Miradas diplomáticas: México en la correspondencia del Palacio Itamaraty (1919–1939)

Miradas diplomáticas: México en la correspondencia del Palacio Itamaraty (1919–1939)

Diplomatic Approaches: Mexico in the Correspondence of the Itamaraty Palace (1919–1939)

 

Regina Crespo

Información sobre la autora:

Regina Crespo. Doctora en Historia Social por la Universidad de São Paulo, maestra en Letras y licenciada en Ciencias Sociales (Universidad de Campinas). Investigadora titular A del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC), y profesora y tutora del posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores (SNl). Es autora de Itinerarios intelectuales: Vasconcelos, habato y sus proyectos para la nación (2004) y coautora de Ensayistas brasileños. Literatura, cultura y sociedad (2005) y Alguna poesía brasileña. Antología: 1963–2007 (2009). Es coordinadora del volumenRevistas en América Latina: proyectos literarios, políticos y culturales (2010). Sus líneas de investigación son: historia intelectual, literaria y cultural; intelectuales, política y cultura; revistas y redes intelectuales latinoamericanas.

About the author

Regina Crespo. Ph. D. in Social History (University of São Paulo), MA in Líterature and BA in Social Sciences (University of Campinas). Tenured Professor A at the Center for Research on Latin America and the Caribe (CIALC) and graduate professor and tutor in Latin American Studies, UNAM. Member of the National System of Researchers (SNI). She is the author of Itinerarios intelectuales: Vasconcelos, Lobato y sus proyectos para la nación (2004) and co–author of Ensayistas brasileños. Literatura, cultura y sociedad (2005) and Alguna poesía brasileña. Antología: 1963–2007 (2009). She is the coordinator of the Revistas en América Latina: proyectos literarios, políticos y culturales (2010) issue. Lines of research include intellectual, literary and cultural history; intellectuals, politics and culture; Latin American journals and intellectual networks.

Fecha de recepción: junio de 2011; Fecha de aceptación: marzo de 2012.

Resumen

En este trabajo se analiza cómo evolucionaron las relaciones político–culturales entre México y Brasil en el periodo de 1919 a 1939, a partir del estudio de la correspondencia de los representantes diplomáticos brasileños en México. Se busca entender hasta qué punto el histórico aislamiento político y cultural de Brasil en el continente, su tradicional política de alineamiento con Estados Unidos y el evidente conservadurismo de su gobierno intervinieron en la imagen que sus diplomáticos construyeron de México y los mexicanos en sus análisis de los acontecimientos culturales y políticos del país.

Palabras clave: México, Brasil, relaciones diplomáticas, correspondencia diplomática, Abelardo Roças.

Abstract

This article analyzes the way political and cultural relations evolved between Mexico and Brazil during the period from 1919 to 1939 on the basis of the study of the correspondence between Brazilian diplomatic representatives in Mexico. It seeks to understand the extent to which Brazil's historic political and cultural isolation on the continent, its traditional policy of alignment with the United States and the obvious conservatism of its government intervene in the image its diplomats constructed of Mexico and Mexicans in their analysis of the country's cultural and political events.

Key words: Mexico, Brazil, diplomatic relations, diplomatic correspondence, Abelardo Roças.

 

Introducción

Las relaciones entre México y Brasil han tenido periodos de proximidad variable, de conflicto o indiferencia. Esto se debe a la competencia política y económica que, a lo largo de los años, han mantenido los gobiernos de ambos países; algunas veces de manera velada, otras de forma explícita. Por una parte, la búsqueda de ambos por el liderazgo continental ha incidido en la conducción de sus relaciones intelectuales y culturales; esto ha llevado a la construcción de un imaginario no siempre halagador acerca del "otro", que se concibe, muchas veces, como un contrincante potencial. Tal imaginario ha llevado más hacia la separación que al acercamiento de brasileños y mexicanos. Por otra parte, la influencia de Estados Unidos sobre América Latina y la inevitable presencia del poderoso país en la agenda económica y política de los gobiernos de México y Brasil han afectado y, con frecuencia determinado, los contactos entre ambos.

No se puede negar la presencia de un esfuerzo constante por lograr intercambios económicos y culturales, esfuerzo que ha sido la tónica de los convenios, tratados de cooperación cultural e, incluso, acuerdos comerciales que han vinculado a México y Brasil desde el origen de sus vínculos diplomáticos.1 Sin embargo, las relaciones comerciales entre los dos países han sido, por lo general, problemáticas; y las relaciones políticas y culturales, poco productivas.2

En lo que se refiere al ámbito cultural, algunas fuentes consultadas en la prensa brasileña y mexicana, así como el material encontrado en los archivos diplomáticos de ambos países muestran, durante la primera mitad del siglo XX, un estado general de indiferencia, intercalado con situaciones episódicas de intercambio entusiasta. Estos episodios fueron motivo de júbilo, pero no echaron raíces ni mostraron continuidad. Es posible, por lo tanto, no sólo confirmar la ausencia de una política continua y sistemática de intercambio cultural entre los dos países, sino también observar que las poco trascendentes relaciones culturales entre México y Brasil en el periodo dependieron en gran medida de la acción eventual de intelectuales vinculados a la estructura diplomática, así como de las actividades rutinarias del cuerpo de profesionales del servicio exterior.

La perspectiva de fondo del presente trabajo es comparativa.3 Sin embargo, el foco de atención estará en uno de los polos de la comparación. Se examinarán las relaciones políticas y culturales entre México y Brasil a partir del análisis a profundidad de la correspondencia enviada por los diplomáticos brasileños al Ministerio de Relaciones Exteriores de su país en el periodo comprendido entre 1919 y 1939.4 Los diplomáticos brasileños escribieron acerca de la política, la sociedad, la vida cultural y las perspectivas económicas de México, a fin de ofrecer bases concretas para el posicionamiento del gobierno de su país en sus relaciones con el mexicano. Revisar esta correspondencia ofrece a los lectores actuales una mayor comprensión sobre el lugar y el papel que el gobierno brasileño destinó a México y a Hispanoamérica en su agenda política, durante esos 20 años.

El material a analizarse reúne oficios, reportes y correspondencia confidencial. Asimismo, los expedientes abarcan recortes de periódicos sobre temas brasileños o asuntos políticos de relevancia para las relaciones entre México y Brasil, acompañados algunas veces de notas explicativas, además de noticias sobre la publicación de libros, encuentros científicos y artísticos. Algunos embajadores fueron más minuciosos: adoptaron la política de enviar mensualmente al ministro de Relaciones Exteriores un largo reporte sobre los sucesos políticos, económicos y culturales del país. Otros sólo elaboraron notas escuetas. En varias ocasiones, la embajada quedó bajo las órdenes del encargado de Negocios. La ausencia del embajador se dio, en algunas ocasiones, por razones personales y, en otras, por disposición oficial del gobierno brasileño, disgustado por cuestiones diversas. En estos casos, la correspondencia se volvía responsabilidad del encargado de Negocios en turno, quien, al parecer, disponía de la misma autonomía que su superior para comunicar y opinar. Hubo, entre los encargados de Negocios, varios a quienes les encantaba producir análisis detallados y cargados de subjetividad acerca de hechos, situaciones y costumbres mexicanos.

El tradicional aislamiento político y cultural de Brasil en el continente hizo de los brasileños observadores curiosos de un entorno que siempre les pareció poco familiar. El ejercicio constante de la comparación, con la consecuente construcción de un imaginario acerca del otro –distinto y en muchos aspectos inferior al que mira y compara—, condujo a la elaboración de líneas de acción en el ámbito de la agenda política externa del país hacia América Latina, priorizando algunos contactos y alianzas en detrimento de otros. Para los brasileños, México representaba un caso singular, dadas las circunstancias de ser un país históricamente marcado por violentos conflictos externos y largas pugnas internas de carácter político, étnico e incluso religioso.

En sus apreciaciones, y en las acciones que tomaron como representantes de su país, los diplomáticos brasileños reflejaron no sólo los rasgos típicos de una orden casi estamental, sino también las líneas maestras de un Estado política y socialmente conservador. En los relatos y reportes que enviaron a su gobierno, fueron muchas veces incapaces de rebasar los estereotipos sobre México, al que consideraban explícita o veladamente un país retrasado, habitado por un pueblo ignorante y atávicamente condenado a la barbarie. Asimismo, era notoria entre la mayoría de ellos la ausencia de una apreciación crítica y honesta sobre la naturaleza de Brasil, tildado una y otra vez, de país desarrollado y armonioso, dueño de un pueblo pacífico, destinado incuestionablemente al progreso. Tales imágenes e impresiones, en el primer caso mordaces y agrias y, en el segundo, elogiosas y autorreverentes, funcionaron como el caldo de cultivo ideal para la construcción de una relación más de alejamiento y competencia que de colaboración y solidaridad.

Aun así, es posible encontrar una serie de escritos cuya tónica era el genuino deseo de acercamiento e intercambio. La noción de Brasil como parte de América Latina orientó muchos de los documentos enviados al Itamaraty, en los cuales se percibe la preocupación de sus autores por buscar formas de que la presencia del país en México se viera fortalecida. Llaman la atención la descripción minuciosa de algunos encuentros entre los diplomáticos brasileños y las autoridades políticas locales y el placer con el que muchos narraron las atenciones de los intelectuales y la prensa mexicana hacia Brasil, plasmadas en artículos elogiosos sobre el país.

Los textos seleccionados, escritos al calor de los acontecimientos y repletos de la subjetividad de sus autores, serán los hilos conductores de este trabajo, el cual transitará por un camino inevitablemente lleno de ausencias y vacíos. Los archivos diplomáticos guardan joyas documentales, pero también conforman verdaderos laberintos en que tales joyas se dispersan o se pierden. Sin embargo, entre ausencias y extravíos, se percibe también el ejercicio explícito del silencio, con el cual se dio respuesta a comentarios y peticiones. Así, entre oficios extraviados, fotos desaparecidas, recortes perdidos y asuntos no concluidos, o simplemente silenciados, fue posible construir un breve cuadro de lo que representaron las miradas, no siempre diplomáticas, de los funcionarios brasileños en el ámbito de la historia de las relaciones entre México y Brasil.

En estos 20 años de correspondencia enviada al Palacio de Itamaraty, algunos temas fueron constantes: la revolución mexicana y sus consecuencias para el país y el continente; el lugar y la acción de los caudillos en el contexto sociopolítico; la estructuración de la vida política mexicana alrededor de la acción del partido oficial y de las deliberaciones del presidente en turno (la discusión acerca del carácter dictatorial o no del gobierno mexicano siempre llamó la atención de los brasileños). También ocupó lugar importante la cuestión religiosa. La guerra cristera fue objeto de muchas cartas y llegó incluso a ser motivo de conflicto entre la embajada de México en Brasil y la prensa católica local. Finalmente, las relaciones políticas y económicas de México y Brasil con Estados Unidos, durante el periodo, también ocuparon muchos de los textos enviados al Ministerio.5

 

Años 1920: de la admiración por Obregón a la antipatía por Calles

En 1919, Brasil era representado en México por Luís Gurgel do Amaral, encargado de Negocios. Se puede decir que las relaciones entre México y Brasil pasaban, entonces, por un momento de distensión. La caída de Porfirio Díaz en 1911 no había agradado al gobierno brasileño. Los representantes diplomáticos del país vieron con aprensión el fin del un régimen cuyo lema, "orden y progreso", era compartido por su gobierno. Varios factores contribuyeron al alejamiento entre los gobiernos de Brasil y México durante la revolución. La intervención ineficaz de Brasil, al lado de Argentina y Chile (el llamado "ABC"), en la mediación del conflicto entre México y Estados Unidos, en I914, fue un ejemplo. La preocupación del gobierno brasileño por complacer a Estados Unidos, siguiendo su política hacia México, molestaba con razón a los gobernantes mexicanos. El polémico ministro plenipotenciario brasileño, José Manuel Cardoso de Oliveira, quien permaneció en México de agosto de 1912 a octubre de 1915, primero como representante de Brasil y después como encargado de Negocios del gobierno de Estados Unidos, contribuyó al alejamiento entre los gobiernos de los dos países pues creó varias situaciones políticamente delicadas.6

En los años siguientes a la salida de Cardoso de Oliveira, los gobiernos de México y Brasil sólo mantuvieron contactos superficiales y protocolarios a través de sus respectivas legaciones y cancillerías.

La recepción de Gurgel do Amaral por el mismo presidente Venustiano Carranza daba al diplomático brasileño un estatus diferenciado y abría el camino de una reaproximación entre los dos países, algo muy importante para el gobierno mexicano. Carranza llevó a cabo esta campaña de acercamiento con los países sudamericanos, a la que los presidentes álvaro Obregón y Plutarco Elias Calles dieron continuidad.

Las relaciones de México con Estados Unidos fueron un tema constante en la correspondencia de Gurgel do Amaral al Itamaraty. De enero a mayo de 1919, el encargado de Negocios envió al Ministerio varios recortes de periódicos relacionados con temas clave de la política externa de México, principalmente sus problemas con Estados Unidos relativos al petróleo y a cuestiones territoriales.7 La correspondencia, que cesó abruptamente en mayo, resurgió en 1921, cuando el embajador Antonio Feitosa recibió la misión de comparecer en los festejos por el Centenario de la Independencia mexicana como embajador extraordinario y plenipotenciario; el embajador envió una larga carta sobre el evento al ministro de Relaciones Exteriores, José Manuel de Azevedo Marques.8

Por instrucciones del gobierno mexicano, Feitosa fue nombrado decano del cuerpo diplomático; recibió una serie de honores del presidente Obregón a título personal, lo que consideró una atención directa a Brasil. De hecho, continuaba el gran interés del gobierno mexicano por estrechar relaciones con el gobierno brasileño. Dos años antes, en 1919, Aarón Sáenz, quien ocuparía el puesto de secretario de Relaciones Exteriores de 1923 a 1926, llegó a Brasil como enviado plenipotenciario. Su misión como diplomático era abrir un puente directo hacia el gobierno y la sociedad brasileños, para contrarrestar la campaña de difamación que las agencias de noticias estadunidenses seguían llevando a cabo en contra de México en Sudamérica.9 Sáenz percibió muy pronto que en Brasil, cuyo gobierno era el principal aliado de Estados Unidos en Sudamérica, la visión sobre México era sesgada por tal campaña, e incluso por el mismo conservadurismo de las elites gobernantes, las cuales no veían con simpatía los cambios sociales generados por la revolución.

Después de la cálida recepción a Feitosa, la inauguración en el centro de la ciudad de México de la calle Brasil (al mismo tiempo que las de Chile y Argentina, homenajeados en los festejos del Centenario) y la promesa de regalar al pueblo brasileño una estatua de Cuauhtémoc,10 el gobierno mexicano, de manera unilateral, elevó su representación diplomática en Brasil a la categoría de embajada, el 25 de enero de 1922. Evidentemente, presionó para que el gobierno brasileño hiciera lo propio. El análisis de la correspondencia brasileña de todo el año 1922 y del primer semestre de 1923 muestra cómo el tema recibió la atención del gobierno y de la prensa de México, la cual prácticamente exigía la reciprocidad inmediata del gobierno de Brasil.11 En carta confidencial al ministro de Relaciones Exteriores, Régis de Oliveira, ya nombrado embajador de Brasil en México, percibía con desagrado lo que consideraba evaluaciones oportunistas de la prensa y de los mexicanos en general. Según el embajador, los mexicanos –deseosos de enfrentar a los países del sur del continente con Estados Unidos—, consideraban toda y cualquier iniciativa de los sudamericanos por acercarse a México como un reproche velado a Estados Unidos.12

Oliveira, saludado en la prensa como la persona más idónea —por su trayectoria, cultura y orígenes nacionales— para ser el decano del cuerpo diplomático en México,13manifestaba en su correspondencia confidencial ideas que no serían, en absoluto, del agrado de los mexicanos. A su temor sobre las repercusiones negativas que la creación de la embajada de Brasil en México podría generar al gobierno de Estados Unidos, se aunaba una reprobación total al régimen político que los mexicanos habían adoptado ("un régimen demagógico que sería de los peores en cualquier parte del mundo, pero que, en una tierra nueva y rica, sólo podrá aumentar los males que esta sufre y traerle aislamiento").14

Un editorial de El Universal, de julio de 1922, exigía la instalación de la embajada brasileña y a la vez criticaba irónicamente la conducta del gobierno brasileño:

No falta quien crea que para no herir la susceptibilidad de los Estados Unidos, sino antes bien para tenerlos gratos y contentos, el Brasil no enviará embajador a México antes de que aquí se encuentre el que nos venga de Washington.15

La carta que el embajador envió al Itamaraty ocho meses después confirma las sospechas del periódico:

Sin tomar la libertad de juzgar los motivos que sin duda existían para llevarnos a la creación de una embajada, creo, sin embargo, que el momento no era oportuno y que hubiera sido mucho mejor aguardar a la posible modificación del régimen constitucional, que está trayendo las más serias complicaciones a las relaciones internacionales de este país, y el reinicio de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, lo que difícilmente se dará mientras en México no exista una verdadera garantía para la propiedad privada.16

El alineamiento automático con Estados Unidos, considerado una política de Estado segura y oportuna, se evidencia en las palabras de Oliveira. Su visión —ingenua o idílica— hacía que justificara la posición convenenciera del gobierno brasileño y, simultáneamente, aceptara la conducta despótica y patriarcal de Estados Unidos frente al continente, fundamento de su teoría del "destino manifiesto":

A pesar del enorme poder material de Estados Unidos, que la gran guerra vino a poner en la posición de arbitro mundial, es grande el peso moral de la opinión de las grandes naciones de Sudamérica que, a mi modo de ver, no deben temer para nada a la expansión norteamericana, ya que Estados Unidos siempre buscará colaborar política y económicamente con nosotros, sin oposiciones antipáticas, para el progreso de cada una de las naciones del continente cuya administración y cuyas leyes ofrezcan la garantía de la seriedad y de un verdadero espíritu de colaboración internacional.17

En un artículo para el periódico El Universal, que Oliveira agregó a su carta confidencial a Félix Pacheco,18Isidro Fabela saludaba la creación de la embajada de Brasil en México como un hecho trascendente, que cambiaría la orientación de la política internacional en América Latina. Recordemos que Fabela había sido el gran impulsor de la política de acercamiento entre México y los países de Sudamérica durante su actuación como encargado de las relaciones exteriores de México en la región, en el gobierno del presidente Carranza. En este artículo, escrito varios años después, Fabela observaba que hasta ese entonces sólo Estados Unidos había creado embajadas en países del continente, con el obvio beneplácito de sus gobiernos, sobreponiéndose al fomento de las relaciones regionales que deberían ser más relevantes. Fabela se preguntaba por qué Chile, Argentina y Brasil aún no habían intercambiado embajadas y mantenían sus relaciones bilaterales a través de simples legaciones.19 Ahora bien, si Estados Unidos había enviado embajadores a Sudamérica por razones de Estado, a fin de expandir su influencia política y poder económico en la región, con el fundamento de la "arbitraria doctrina Monroe", los países latinoamericanos, al enviar embajadores a Estados Unidos y meros ministros a los vecinos, mantenían una política de subalternidad y "recíproco desdén".

Evidentemente, Fabela iba en dirección contraria a la postura de Oliveira. Su justificado temor hacia el imperialismo estadunidense lo llevaba a defender la creación de una diplomacia iberoamericana, en la cual el intercambio de embajadas entre México y Brasil representaba el primer logro. En su artículo, Fabela buscó manejar tal intercambio como si hubiera sido una decisión conjunta. Sin embargo, en un ligero desliz contradijo su discurso, afirmando: "nuestra Cancillería puede ufanarse con derecho de haber conseguido un triunfo que la nación debe mirar [...] como un paso más hacia la soñada unión iberoamericana que puede ser, en un porvenir más o menos lejano, la salvación de nuestra raza".

Innegablemente, el intercambio de embajadas expandió el espectro de relaciones entre México y Brasil. Fue resultado de un largo y calculado trabajo político que el gobierno mexicano inició en las conmemoraciones del Centenario de la Independencia de México y que tuvo su acto más espectacular en los festejos del Centenario de la Independencia de Brasil. Contó con la flamante presencia de José Vasconcelos, enviado especialmente al evento como embajador extraordinario y plenipotenciario, junto con una importante comitiva de intelectuales y artistas. Hechos como la inauguración de un precioso pabellón de exposiciones y la entrega de la estatua de Cuauhtémoc, que hasta el día de hoy adorna la playa de Flamengo en Río de Janeiro,20 dieron a México una visibilidad de la que hasta entonces no disfrutaba, y a Alvaro Obregón un aura de simpatía que produjo hondas manifestaciones de aprecio en los sectores de la izquierda brasileña cuando lo asesinaron.21

En julio de 1923, México recibió la visita de dos brasileños ilustres. El primero fue el consagrado jurista Rodrigo Octavio, quien fungió como árbitro en varias cuestiones internacionales de México, y que deliberó casi siempre a su favor. Rodrigo Octavio escribió un simpático libro de viaje sobre sus estancias en México y Perú. El segundo fue el joven poeta y futuro diplomático Ronald de Carvalho, quien, invitado por José Vasconcelos, dictó conferencias sobre literatura brasileña en varias ciudades mexicanas y escribió una serie de poemas sobre México y América Latina, contagiado por el latinoamericanismo de Vasconcelos y del gobierno mexicano bajo la presidencia de Obregón.22 Ambos visitantes recibieron muchos homenajes de los sectores políticos e intelectuales del país. Algunos meses antes, en marzo, el futuro embajador de Brasil en México, Régis de Oliveira, recibió un retrato de los mexicanos que contrastaba con la atenta acogida arriba descrita. El encargado de Negocios le había enviado sus impresiones sobre el país, después de vivir ahí por un año y medio:

Las condiciones políticas y económicas de México, a mi modo de ver, no pueden ser peores y la actitud del gobierno al elevar los impuestos de manera continua, al mismo tiempo que prestigia ostensivamente a los sindicatos, conducirá a México hacia la ruina inevitable y sin remedio. [...] En cuanto al progreso intelectual y artístico del pueblo, se resume con raras excepciones, en admirar cada vez más las corridas de toros y las peleas de gallos.23

La preocupación del cuerpo diplomático brasileño por el "bolchevismo" que, según su punto de vista, florecía en México de la misma manera que en Rusia, fue uno de los temas más tratados en la correspondencia que Oliveira envió a Brasil durante los casi tres años que vivió en el país.24 Tal preocupación incrementó las visiones negativas de los diplomáticos sobre México, visiones que se agudizaron aún más cuando Plutarco Elias Calles sucedió a Alvaro Obregón en la presidencia y acentuó los rasgos radicales que ya venía imponiendo a la política nacional, como secretario de Gobernación, desde el gobierno anterior.

En 1925, el embajador Antonio Feitosa presentó sus credenciales a Calles.25 En septiembre de 1926, Feitosa envió al Itamaraty un interesante diagnóstico acerca de la estructura política de México bajo la presidencia de Calles y de la pugna entre la Iglesia católica y el gobierno. El embajador observaba la ausencia de separación entre los poderes en el país, al examinar la reforma que Calles, autorizado por el Congreso de la Unión, realizó de los "Códigos Civil, Penal, Comercial, etc."26 El 14 de julio de 1926, el presidente había promulgado una ley que "blindó" la práctica religiosa y la acción de los religiosos en el país, ocasionando tal ruptura entre las altas jerarquías católicas y el gobierno que el país se sumergió en otra guerra civil, la "cristera", que se prolongó hasta 1929, con miles de muertos y heridos.

El tema de la intolerancia religiosa y del "bolchevismo" del Estado mexicano llamó la atención de la prensa católica brasileña y en particular atizó la pluma sagaz de Jackson de Figueiredo, intelectual católico, quien había ocupado el puesto de censor durante el gobierno de Artur Bernardes. Figueiredo escribió varios artículos en contra de México, con una carga altamente prejuiciosa acerca del presidente Calles, a quien el autor se refería como "el judío Elias".27 Feitosa narró al Ministerio las pláticas que sostuvo con Genaro Estrada, entonces subsecretario de Relaciones Exteriores, en las que reclamó acerca de la conducta nada diplomática del entonces embajador de México en Brasil, Pascual Ortiz Rubio quien, entre otros arrebatos, amenazó con romper relaciones con Brasil y abandonar el país.

Las versiones de este episodio son muy distintas. En sus memorias,28 Ortiz Rubio justificaba su conducta afirmando que defendía a México y a su presidente de ataques y ofensas de una prensa ideológicamente sesgada. Según Ortiz, el mismo ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Félix Pacheco, era el propietario de uno de los más tradicionales periódicos conservadores, el Jornal do Comércio, en cuyas páginas Figueiredo solía escribir. A pesar del casi incidente diplomático que ocasionó, y que la embajada brasileña ayudó a resolver,29 la conducta de Ortiz Rubio recibió el apoyo de sectores de la izquierda local, partidarios del Estado laico y contrarios a la intervención de la Iglesia en la vida política.30 De cualquier manera, Ortiz tuvo que soportar la situación. Según el embajador, el mismo presidente Calles le pidió que lo hiciera

pues no convenía a los intereses del gobierno romper relaciones con el Brasil, porque los demás países de la América del Sur interpretarían torcidamente el acto y tal vez en perjuicio de México, y además muy pronto dejaría el poder el doctor Bernardes, y el futuro presidente, doctor Washington Luís Pereira, tenía reputación de liberal y amigo de México.31

Recuérdese que Artur Bernardes gobernó Brasil bajo estado de sitio durante más de la mitad de su mandato (1922–I926).32 La sociedad vivía en permanente tensión y la censura a la prensa impedía la manifestación de la oposición al régimen. En tal contexto, el gobierno sufrió varias rebeliones civiles y militares importantes. Asimismo, hay que recordar también que Bernardes sufrió una fragorosa derrota en el ámbito de la política externa. Después de un largo e infructuoso proceso de negociaciones en el seno de la Liga de las Naciones, donde pretendía que Brasil ocupara un asiento permanente, el 10 de junio de 1926 acabó determinando que el país abandonara el organismo.

Curiosamente, aunque no conste en ningún documento de la correspondencia diplomática consultado, la actitud de Bernardes recibió apoyo de la prensa mexicana33 y fue tema de un amplio artículo de Isidro Fabela, con fecha del 5 de abril de 1926.34La perspectiva latinoamericanista de Fabela lo llevó a reproducir el siguiente pasaje de un discurso de Bernardes:

Pertenecemos a un gran continente cuya importancia no se puede yá poner en duda, y cuya influencia en los destinos del mundo se desarrolla cada vez más en provecho de la civilización y en beneficio de la humanidad. [...] Hay veinte naciones americanas en la Liga sin que ninguna de ellas figure en el cuadro permanente de su Consejo.

El pasaje reproducido lo llevó a afirmar:

Tales conceptos de verdad y justicia ameritan el aplauso y la solidaridad de todos los países hispanoamericanos porque el Brasil dentro de la Asamblea Internacional de Ginebra, es la hermana de mayor prestigio diplomático que dentro de la Liga pudiera defender con mayores facilidades los fueros de nuestra América. [...] La América Latina tiene un gran interés en los futuros acuerdos de la Sociedad de las Naciones y los estadistas europeos deben saberlo y tenerlo presente; porque si en la próxima asamblea no se resuelve dar a los pueblos de nuestra raza uno o dos puestos, cuando menos en el Consejo, nuestros derechos no se sentirán garantizados y la Liga dejara de inspirar confianza a la república de este hemisferio.

A pesar de todo, Brasil no contó ni siquiera con el apoyo de los países hispanoamericanos a los cuales pretendía representar, lo que ilustra su histórico aislamiento en el continente y la asociación de su política con una cierta postura imperialista, visión que predominaba entre sus vecinos.35

Después de los conflictos de 1926, Ortiz Rubio permaneció al frente de la embajada de México en Río hasta diciembre de 1928 y, como se sabe, regresó a su país para asumir primeramente el puesto de secretario de Gobernación, bajo la presidencia de Emilio Portes Gil, y posteriormente para contender por la presidencia del país en las elecciones de 1929.

Antonio Feitosa dejó su puesto en 1926. Rinaldo de Lima e Silva presentó sus credenciales el 11 de noviembre del mismo año. ¿Qué reportes envió el nuevo embajador al Palacio de Itamaraty? Lima e Silva empezó su misión en México cuatro días antes del inicio del gobierno de Washington Luís, el último presidente de la etapa conocida en la historiografía como "República Vieja". Bajo las órdenes del nuevo ministro de Relaciones Exteriores, Octavio Mangabeira, Lima e Silva inició su correspondencia, caracterizada por un estilo directo y escueto, sin prejuicio de un espíritu analítico y relativamente neutral.

¿Cómo veía a México y a los mexicanos el embajador Lima e Silva en los cerca de cuatro años que estuvo en el país? El 15 de enero de 1927, el embajador envió un resumen del mensaje de año nuevo que el presidente Calles preparó a la nación.36 Sin emitir ningún juicio explícito, se limitó prácticamente a enumerar los puntos tratados en el mensaje de Calles, puntos que en sus reportes posteriores al Ministerio trataría de contradecir explícita o implícitamente.

Según Lima e Silva, Calles inició su discurso hablando de las dificultades que su política de liberación del yugo económico extranjero estaba encontrando. Sin embargo, afirmaba que su gobierno podía presentar algunos logros: había generado capacidad suficiente para abrir escuelas agrícolas y profesionales, aumentar la eficiencia del ejército y mejorar todas las ramas de la administración. Sus programas de redención del indio y mejoría de las clases proletarias y "su ciega obediencia a los preceptos legales en materia religiosa y económica" habían servido de pretexto para que sus enemigos tildaran a su gobierno de bolchevista, lo que le parecía injusto, pues nada era más repugnante y exótico al medio y a las condiciones del país que tal ideología. En cuanto a la rebeldía del clero a las leyes del culto, afirmaba que lo único que pretendía con ellas era la plena libertad de fe, sin privilegios a ninguna religión. Finalmente, según Lima e Silva, Calles hizo una apología del ejército que, para él, se había mantenido rigurosamente en su papel. De hecho, en la opinión del presidente, el país debía la tranquilidad de que gozaba a la disciplina del ejército nacional.

Los siguientes dos oficios que Lima e Silva envió a Mangabeira presentaron elementos no precisamente acordes con la evaluación hecha por Calles. En el mensaje a la nación, el presidente mencionaba los programas de redención del indio y la eficiencia y disciplina del ejército nacional como conquistas de su propio programa de gobierno. En oficio reservado del 2 de marzo de 1927, Lima e Silva comentaba acerca de la violencia del "disciplinado" ejército federal precisamente contra los indígenas.37 Los yaquis, que desde tiempos coloniales habían sostenido campañas de resistencia al despojo de sus tierras y a la deportación de sus miembros, nuevamente se habían rebelado contra el gobierno mexicano y sufrían su represión. Al comentar que este era implacable, pasando por las armas a simples sospechosos, el embajador concluyó: "Como usted puede ver, aquí no se conoce el respeto por la vida humana."38

Al narrar algunos eventos de la verdadera guerra por la sucesión presidencial que provocó el enfrentamiento entre los generales Gómez y Serrano y que los condujo a ambos a la muerte, ejecutados por el ejército federal fiel a Calles, el embajador ponía en tela de juicio la "tranquilidad" que el país vivía bajo la disciplina del ejército. El relato, aunque conciso, deja ver la estupefacción del narrador:

La represión que el gobierno ha ejercido no conoce piedad. Basta con decir que se ejecutaron nada más ni nada menos que a 25 generales, algunos de ellos después de que fueron sometidos a consejos de guerra sumarios, otros sin ninguna formalidad. Aquí la vida humana está totalmente a la merced del poder ejecutivo.39

Sobre la ejecución de cuatro individuos acusados de intentar asesinar a Obregón, Lima e Silva comentó:

Por primera vez se vio el simple intento de un delito, que el Código castiga máximo con diez años de cárcel, recibir como punición la pena capital, sin forma de proceso, sin que se permitiera a los reos una palabra de defensa. Y eso en pleno vigor de la Constitución, sin que se hubiera proclamado el estado de sitio.40

A pesar de su asombro frente a lo que veía, Lima e Silva trató de lograr mantener una cierta neutralidad en sus reportes y entender las razones y argumentos para la política interna y externa adoptada por el gobierno. Así lo hizo al comentar los planes de México para la Conferencia Panamericana que se acercaba. Lima e Silva tenía datos que lo llevaban a afirmar que México rechazaría las posiciones de Estados Unidos debido a la sistemática oposición existente entre ambos países.41 Al contrario de Oliveira y Feitosa, verdaderos apologetas de los estadunidenses y de su acción en Latinoamérica, Lima e Silva buscó entender las razones de México para su oposición al vecino y criticó la truculencia y la soberbia de Estados Unidos

en lugar de practicar una política amplia de entendimiento, de suavidad e incluso de indulgencia, hieren frecuentemente, sea por querer intervenir en la confección de las leyes mexicanas, sea por la arrogancia y tono del superior que advierte al inferior, la susceptibilidad exageradamente sensible de México.42

Al trazar un mapa de la intervención de los estadunidenses en la región, el embajador brasileño justifica su condena a este país. La cita es un poco extensa, pero vale la pena reproducirla:

Así, en esta atmósfera de sospecha y hostilidad, no es de admirar que México sea un campo apropiado para las intrigas de los enemigos de Estados Unidos. Aquí encuentran buena acogida: Nicaragua, que tiene su territorio dominado por marinos americanos; Guatemala, que es un satélite político de este país; Cuba, medio soberana, que no puede firmar un tratado o contraer un préstamo sin la audiencia de Estados Unidos, amenazada siempre de intervención, en virtud de la Enmienda Platt; Salvador, con sus aduanas ocupadas; Colombia, que no olvida la afirmación de Roosevelt: "I took Panamá". Este, en la falsa posición de quien tiene su territorio con una zona extranjera de por medio, dividido en dos partes que no se comunican y que ha sido forzado recientemente a firmar un pacto que realmente anula su soberanía. Junto con todos estos, Honduras, Costa Rica, países recelosos acerca de los vecinos, dado que la política externa americana debe principal y necesariamente girar alrededor del canal de Panamá, [...] a todos esos se une Argentina que, o porque no olvidó la sentencia de Cleveland o por ver que nuestra política siempre ha sido de franca amistad hacia Estados Unidos, convencida o fingidamente afirma que su política es de altruismo, basada en la tradición de San Martín de liberación de los pueblos de este Continente de sumisiones e influencias extrañas. Se pone así, siempre que puede, al frente de los descontentos, enfrentando a Estados Unidos.43

La cita es interesante también porque indica una importante cuestión paralela, siempre presente en la política externa brasileña: las relaciones entre Brasil y Argentina. Si Estados Unidos configuraba un punto de referencia fundamental en las relaciones entre Brasil y México, la presencia de Argentina y sus acciones en el panorama latinoamericano y en relación con Estados Unidos también lo eran. A lo largo de los 20 años investigados, la presencia de temas relacionados con la política externa argentina fue constante en la correspondencia enviada al Palacio Itamaraty. Los diplomáticos brasileños acompañaron con atención —y bajo un espíritu siempre competitivo— los movimientos de acercamiento o distanciamiento entre México y Argentina, y entre esta y Estados Unidos.

La década de 1920 terminó con un escueto reporte dirigido al ministro Mangabeira, en que Lima e Silva le comunicaba el fin "oficial" de la guerra cristera, resultado del acuerdo entre la alta cúpula eclesiástica y el presidente Portes Gil. El tema volvería a aparecer en la correspondencia diplomática que fue enviada durante el llamado "Maximato" (1928–1934), periodo de las presidencias de Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, en el cual Calles se mantuvo de facto al mando del país. La figura autoritaria y llena de soberbia del "Jefe Máximo de la Revolución" ocuparía una y otra vez la pluma de los diplomáticos brasileños, en su crítica al "caudillismo atávico" de los mexicanos.

 

La década de 1930: Reyes en Brasil y Roças en México

El año de 1930 empezó con dos noticias importantes. La primera fue la toma de posesión de Ortiz Rubio (con una breve nota sobre el atentado que sufrió el presidente el mismo día de la ceremonia y sin ninguna alusión importante a las polémicas elecciones del año anterior, de las cuales salió vencedor el ex embajador de México en Brasil).44 La segunda fue la entrega de credenciales de Alfonso Reyes al presidente Washington Luís como el nuevo embajador de México en Brasil.45

A partir de finales de octubre de 1930, Alfonso Reyes empezó a narrar con riqueza de detalles y a evaluar con una percepción política admirable (principalmente tratándose de alguien que había llegado a Río de Janeiro apenas en marzo de aquel año) los movimientos, personajes y sectores sociales involucrados en lo que llamó la "Revolución en Brasil".46 De 1930 a 1936, el embajador acompañó con interés todo el proceso de rearticulación de las fuerzas políticas y la reestructuración económica del país que, como varios de sus vecinos, experimentó un crecimiento industrial significativo, aunado a un proceso acelerado de urbanización y modernización de los grandes centros, con una expansión importante de las clases medias y el surgimiento de nuevas demandas sociales. El embajador mexicano pudo seguir de cerca la trayectoria de Getúlio Vargas, como presidente provisional, primero, y constitucional, después (1934–1937).47 En 1938, Reyes volvió a Brasil para cumplir una misión político–comercial de carácter temporal y encontró el país inmerso en la dictadura del Estado Novo que terminaría en 1945.

La revolución de 1930 no generó cambios significativos en la estructura burocrática del Estado y tampoco afectó la organización funcional y la línea ideológica de la diplomacia brasileña, que supo adecuarse a las demandas específicas de cada etapa de la llamada "Era Vargas". En términos generales, los representantes del país en el exterior cumplieron con eficiencia la misión de representarlo sin abrazar públicamente y de manera explícita ninguna tendencia ideológica que no fuera la indicada por el Ministerio de Relaciones Exteriores.48 En lo que se refiere particularmente a México, se observa la defensa de imágenes de Brasil generalmente acordes al pensamiento político conservador que orientó todo el periodo y que normalmente se contraponía a cualquier alternativa de fondo revolucionario (asociada casi siempre al temido comunismo).

El 19 de junio de 1931 Abelardo Roças presentó credenciales al presidente Ortiz Rubio.49 La misión de este embajador en México se extendió de 1931 a 1939–Abarcó algunos prolongados periodos de ausencia (en los cuales la embajada se quedó en manos del encargado de Negocios) y sucedió en uno de los periodos más intensos de las relaciones entre México y Brasil.50

Abelardo Roças se acercaba a su colega mexicano, Alfonso Reyes, en la manera sensible y aguda de evaluar eventos y coyunturas políticas, sus principales actores, contingencias y singularidades. Aunque no contaba con el talento literario de Reyes, Roças desempeñó muy bien su papel de observador y acompañó de manera perspicaz la evolución político–social de México, utilizando, él también, su pluma meticulosa en la descripción y diagnóstico de temas y acontecimientos. En muchos de sus análisis de la política, la cultura y la sociedad mexicanas, el embajador brasileño se introdujo por los interesantes caminos de la psicología social, aderezada, sin embargo, por elementos como el evolucionismo spenceriano, el positivismo comteano y, principalmente, el racialismo todavía predominante entre los sectores conservadores brasileños, de los cuales provenía la mayoría de los diplomáticos. La percepción de aspectos político–culturales como el fuerte nacionalismo mexicano (que Roças criticó ya en sus primeros oficios a Brasil), se desarrolló y profundizó a lo largo de su misión en el país. El mismo embajador trató de justificar tal nacionalismo en algunas ocasiones, al recordar la incómoda y amenazante presencia de Estados Unidos en la vida económica y política de los mexicanos.51 Al analizar un conflicto entre México y China, que había sucedido en 1931 y que tuvo como resultado la expulsión de varios chinos del norte del país, Roças hizo algunos comentarios emblemáticos de su percepción sobre los mexicanos y su relación con los extranjeros y representativos de sus propios criterios ideológicos:

Los mexicanos son animados de un vivo nacionalismo, tendencia aún más exacerbada en el momento presente por los efectos de la angustiosa crisis mundial. Una intensa campaña nacionalista agita todo el país, campaña que acusa a los extranjeros de robar el pan y el trabajo a los nacionales. En lo general no les gustan los extranjeros, psicología de fácil explicación porque, limítrofes de un gran pueblo, que es un vecino incómodo, tienden naturalmente a ampliar la misma visión a los demás países. Nosotros, los brasileños, somos de los pocos a quienes se mira aquí con un poco de simpatía. Por los chinos, el sentimiento dominante en México es una mezcla de odio y desdén. [...] Asimismo, debido a los matrimonios cada vez más frecuentes con nacionales, este elemento asiático se está infiltrando en la raza mexicana, cruzamiento este justamente considerado como una calamidad para un pueblo ya eugenésicamente inferior como el mexicano. Además, habría que comentar que los chinos, a fin de evitar las persecuciones y malos tratos, recurren al soborno que es una institución tradicional en la política mexicana.52

En octubre de 1931, al hablar sobre cambios en el Ministerio, Roças afirmaba que México era "un país debrigands y caudillos".53 En su intento de explicar tal afirmación, siguió la práctica constante en la época: mezclar elementos relacionados con aspectos étnicos, sociales y políticos. Así la "psicología bandolera" de los mexicanos se explicaba, en primer lugar, por el substratum de la raza: el indio (la inmensa mayoría del país) era por índole natural bravucón y vengativo, sin respeto por la vida humana.

Según Roças, 80% de la sociedad mexicana se componía de indios indolentes, que vivían embriagados de pulque y cuya única virtud era su apurado sentido artístico. Del 20% restante, 5% reunía a la aristocracia de blancos latifundistas, sin ninguna conciencia de sus deberes para con el país y para los cuales México sólo era un feudo a explotarse. El restante 15% abarcaba a los mestizos.

La mezcla entre raza y clase social caracterizaba el discurso de Roças. Sin embargo, al mencionar a este 15% de la población, el embajador dedicó más importancia al análisis de su composición social que al análisis de su composición étnica. La "clase intermedia entre el blanco y el indio" se componía de militares, funcionarios, intelectuales, pequeños agricultores, propietarios y comerciantes. A ellos, principalmente al ejército, se debía la revolución. A pesar de afirmar que el ejército mexicano había reclutado a todos los "elementos malos" del país, no era homogéneo. Había en sus filas, políticos que se habían hecho generales en el campo de batalla y conquistado la consigna de caudillos. También había entre sus miembros un elemento "joven, sectario, con cierta cultura intelectual, animado de las más puras intenciones", que el autor comparaba a los jóvenes militares brasileños de la época de la fundación de la república. Sin embargo, había una diferencia (y aquí la comparación denota una visión idílica y patéticamente condescendiente de Brasil en oposición a una amarga y dura definición de México):

El sectarismo de nuestros oficiales era principalmente en el dominio intelectual. En el ámbito moral y material un dulce humanismo los inspiraba. No podía ser de otra manera, porque la crueldad y la maldad no son brasileñas. El fanatismo de los oficiales mexicanos se reviste de algunos rasgos nacionales inferiores, es feroz y dinámico, con algo de ruso, y su fórmula es: crees o te mueres.54

Esta visión, no exactamente condescendiente de los principales protagonistas de la revolución, no impediría, sin embargo, que Roças la viera con cierta simpatía. A pesar de observar que el error más grande de los hombres que la llevaron a cabo había sido la lucha religiosa que generaron y que los "divorció del pueblo",55 el embajador reconocía que la revolución había generado importantes cambios sociales. En noviembre de 1931, Roças afirmaba que la revolución iniciada por Madero contra Porfirio Díaz:

había conservado, a través de todas las oscilaciones, una cierta unidad de orientación, había dado a México una facción moral y social completamente nueva, y sus sucesivos caudillos estaban logrando mantener en el país una tregua aparente de paz, al refrenar con riendas fuertes los impulsos y codicia de los generales.56

Roças enumeraba una serie de conquistas sociales logradas por la revolución mexicana que, en este texto, describía como "inspirada en un puro espíritu democrático y colorida de cristianismo", orientada "preferentemente en el sentido de los desprotegidos, de los pobres y humildes". Según el embajador, la repartición de los grandes latifundios había generado la emancipación política y económica del hombre del campo. La promulgación de una legislación laboral, que garantizaba el derecho a la huelga y la formación de sindicatos, había liberado al obrero de la opresión del capital y la industria. El sentimiento jacobino que la revolución había despertado hacia las cosas del país, había orientado "todas las actividades e ideas hacia un vivo nacionalismo, buscando crear una conciencia nacional".57

En 1937, ya bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, e inmediatamente después del golpe de Estado de Getúlio Vargas y la implantación del "Estado Novo", Roças envió al Ministerio de Relaciones Exteriores un largo reporte sobre la situación política y económica de México. Pasados seis años, el embajador seguía pensando que la revolución mexicana había sido justa, dado que "la orgullosa aristocracia rural, aunada a un clero ávido y parasitario, despilfarraba las riquezas del país, sin cumplir sus deberes con la nación".58 Sin embargo, a pesar de observar que la bandera de la revolución había sido la justicia social y su emblema el agrarismo, Roças concluía ahora que el movimiento no había sido más que un "brote de pretorianismo, con el predominio de la clase militar y el olvido del ideal revolucionario". El carácter reservado de su largo reporte le permitió extenderse en la evaluación del izquierdismo mexicano y vaticinar el fracaso del Estado mexicano en todos los ámbitos, del social al económico.

Roças había iniciado su misión como embajador durante el "Maximato" y pudo observar el fuerte dominio que Calles ejercía sobre la política, los políticos y los generales del país.59 El embajador llegó a afirmar que la política mexicana era "la más inmoral, corrupta y menos escrupulosa de toda América Latina" y que no había que olvidar que su jefe había sido el "propio general Calles".60 Roças sentía una fuerte admiración por el sucesor de Calles, el general Lázaro Cárdenas.61 Según el brasileño, Cárdenas había logrado romper "con el pretorianismo para encarnar el espíritu originario de la revolución". Para Roças, Cárdenas era "un hombre con las nobles virtudes del honor y la sinceridad. Alma sana y moralizadora, defensora de las costumbres públicas, combatiente de los vicios como el juego y el alcohol." Sin embargo, la simpatía de Roças por Cárdenas no lo eximía de críticas. Para el embajador, Cárdenas, además de que en términos de cultura y ciencia de la política era "un primario", no dejaba de ser "un idealista sectario, con el fanatismo de su credo y la creencia en una predestinación propia".

Asimismo, Roças consideraba que la inspiración del presidente era étnica o racial, y propugnaba "la glorificación del indígena, considerado el verdadero representante de la patria mexicana". De tal elección resultaba, en palabras del brasileño, que el "Dios nacionalista de la revolución no es, de facto, el gran conquistador Fernando[sic] Cortés que, con el estandarte de Castilla, creó la nacionalidad mexicana y la incorporó a la cultura universal", sino "el autóctono Cuauhtémoc, el aborigen dominado por las fuerzas telúricas y entregado al bárbaro culto de los sacrificios humanos". Para Roças, tal ideal era una falsedad histórica que, además, iba en contra de la perfección materializada, para él, en el eugenismo. El

pobre indio, a pesar de todo el esfuerzo civilizador segu[ía] siendo el mismo del tiempo precortesiano de Cuauhtémoc. Un ser primario, aún no despierto para la vida del espíritu, sin ninguna conciencia de la nacionalidad [...], en actitud nirvánica de buda solitario.

Con estos antecedentes, el veredicto de Abelardo Roças para México sería definitivo e implacable: "con el predominio de este triste culto del indigenismo, del resurgimiento de una nacionalidad autóctona, se podrá imaginar fácilmente cómo será México dentro de algunos siglos: una inmensa nación de parias".

En 1931, el embajador brasileño veía en la repartición de tierras y en la avanzada legislación laboral formas exitosas de rescatar a la población mexicana de la opresión de los terratenientes y del gran capital. En 1937, sin embargo, su visión cambio radicalmente. Roças comparaba lo que definía como "izquierdismo mexicano" con regímenes a su modo de ver análogos a él, pero históricamente posteriores: el bolchevismo, el fascismo, el "hitlerismo" e incluso el "new deal". Roças percibía cómo Cárdenas abría espacio a las fuerzas políticas de izquierda de manera explícita y cómo esta apertura influía en la configuración misma de las políticas públicas de su gobierno e incluso de su política exterior. En el análisis del embajador brasileño, el izquierdismo mexicano se resumía "en lo que se refiere a la propiedad, en la supremacía del trabajo sobre el capital y, en el orden político, en un nacionalismo a ultranza, cercano a la xenofobia". Su germen, el agrarismo, había llevado la política voluntarista de repartición de las tierras a los campesinos indígenas. El resultado fue la desaparición de los grandes latifundios sin la creación de la pequeña agricultura, pues los ejidos (base de la agricultura comunitaria) no podrían funcionar, debido a las ya mencionadas limitaciones intelectuales y morales de los indígenas.62 En tal contexto, México, que había sido un gran productor agrícola y pecuario tuvo que empezar a importar granos y carnes. En el ámbito de la industria, Roças veía solamente una profusión de huelgas, que el mismo gobierno temía y en las que el movimiento obrero, sin "ninguna inspiración sincera y sana de comunismo o socialismo [...] ambiciona[ba] sustituir a la antigua y agotada aristocracia rural del país en el goce de la vida y en la posesión de palacios y coches de lujo". La ausencia de técnica y de fuerza de voluntad de los campesinos se repetía entre los obreros (algunos de los cuales ambicionaban puestos de mando sin tener la competencia necesaria para ocuparlos) y comprometía la temeraria e inconsecuente política de nacionalización de las industrias extranjeras que el gobierno mexicano, bajo las órdenes del presidente Cárdenas, empezaba a implementar.

Roças vaticinaba como resultado de la política de nacionalización de la industria, en especial la petrolera, la salida del gran capital del país; la pérdida del mercado externo para el petróleo (controlado por compañías solidarias a las nacionalizadas); la consecuente pérdida de la principal fuente de ingreso del país; la imposibilidad de manejar una industria tan compleja como la petrolera, sin disponer de técnica, capital y crédito suficientes para ello; la paralización de varias actividades industriales debido a la falta de combustible y un agravamiento de la situación social dado el inevitable desempleo generado en tales circunstancias.

Para el brasileño parecía casi imposible que el gobierno del presidente Cárdenas sobreviviera a tan graves perturbaciones económicas. Sin embargo, como lo sabemos, Cárdenas resistió y logró construir un consenso nacional, apoyándose, en gran medida, en el nacionalismo y el izquierdismo que tanto molestaban a Abelardo Roças.

Para entender las posiciones de Roças hay que considerar, por una parte, que, a pesar de que el embajador entendía la relación delicada de los mexicanos con los estadunidenses y criticaba los acostumbrados atropellos de estos sobre aquellos, era un admirador incondicional del progreso material de Estados Unidos, su ideología política y forma de gobierno. Roças llegó a afirmar que la mera cercanía de México con Estados Unidos, tal como si afueran vasos comunicantes, podría llegar a rescatar a México de su atraso y hacer del país el mayor de América Latina. Tal idea, aunada a sus comentarios acerca del alivio que los viajeros podían sentir, al llegar en tren al otro lado de la frontera, después de dejar atrás todos los descalabros comunes de un "pueblo sin ley", ilustra la admiración de muchos brasileños por los estadunidenses. También ayuda a entender la tradicional política de alineamiento de Brasil con Estados Unidos y expone esta –injustificable— actitud de superioridad de los brasileños al analizar hechos, temas y aspectos de la realidad mexicana.

Por otra parte, hay que recordar que la década de 1930 en Brasil fue marcada por una atmósfera política agitada, de mucha confrontación ideológica y en la que la represión del gobierno de Getúlio Vargas a la oposición de izquierda se materializó en un aciago y eficaz discurso anticomunista. Tal discurso, que se volvió prácticamente la voz del Estado y ayudó en la preparación del golpe de Vargas en 1937, reforzó entre los partidistas de las corrientes liberales su incompatibilidad con las corrientes de matiz revolucionario, principalmente el comunismo. La década de 1930 se inauguró con la deposición de un presidente y el aislamiento del sector político y económico que representaba, y fue marcada por sucesos como la revolución constitucionalista de 1932; la "intentona comunista", en 1935; la misma proclamación de la dictadura del Estado novo, en 1937; y el levante integralista, de 1938 (oportunidad que Vargas supo aprovechar para aplastar también a la oposición de derecha).

En tal contexto, no deja de sorprender que Roças y, como veremos a continuación, su sustituto, el encargado de Negocios Carlos Alves de Souza, se asombraran con la inestabilidad, los conflictos entre grupos políticos y el espíritu caudillesco de la política mexicana. Sin embargo, se explica su indignación con el trato que la "aristocracia revolucionaria" mexicana le daba a la cuestión religiosa, y se entiende la crítica de ambos diplomáticos al izquierdismo del gobierno mexicano. El conservadurismo político y de clase de los diplomáticos brasileños se exteriorizaba en la defensa que, por deber de oficio, pero principalmente por convicción, hacían de los rumbos adoptados por el gobierno del Estado al que servían como funcionarios.

Carlos Alves de Souza radicalizó algunas posiciones de Roças. Su explícito y casi militante anticomunismo marcó toda la correspondencia que envió al Itamaraty durante los años de 1935 a 1937. El año de 1936 fue especialmente intenso en este sentido. Hay que mencionar que a Alves de Souza le tocó manejar una situación totalmente adversa en relación con este tema. La prisión del líder comunista Luís Carlos Prestes inflamó a los grupos de izquierda mexicanos y el embajador tuvo que encarar una serie de protestas de algunos gremios laborales frente a la embajada en contra de la política del gobierno brasileño hacia los comunistas.

Alves de Souza, como antes lo había hecho y lo seguiría haciendo Roças, tuvo que justificar la represión del gobierno brasileño a los movimientos de oposición y la permanencia de los prisioneros políticos en la cárcel.63Contestar a la prensa y a los grupos de izquierda no era tarea fácil pues, según él, los que criticaban la conducta del gobierno brasileño y demandaban la liberación de Luís Carlos Prestes, como Víctor Manuel Villaseñor y Alejandro Carillo (ambos militantes de izquierda, vinculados a las organizaciones obreras y, posteriormente, reconocidos funcionarios del gobierno mexicano), eran personas que "ignora[ban] completamente los problemas y asuntos brasileños" y vivían "intoxicadas por doctrinas marxistas". El enojo de Alves de Souza era tal que llegó a sugerir al ministro Macedo Soares que "al igual a lo que ya hizo el gobierno de Washington, el gobierno de Brasil haga sentir al embajador Alfonso Reyes que no ve con buenos ojos esa complacencia del gobierno mexicano hacia los comunistas".64

La oposición de Alves de Souza al comunismo hizo que atacara al movimiento obrero y a su principal líder e ideólogo. Para el encargado de Negocios, el fundador y secretario general de la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM), Vicente Lombardo Toledano, era un "hombre altamente inteligente y francamente comunista" y un "agitador peligroso".65 Recordemos que Lombardo Toledano estaba muy ligado a Cárdenas y era muy crítico acerca de la situación política brasileña.66Asimismo, al fungir como organizador y consejero de centrales obreras en América Latina representaba un peligro más para el gobierno de Vargas y a los que lo sucederían. Entre los temas recurrentes en la correspondencia del encargado de Negocios al Itamaraty estaba precisamente el apoyo tácito y a veces explícito a los "agitadores comunistas" que veía en el gobierno de Cárdenas67 y que la figura y la acción de Lombardo Toledano ilustraban a perfección. Asimismo, Alves de Souza reprobaba el apoyo político y en armas que el presidente brindaba al gobierno republicano español.68 Como era de esperarse, la decisión de Cárdenas de dar asilo a Trotsky también lo disgustó.69

Como consecuencia de todo lo anterior, la visión de Alves de Souza acerca de México, su régimen político y su presidente no podía ser positiva. Veamos sus palabras, arbitrarias y sesgadas por el prejuicio:

En este curioso país, la infiltración comunista es obra del gobierno y de los profesionales de la política, quienes generalmente son hombres sin escrúpulos y formados en el régimen del abuso y la violencia. [...] El general Cárdenas, principal responsable de los destinos de México, es un militar ignorante, pero es un hombre de bien. Sucede, sin embargo, que el cuadro de los protagonistas de la vida partidista de México no comporta sino individuos perfectamente emancipados del complejo de sentimientos de honradez y dignidad. El caos político y la destrucción del orden cristiano transformaron el país en un gran campo experimental, donde se instaló una colonia de la tiranía roja e impía, condenándose este pueblo a los peores sufrimientos morales y materiales, bajo el jugo de la cuadrilla de los judíos de Moscú.70

Tal evaluación se completa con la siguiente, que puede servir de contrapunto para comparar la situación política mexicana –que el encargado de Negocios condenaba tajantemente— con la que ya se vivía en Brasil y que se radicalizaría a partir de agosto del año siguiente, con el golpe de Estado llevado a cabo por el presidente Vargas:

El aspecto más interesante de la vida política mexicana es la ausencia de oposición al presidente de la república. Los radicales, los izquierdistas, los socialistas, los comunistas apoyan incondicionalmente al presidente de la república. Los clericales y los conservadores no entran a la discusión. La prensa y los políticos consideran al presidente de la república como una especie de tabú. Nadie lo ataca directa o indirectamente. Personalmente el mexicano es bravo, pero el político mexicano, como la mayoría de los hombres públicos y gobernantes de América Latina posee ese complejo de inferioridad que es el deseo subalterno de agradar a los poderosos del momento.71

Bajo la dictadura de Vargas, habría que preguntar si en Brasil la adhesión al presidente sería fruto de acuerdos o consenso, se regiría por oportunismos o conveniencias o simplemente se establecería por la fuerza, se consolidaría por la propaganda y se legitimaría con la política de conciliación. La censura, la represión, la ausencia de partidos y el aplastamiento de corrientes y movimientos políticos no acordes a la política del Estado caracterizarían al nuevo régimen que el católico, antisemita y derechista Alves de Souza tendría que defender como diplomático.

En 1937, pocos días después de la proclamación del Estado Novo, Roças, de regreso a su puesto, escribió al Itamaraty comentando acerca de la recepción al nuevo régimen brasileño en México.72 Es interesante observar cómo las palabras del embajador tienen como telón de fondo una cierta rivalidad y disputa entre los dos países. "El fanatismo del México revolucionario por su ideología política", afirmaba el diplomático, "juzga su deber propagarla y su misión convertirla en un postulado continental". Para el embajador, el nuevo régimen brasileño había sido un golpe profundo en las pretensiones de universalidad mexicanas debido no sólo a la gran ascendencia de Brasil sobre el continente, sino a la posibilidad de que en el futuro otros países decidieran adoptar el mismo modelo político. La creencia de los sectores conservadores brasileños en la posibilidad de "exportar" su nuevo régimen a los países hispanoamericanos se alimentaba también de su desprecio hacia los gobiernos de tendencia izquierdizante, como el mexicano (aunque en este caso muchos de los principios de su programa político, como mencionaba el mismo Roças, no se cumplieran en la práctica y su izquierdismo funcionara en varios aspectos de manera más retórica que concreta). En México, el corporativismo y el clientelismo se encontraban en proceso de consolidación, a partir de la vinculación de las organizaciones obreras al Estado y del afianzamiento de un partido nacional, iniciado por Calles y continuado por Cárdenas. En Brasil, Getúlio Vargas imponía, siete años después de tomar el poder, un régimen corporativista de matiz político autoritario y conservador que, aunque concluiría ocho años después, dejaría huellas duraderas en la sociedad brasileña, en su estructura sindical y en la dependencia de esta ante el Estado.

A pesar de las diferencias ideológicas entre los gobiernos de México y Brasil en este momento, el pragmatismo de preservar la necesaria convivencia pacífica entre los dos mayores países del continente llevó al presidente Cárdenas no sólo a recordar los preceptos de la famosa Doctrina Estrada, sino también a evitar excesos tanto de la prensa, en sus artículos críticos, como de los movimientos de izquierda y los gremios laborales, en sus marchas de protesta en contra del nuevo régimen brasileño. También hizo que la cancillería contuviera al embajador de México en Brasil, José Rubén Romero, después de algunos episodios que protagonizó y que le parecieron al gobierno brasileño una inapropiada intromisión en los asuntos internos del país.73

En septiembre de 1939, Roças se despidió definitivamente de México y una vez más fue homenajeado por el presidente de la república, quien le ofreció una comida oficial y además lo visitó, junto con su esposa, para una cena íntima en la residencia oficial de la embajada brasileña.74 El reconocimiento público a Roças (le rindieron homenajes el cuerpo diplomático, ministros de Estado, personalidades importantes de la vida pública y familias tradicionales del país) culminó en el siguiente comentario del embajador al Itamaraty: "fue, pues, sincero el señor presidente Cárdenas, cuando afirmó que habíamos realizado en este país una gran obra de amistad".75

Reyes había dejado Río de Janeiro tres años antes y también había sido objeto de sendos homenajes y de la atención personal de Getúlio Vargas. Reyes partió nuevamente a Argentina y dejó la capital del país en medio a una atmósfera de violencia y consternación. No vio el nacimiento del Estado Novo pero, como agudo observador, reportó en sus informes políticos y correspondencia reservada todo su proceso de gestación. La crítica al izquierdismo mexicano, presencia constante en los reportes de los diplomáticos brasileños, tuvo su contrapartida en los relatos de Alfonso Reyes. El embajador vio crecer la política represiva del gobierno de Getúlio Vargas, la diseminación de la propaganda anticomunista, protegida por una censura estricta, la extensión de un estado de excepción con el cual la población ya casi empezaba a acostumbrarse y que generaba una ola constante de detenciones y encarcelamientos de intelectuales, estudiantes, profesionistas, políticos y líderes sindicales. Reyes se preguntaba acerca de "qué estaba pasando con las juventudes, del porqué del avance de las derechas y el repliegue de las izquierdas" en Brasil. Quería entender, finalmente, "por dónde marchaba Brasil".76Su larga correspondencia diplomática, los registros en su diario personal y los textos ensayísticos y poéticos que escribió, inspirados en temas brasileños, son la prueba de que Reyes pudo explicarse a sí y al gobierno mexicano mucho de lo que observó en el país en que vivió por casi seis años.

 

A manera de conclusión

En los oficios, cartas e informes que los diplomáticos brasileños en misión en México enviaron al Palacio de Itamaraty fue posible encontrar varios elementos interesantes para entender cómo evolucionaron las relaciones entre ambos gobiernos durante el periodo de 1919 a 1939.

En primer lugar, en los textos analizados se nota una crítica constante al nacionalismo mexicano. Aunque mucho de su carácter se explique —como algunos de los diplomáticos lo afirmaron en su correspondencia— por la historia de un país constantemente amenazado por el expansionismo de sus vecinos del norte, la xenofobia que ha producido no escapó a la mirada crítica de los brasileños. Antes, quizás, de que algunos consagrados intelectuales del propio país lo hicieran, como Samuel Ramos y Octavio Paz, los diplomáticos brasileños pudieron detectar en la expresión del nacionalismo mexicano un peculiar sentimiento de inferioridad. El llamado nacionalismo de defensa de los mexicanos —que los diplomáticos brasileños observaron de manera crítica— se opondría, pues, al nacionalismo autocelebratorio y confiado que ellos mismos exhibían en su correspondencia. De nuevo, la historia ayuda a explicar esta situación, principalmente por los contextos geopolíticos de cada país: Brasil no tuvo un vecino amenazante tan cercano y su territorio se mantuvo íntegro. Sin tener a quienes temer, los brasileños no se preocuparían, como los mexicanos, por defenderse de los extranjeros hostigándolos y estigmatizándolos, actitudes que los diplomáticos definieron como prácticas constantes de la sociedad mexicana.

En segundo lugar, la adopción de una política de alineamiento casi automático con Estados Unidos, a la par que generaba una cierta precaución de parte del gobierno brasileño en la adopción de relaciones más cercanas con posibles contrincantes por el liderazgo político y económico en el continente —como sería el caso de México—, reforzaba su desinterés hacia muchos de los temas caros a los hispanoamericanos, como la lucha por la unidad continental y la defensa de un espiritualismo arielista. Quizás el histórico aislamiento del país en el subcontinente –ilustrado en este trabajo en la negativa de apoyo de los países hispanoamericanos para que Brasil ocupara un asiento permanente en la Liga de las Naciones— justificaría para muchos la conducta altiva de los brasileños frente a los vecinos. En tal contexto, temas políticos de trascendencia continental, cuestiones regionales y sucesos nacionales referentes a los demás países de América Latina sólo ocuparon los reportes de los diplomáticos brasileños en misión en México de manera eventual. El gobierno brasileño poseía representaciones y embajadas en los países de la región y estas se encargarían de enviar sus noticias a Brasil.

En tercer lugar, el notorio conservadurismo del gobierno brasileño, que llevaba a sus representantes a considerar a la política mexicana (que era en gran medida tributaria de las transformaciones generadas por la revolución de 1910) con reservas, los llevaba también a defender como una alternativa política y social para todo el continente el modelo político autoritario del Estado Novo. La oposición entre un México anárquico y sin ley y un Brasil conservador y ordenado, entre mexicanos broncos y matones y brasileños cultos y civilizados, aparecía de manera explícita o implícita en los reportes que los diplomáticos enviaban al Itamaraty. Esta oposición alimentaba el clima de competencia que fungió generalmente como telón de fondo de las relaciones entre los gobiernos de México y Brasil.

Durante los 20 años investigados, la correspondencia de los diplomáticos brasileños informó al Itamaraty acerca de lo que sucedía en México en términos económicos, políticos y culturales. El análisis de esta correspondencia comprueba que los caminos que los gobiernos de México y Brasil adoptaron en la conducción de sus vidas políticas, interna y externa, los distanciaron en múltiples ocasiones. Sus respectivas metas y planes de desarrollo económico y el deseo compartido de conquistar y mantener el liderazgo económico y político continental implicaron la elección de pautas de acción no siempre amistosas. Finalmente, sus respectivos proyectos culturales, consecuencia de historias nacionales distintas y de sociedades con una constitución socioétnica diversa, no siempre generaron simpatía y comprensión.

 

Fuentes consultadas

Archivos

AHGE–SRE Archivo Histórico Genaro Estrada, Secretaría de Relaciones Exteriores.

AHI Archivo Histórico del Palacio Itamaraty.

Hemerografia

El Universal, 1922–1924.

Excélsior, 1924–1926.

Folha Acadêmica, 1928.

Bibliografía

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Notas

* Este artículo es producto de una investigación sobre las relaciones diplomáticas entre México y Brasil, que se llevó a cabo dentro de los programas de fomento a la investigación de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA) de la UNAM.

1 Con el apoyo de documentación diplomática de ambos países, pero principalmente de México, Guillermo Palacios ofrece al lector un amplio panorama de las relaciones entre los dos países durante el largo periodo comprendido entre 1822 y 1993. Palacios, Intimidades, 2001. El artículo de Palacios, "Brasil", 2005, es una síntesis de su libro. El autor aclara que consultó los archivos diplomáticos Genaro Estrada y del Palacio Itamaraty para el periodo de 1822 a 1937. A partir de esta fecha se limitó a las fuentes del archivo mexicano (Palacios, Intimidades, 2001, p. 10).

2 Si en términos económicos la relación entre los dos países se desarrolló con altibajos frecuentes, los roces aumentaron y la situación de desencuentro se complicó a partir de 1993, con la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN). Tal hecho hizo que los gobernantes brasileños decidieran no plantear más sus proyectos de integración e intercambio a partir del amplio concepto económico de América Latina y concentraran sus esfuerzos en el espacio geográfico de América del Sur.

3 La comparación es esencial en la construcción de nuevas cuestiones y problemas; propicia el surgimiento de nuevas perspectivas e interpretaciones. A partir de la adopción de los criterios indicados por Mare Bloch, se pueden investigar aspectos y problemas específicos ocurridos en las sociedades brasileña y mexicana. Esto es posible debido a su proximidad en el tiempo y en el espacio, a que poseen varios rasgos originarios comunes y al hecho de que son sociedades sujetas a interferencias mutuas y a la acción de las mismas grandes causas. Véase Devoto, "Historia", 2004, pp. 232–234.

4 Este estudio forma parte de una investigación más amplia, que abarca el periodo de 1919 a 1959, cuando Río de Janeiro era la capital del país. Este material, por congruencia histórica, se conserva en el acervo del Arquivo Histórico do Palácio do Itamaraty, en Río de Janeiro. Con la mudanza de la capital federal, en I960, toda la documentación diplomática generada a partir de esta fecha fue depositada en las nuevas instalaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores en Brasilia.

5 Los temas económicos –que no son objeto de esta investigación— aparecieron muchas veces en los informes. El desequilibrio de la balanza comercial, que favorecía a México, debido específicamente al peso del suministro del petróleo mexicano a Brasil, fue tema corriente entre los embajadores, preocupados por abrir caminos para los productos brasileños en el mercado mexicano y por buscar estrategias para disminuir los costos del transporte, a fin de poder viabilizar rutas fijas de comercio.

6 Durante el periodo de grave inestabilidad que transcurrió desde el asesinato de Madero hasta la victoria de Carranza, el brasileño buscó inmiscuirse sistemáticamente en la política interna y externa mexicana. Palacios,Intimidades, 2001, pp. 103–139. Carranza llegó a escribir una carta al presidente brasileño Hermes da Fonseca criticando la actuación de Cardoso, y el gobierno mexicano también solicitó el apoyo del secretario de Estado de Estados Unidos para que convenciera al gobierno brasileño a que retirara a su ministro. Ibid., p. 133. Sobre la actuación de la diplomacia brasileña durante la revolución, consúltese también Vinhosa, Diplomacia, 1975.

7 Arquivo Histórico del Palacio Itamaraty (en adelante AHI), 1919–1922, Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, exp. 221/1/8.

8 Feitosa al ministro Azevedo Marques, 1 de noviembre de 1921, en ibid. Para mantener la fluidez del texto, todos los títulos de los documentos y citas en portugués serán traducidos al español.

9 Sáenz a Relaciones Exteriores, 27 de octubre de 1919, en Archivo Histórico Genaro Estrada, Secretaría de Relaciones Exteriores (AHGE–SER), exp. 17–10–174; ápud Palacios, Intimidades, 2001, p. 149, nota.

10 Telegrama cifrado de Feitosa al ministro de Relaciones Exteriores, anexo al oficio N., R., serie de 1922, dirigido al gabinete, 2 de enero, en AHI, exp. 221/1/8.

11 Recordemos que la elevación oficial de la legación brasileña a la embajada ocurrió el 10 de marzo de 1922; sólo el 30 de julio se nombró a Régis de Oliveira embajador y apenas el 15 de febrero del año siguiente este presentó credenciales. Huerta y Casado, Relaciones, 1994, p.. 241.

12 México y Estados Unidos reactivaron sus relaciones en agosto de 1923. Oliveira, siempre simpático a Estados Unidos, evaluó este suceso de manera optimista, afirmando que con él podría iniciarse una época de prosperidad para México. Oliveira al ministro Félix Pacheco, 3 de septiembre de 1923, en AHI, NP 21, exp. 221/1/9.

13 "Nuevo decano del cuerpo diplomático", sección Editorial de El Universal, s. £, recorte de periódico, en Oliveira a Félix Pacheco, confidencial, 10 de marzo de 1923, en AHI, NP 2, exp. 221/1/9.

14 Oliveira a Félix Pacheco, confidencial, 10 de marzo de 1923, en AHI, NP 2, exp. 221/1/9.

15 "¿Y la embajada?", 13 de julio de 1922 (recorte), sección Editorial de El Universal, en AHI, exp. 221/1/8. En el mismo editorial, el periódico confirmaba el pragmatismo de la iniciativa del gobierno mexicano al implantar su embajada y exigir la reciprocidad de los brasileños.

16 Oliveira a Félix Pacheco, confidencial, 10 de marzo de 1923, en AHI, NP 2, exp. 221/1/9.

17 Idib.

18 Especial para El Universal por el licenciado Isidro Fabela, "Significación de la embajada brasileña", s. f, recorte de periódico, en Oliveira a Félix Pacheco, confidencial, 10 de marzo de 1923, en AHI, NP 2, exp. 221/1/9.

19 El gobierno brasileño buscó retrasar al máximo la creación de su embajada en México, argumentando precisamente que aún no disponía de embajadas en Chile y Argentina por falta de recursos económicos suficientes, y que no podía herir las susceptibilidades de los vecinos con la creación de una embajada en México. Huerta y Casado, Relaciones, 1994, p. 33.

20 Sobre el tema véanse Tenorio, "Tropical", 1994, pp. 93–138, y Crespo, "Cultura", 2003, pp. 187–208.

21 El entonces embajador de México, Pascual Ortiz Rubio, se hizo amigo de la izquierda universitaria, reunida alrededor de la revista Folha Acadêmica, que organizó un emocionante homenaje al general y dedicó prácticamente un número completo a su memoria. Véase, Folha Acadêmica, 2 de agosto de 1928. El ex embajador recordaría en sus memorias: "Mis amigos universitarios organizaron una velada en memoria de nuestra víctima ilustre, velada que se verificó en el salón de actos de la Escuela Politécnica, presidida por mí, y por el gemeral Rondón. Y cuando uno de los oradores atacó rudamente al clero católico por su complicidad en el crimen, un grupo de fanáticos que estaba en el salón, encabezado por Jackson de Figueiredo, prorrumpió en gritos destemplados contra el orador y contra México, dando lugar a que algunos estudiantes liberales lo arrojaran a golpes a la calle." Ortiz, Memorias, 1981.

22 Oliveira comentó acerca del éxito de Carvalho en el país y mencionó que el poeta llegó a ser recibido para una cena íntima por el presidente Obregón. Oliveira a Félix Pacheco, 4 de septiembre de 1923, en AHI, NP 22, exp. 221/1/9.

23 Berenguer al embajador Oliveira, confidencial, 8 de marzo de 1923, en AHI, exp. 221/1/9. Cursivas mías.

24 Oliveira a Félix Pacheco, 16 de julio de 1923, en AHI, NP 10, exp. 221/1/9. En este oficio, Oliveira analizó las huelgas obreras en Veracruz y Orizaba. Observaba que "han sido provocadas por elementos francamente bolchevistas que, al especular sobre la ignorancia del proletariado, pretendieron crear una atmósfera tal que permitiera instituir allí un verdadero soviet". Criticaba el apoyo a las huelgas del gobernador, el coronel Tejeda, a quien definía como "apóstol del bolchevismo, de la tiranía del proletariado, del confisco de tierras, etcétera".

25 En sustitución a Oliveira, Feitosa llegó a México y fue nuevamente recibido como un verdadero jefe de Estado, con una recepción particular de Obregón. Véase Carta de Feitosa a Félix Pacheco, 2 de diciembre de 1924, en AHI, NP 18, exp. 221/1/9.

26 Feitosa a Félix Pacheco, reservado, 15 de septiembre de 1926, en AHI, NP 2, exp. 221/1/9.

27 Véanse, por ejemplo, los artículos de Jackson de Figueiredo, del 28 de julio al 1 de septiembre de 1926, publicados en la Gazeta de Noticias, todavía durante la presidencia de Artur Bernardes, en <http://www.permanencia.org.br/revista/historia/Dossie/jackson.htm>.

28 Ortiz, Memorias, 1981.

29 El episodio está documentado en Palacios, Intimidades, 2001, pp. 176–183.

30 "Los obreros, los estudiantes universitarios y la prensa libre, principalmente 0 Jornal, dirigido por Assis de Chateaubriand, me ayudaron mucho en mi campaña de defensa del México liberal avanzado." Ortiz, Memorias,1981, p. 103.

31 Ibid., p. 104.

32 Bernardes decretó estado de sitio a partir de la revuelta de 1924, que ocurrió en la ciudad de São Paulo, a la cual el presidente mandó bombardear. El tema repercutió en México. Tanto Excélsior como El Universalrecurriendo principalmente a agencias internacionales, reseñaron el evento. El encargado de Negocios Lourival Guillobel tuvo que hacer declaraciones públicas para atenuar lo que se decía acerca de la gravedad de la revuelta. Guillobel a Félix Pacheco, 2 de agosto de 1924, en AHI, NP 12, exp. 221/1/9.

33 El diario Excélsior difundió y apoyó el discurso de Bernardes en su "Editorial" del 26 de marzo de 1926.

34 Isidro Fabela, "¿España, Alemania y Brasil, en pugna?", Excélsior, 5 de abril de 1926, México.

35 Consúltese sobre el tema a Santos, "Diplomacia", 2003, pp. 87–112.

36 Lima e Silva al ministro Mangabeira, 15 de enero de 1927, en AHI, NP 11, exp. 21/1/10.

37 Lima e Silva a Mangabeira, reservado, 2 de marzo de 1927, en AHI, PA 1, exp. 21/1/10.

38 Ibid.

39 Lima e Silva a Mangabeira, reservado, 21 de noviembre de 1927, en AHI, NP 67, exp. 21/1/10.

40 Ibid.

41 Lima e Silva a Mangabeira, reservado, 24 de agosto de 1927, en AHI, N 64, exp. 21/1/10.

42 Ibid.

43 Ibid.

44 Moreira de Abreu a Mangabeira, 22 de febrero de 1930, en AHI, N 5, exp. 21/1/10.

45 Ibid.

46 En la correspondencia enviada por los brasileños al Itamaraty, no encontré ninguna referencia a la repercusión de los movimientos políticos y militares que conturbaron Brasil durante todo el año y culminaron en la "revolución de octubre de 1930". Y eso, a pesar de que el mismo Alfonso Reyes tuvo que abrigar en la embajada mexicana a periodistas, familiares y partidarios del presidente depuesto Washington Luís.

47 La correspondencia diplomática de Alfonso Reyes fue compilada y prologada por Víctor Díaz Arciniega. Véase Reyes, Misión, 2001, 2 vol.

48 Sin embargo, no siempre los corresponsales brasileños lograban mantener en la correspondencia interna el respeto al protocolo diplomático y a los lineamientos políticos de su gobierno. Las cartas y oficios que el encargado de Negocios Alves de Souza envió al ministro Macedo Soares son un claro ejemplo de cómo muchas veces el diplomático se dejó llevar por sus duras convicciones ideológicas, en las que destacaba un exacerbado antisemitismo aunado a un fuerte anticomunismo.

49 Huerta y Casado, Relaciones, 1994, p. 240.

50 Roças se separó de su cargo del 25 de septiembre de 1935 hasta el 5 de febrero de 1937, y del 12 de junio al 15 de diciembre de este mismo año (ibid.), dejando al frente de la embajada al encargado de negocios Carlos Alves de Souza. En los últimos meses de su larga licencia, el secretario de Relaciones Exteriores mexicano Eduardo Hay intentó sacarlo de su puesto. Para mayores detalles sobre el tema, consúltese Palacios,Intimidades, 2001, pp. 224–225.

51 En un oficio reservado de 1934, después de narrar un encuentro difícil que había tenido con el ex presidente Portes Gil, en este entonces procurador del Estado, para discutir acerca del caso de un académico brasileño injustamente encarcelado (caso que casi se convierte en un incidente diplomático entre México y Brasil), Roças trató de justificar su indulgencia hacia los mexicanos. A final de cuentas, después de 20 años de bandolerismo, los mexicanos estaban apenas empezando a recobrar la conciencia de las nociones de vida, honor y propiedad. Además, afirmaba el embajador, habría que comprender y aceptar que un país que había vivido tantos atropellos y perdido más de la mitad de su territorio en beneficio de los vecinos, odiara a los extranjeros y no tuviera por la justicia el mismo respecto que "otros pueblos felices para los cuales los días siempre amanecían bellos". Roças al ministro interino de Relaciones Exteriores embajador Cavalcanti de Lacerda, reservado, 10 de febrero de 1934, en AHI, N 46, exp. 32/2/3.

52 Roças al ministro Mello Franco, ó de septiembre de 1931, en AHI, N 49, exp. 32/2/1. Cursivas mías.

53 Roças a Mello Franco, reservado, 26 de octubre de 1931, en AHI, N 62, exp. 32/2/1.

54 Ibid.

55 Roças elaboró un análisis interesante de la relación entre la religión y la política a partir de la presidencia de Calles, en la cual hace un contrapunteo entre el profundo catolicismo de la población mexicana y las conveniencias de los políticos. Roças a Mello Franco, 20 de enero de 1932, en AHI, N 9, exp. 32/2/2.

56 Roças a Mello Franco, 27 de noviembre de 1931, en AHI, N 74, exp. 32/2/2.

57 Ibid.

58 Roças a Pimentel Brandão, reservado, 11 de septiembre de 1937, en AHI, N 110, exp. 32/2/5 (26 cuartillas). Todas las citas que siguen en el cuerpo del texto pertenecen a este documento.

59 Roças desarrolló un atinado análisis del tablero político bajo la sombra de Calles. En 1932 observó la falta de libertad del presidente Ortiz Rubio para tomar decisiones y su total sumisión a Calles, rodeado de generales. Roças al ministro Afrânio de Mello Franco, 25 de enero de 1932, en AHI, N 10, exp. 32/2/2. También anticipó la renuncia de Ortiz. Roças a Mello Franco, 30 de agosto de 1932, en AHI, N 43, exp. 32/2/2. Y finalmente la anunció, con comentarios sobre Ortiz Rubio ("es un buen hombre, de poco valor intelectual, sin gran autoridad, pero estaba animado de un deseo sincero de evolucionar a México hacia una política más humana y conservadora"), y sobre Abelardo Rodríguez, quien lo sustituyó por orden de Calles ("un hombre joven, simpático, enérgico, poseedor de una de las fortunas más grandes del país" y que se jacta de su poca escolaridad). Roças a Mello Franco, 8 de septiembre de 1932, en AHI, N 45, exp. 32/2/2. Asimismo, dibujó un agudo y profundo perfil psicológico de Calles y analizó con perspicacia su enriquecimiento personal a expensas del Estado y su forma de actuar y manipular la política del país. Roças al ministro interino de Relaciones Exteriores Cavalcanti de Lacerda, reservado, 10 de febrero de 1934, en AHI, N 46, exp. 32/2/3. Al observar el proceso sucesorio que llevó a Cárdenas al poder, el inicio de su proyección personal y los celos que esta ocasionó en el "dictador Calles", Roças anticipó la ruptura entre ambos políticos, de la que sería testigo Carlos Alves de Souza, encargado de Negocios, a finales de 1936. Roças al ministro Macedo Soares, reservado, 12 de noviembre de 1934, en AHI, N 112, exp. 32/2/3; Roças a Macedo Soares, 4 de diciembre de 1934, en AHI, N 125, exp. 32/2/3.

60 Roças a Macedo Soares, 8 de julio de 1935, en AHI, exp. 31/2/4.

61 Y al parecer la admiración era recíproca. Cuando Roças dejó su puesto pot primera vez, en septiembre de 1935, el encargado de Negocios comentó: "El general Lázaro Cárdenas, presidente de México, al despedirse del señor Roças, declaró que ningún diplomático había comprendido mejor el espíritu revolucionario del actual gobierno mexicano que el representante brasileño." Asimismo, mencionó que Cárdenas le ofreció carros especiales en el tren que condujo el embajador a Estados Unidos. Carlos Alves de Souza a Macedo Soares, 17 de septiembre de 1935, en AHI, N 73, exp. 31/2/4.

62 Acerca de lo que el brasileño define como los odiosos abusos políticos sobre la creación y uso de los ejidos, consúltese Roças al ministro interino de Relaciones Exteriores Cavalcanti de Lacerda, reservado, 10 de febrero de 1934, en AHI, N 46, exp. 32/2/3.

63 En 1939, ya de regreso a la embajada, Roças negó con vehemencia la petición de familiares y amigos del militante comunista Harry Berger para que este fuera transferido a un sanatorio, recibiera tratamiento médico y no muriera en la cárcel. Alegó que sólo podían hacer semejante demanda aquellos que ignoraban la extensión y gravedad de su crimen y que el hecho de que estuviera vivo y no lo hubieran fusilado era una "prueba elocuente del humanismo del gobierno brasileño". En el mismo oficio, el embajador comentaba que también había negado cualquier pedido de clemencia a Prestes y observaba que su familia, que vivía asilada en México, trataba de convencer a los sindicatos y periódicos a interceder por él y ya había logrado la publicación de varios artículos en su defensa. Roças al ministro Oswaldo Aranha, 18 de abril de 1939, en AHI, N 34, exp. 32/2/6.

64 Alves de Souza a Macedo Soares, confidencial, 27 de marzo de 1936, en AHI, N 32, exp. 32/2/4.

65 Alves de Souza a Macedo Soares, 15 de junio de 1936, en AHI, N 69, exp. 32/2/4.

66 Lombardo Toledano tuvo un papel muy importante en la lucha de Cárdenas en contra de Calles, para alejarlo definitivamente de la vida política mexicana. Sobre el tema y sobre la actuación internacional de Lombardo Toledano, consúltese Spenser, "Vicente", 2009, pp. 1–20.

67 Alves de Souza a Macedo Soares, confidencial, 10 de noviembre de 1936, en AHI, N 141, exp. 32/2/4.

68 Véase Alves de Souza a Macedo Soares, 2 de septiembre de 1936, en AHI, N 111, exp. 32/2/4.

69 Al comentar sus repercusiones, además de observar que la CTM estaba evidentemente en su contra, comentaba que, en los medios diplomáticos, se especulaba que la polémica decisión se debía a que Cárdenas, "hombre vanidoso y orgulloso, a pesar de izquierdista y admirador del régimen soviético", quiso hacer una demostración pública de su independencia política. Véase Alves de Souza a Macedo Soares, 22 de diciembre de 1936, en AHI, N 162, exp. 32/2/4. Por otra parte, observaba que Diego Rivera ya acusaba a los miembros de la CTM de planear su asesinato, lo que denotaba fuerte división entre los comunistas: "el asilo que el gobierno mexicano concedió a este judío sanguinario tuvo, al menos, la ventaja de dividir a los marxistas mexicanos que, unidos, constituían una fuerza considerable en este desorganizado país". Alves de Souza a Macedo Soares, 6 de enero de 1937, en AHI, N 8, exp. 32/2/5.

70 Alves de Souza a Macedo Soares, confidencial, 11 de febrero de 1936, en AHI, N 19, exp. 32/2/4.

71 Alves de Souza a Macedo Soares, 28 de agosto de 1936, en AHI, N 105, exp. 32/2/4.

72 Roças a Pimentel Brandão, reservado, 25 de noviembre de 1937, en AHI, N 132, exp. 32/2/5.

73 Además de pronunciarse sobre temas de la política brasileña sin mantener la prudencia siempre recomendada por el embajador Alfonso Reyes, Romero aceptó en la embajada, como exiliados, a siete brasileños opositores al régimen de Vargas y decidió trasladar a México, desde Brasil, a unos comunistas italianos expulsados de Argentina. Con tales acciones, Romero casi ocasionó un incidente diplomático que Roças logró evitar hablando directamente con Cárdenas. De cualquier manera, no se puede negar que la conducta de Romero fue congruente con la política mexicana de ofrecer asilo a perseguidos políticos de regímenes de derecha. Al reportar al Itamaraty su conversación con Cárdenas y, después, con el secretario de Relaciones Exteriores, Eduardo Hay, Roças menciona que ambos reconocieron la falta de habilidad de Romero y le propusieron su retirada inmediata del puesto de embajador, lo que el brasileño declinó, por creer que esta destitución no sería buena para la imagen de Brasil junto a sus vecinos. Asimismo, según Roças, Hay trató de justificar la actuación de Romero de apoyar a los italianos perseguidos, basado en la decisión del gobierno mexicano de aceptarlos "inspirado únicamente en los principios de humanidad y puertas abiertas a todos los credos". Roças a Pimentel Brandão, reservado, 25 de noviembre de 1937, en AHI, N 136, exp. 32/2/5. Sobre el tema, consúltese Palacios, Intimidades, 2001, pp. 229–231.

71 Antes de partir, el presidente profirió un discurso en el que decía que era la primera vez que comparecía ante una misión extranjera. Cárdenas había abierto un precedente "para pasar algunas horas, antes de su partida, con los embajadores de Brasil, quienes habían sabido muy bien cómo asociarse a nuestro país y penetrar en el corazón mexicano". Roças a Oswaldo Aranha, 4 de septiembre de 1939, en AHI, N 104, exp. 32/2/7.

75 lbid.

76 Enriquez, Alfonso, 2009, pp. 514–524.

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