuenta sus avatares como historiador, sus vivencias frente a la búsqueda de objetos de estudio, el encuentro con las fuentes y el lugar del azar en la investigación. Sostiene que la distancia intelectual, la participación emotiva, la pasión por la racionalidad y el respeto por la diversidad cultural son actitudes que se retroalimentan. Para Ginzburg, conocer es reconocer aquello que ya sabemos, que ya forma parte de nuestras experiencias, es lo que nos permite conocer lo nuevo, aislarlo de los demás datos que tenemos constantemente frente a nosotros. Es así como describe por ejemplo la iluminación súbita, aquel momento donde hay una irrupción de un tema de investigación que viene acompañada de la euforia de la ignorancia, aquella sensación de no saber nada sobre un tema y empezar a saber algo.

Este capítulo incluso llega más allá. Ginzburg relata aquí su propia identificación con el objeto de estudio. A pesar de aclarar que es imposible responder por las preguntas y preocupaciones que tuvo en el pasado, hace un pasaje por su vida y manifiesta algunas ideas sobre las posibles marcas que lo llevaron a desenvolverse en el proceso de historizar. Es así como cuenta que en su infancia escuchó cuentos maravillosos y absorbió de su casa un populismo que lo llevó a orientar su investigación hacia el estudio de brujas, hechiceros y otras víctimas de persecución. El capítulo relata, por ejemplo, la relación entre dos personajes perseguidos de la historia: judío y bruja.

Más allá de las posibles críticas a su forma de trabajar la historia, Ginzburg es, hoy por hoy, un clásico. Con este libro expone su profunda defensa de disciplina histórica como camino posible en la búsqueda de la verdad, dejando atrás una mirada positivista pero lejos de un relativismo escéptico.

 

Aída Alejandra Golcman

CONICET–IDES–UNGS

 

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