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Un relato nacional en un espacio local: la revolución mexicana en San Luis Potosí*

A National Story in a Local Space: The Mexican Revolution in San Luis Potosi

 

Alexander Betancourt Mendieta

Información sobre el autor:

Alexander Betancourt Mendieta. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Caldas, Colombia; maestro y doctor en Estudios Latinoamericanos (Historia) por la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor de Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en Colombia (2007) e Historia, ciudad e ideas, ha obra de José Luis Romero (2001). Editor de Policromías de una región. Procesos históricos y construcción del pasado local en el Eje Cafetero (2008); editor con Renzo Ramírez Bacca de Miradas de contraste: estudios comparados sobre Colombia y México (2009), y con Ana Irisarri Aguirre y Miguel Nicolás Caretta (eds.) de Estudios regionales y de frontera interior (2008). Ha publicado artículos y capítulos de libros en revistas científicas que abordan temas de historia intelectual, historiografía e historia comparada. Actualmente es profesor–investigador de la Coordinación de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

About the author:

Alexander Betancourt Mendieta. BA in Humanities, University of Caldas, Colombia; MA and PhD in Latin American Studies (History), National University of Mexico. Author of Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en Colombia (2007) and Historia, ciudad e ideas. La obra de José Luis Romero (2001). Editor ofPolicromías de una región. Procesos históricos y construcción del pasado local en el Eje Cafetero (2008); editor with Renzo Ramírez Bacca of Miradas de contraste: estudios comparados sobre Colombia, y México (2009), and with Ana Miguel Irisarri Aguirre and Nicolas Caretta (eds.) of Estudios regionales y de frontera interior (2008), he has published articles and book chapters in scientific journals that address issues of intellectual history, historiography and comparative history. Fie is currently a research professor at the Coordination Unit of Social Sciences and Humanities at the Autonomous University of San Luis Potosi, and a member of the National System of Researchers.

Fecha de recepción: julio de 2011; Fecha de aceptación: abril de 2012.

Resumen

El trabajo presenta un análisis sobre la construcción de la memoria acerca de los acontecimientos de la revolución mexicana en la producción de escritura de la historia local potosina; el texto centra su atención en el modo en que permanecen en esta producción algunos temas sobre ese movimiento armado a partir de los años sesenta del siglo XX; además, resalta cómo esta dinámica se condensa finalmente en los manuales escolares que permiten difundir a escala local la idea del papel central que tiene San Luis Potosí en los procesos nacionales mexicanos. De esta forma, el trabajo propone una contextualización de algunos procesos nacionales que pueden llegar a justificar el planteamiento de nuevos caminos de análisis para la escritura de la historia regional potosina tanto en el plano historiográfico como político.

Palabras clave: Historiografía; historia nacional; historia regional; historia cultural; historia contemporánea.

Abstract

The paper presents an analysis of the construction of memory about the events of the Mexican Revolution in the production of writing on the local history of San Luis Potosi. The text focuses on the way certain issues concerning the Mexican Revolution have remained in this production since the 1960s. It also highlights the way this dynamic is eventually condensed into school textbooks disseminating the central role of San Luis Potosi in Mexican national processes at the local level. Thus, the paper proposes the contextualization of certain national processes that may justify the approach to new forms of analysis for writing about the regional history of San Luis Potosí at both the historiographical and political level.

Key words: Historiography; National History; Regional History; Cultural History; Contemporary History.

 

 

El impacto de un acontecimiento como la revolución mexicana adquirió múltiples formas a lo largo y ancho del territorio nacional. Al igual que otros sucesos en la vida mexicana —como la independencia y la reforma—, la revolución en el siglo XX obtuvo un lugar central para la consolidación del estado nacional y para trazar los proyectos políticos y sociales del siglo XXI. Este carácter nodal repercute en la determinación de sus alcances a escala local y regional y en el papel que tuvieron en su desenvolvimiento diferentes actores. En esta época de conmemoraciones sobre el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución mexicana, resulta interesante tratar de establecer de qué forma un proceso tan extraordinario como la revolución afectó a la escritura de la historia en un espacio regional.

La mirada histórica desde la perspectiva regional en México adquirió un particular impulso en la década de los años setenta a partir del impacto de dos obras esenciales en la tradición historiográfica profesional mexicana:Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia (1968), libro célebre del historiador Luis González y González, y el trabajo de John Womack, Zapata and The Mexican Revolution (1969). Los problemas planteados por estos dos libros abrieron nuevos caminos en los objetos y las metodologías para la investigación histórica sobre la revolución en las últimas cuatro décadas. Más allá de las novedades temáticas, un aspecto relevante que ofrecieron estas obras fue el énfasis en el cambio de la escala de análisis que llevó a que el objeto general, la revolución, que había sido considerado específicamente como un fenómeno nacional, paulatinamente fuera asumido por la escritura de la historia como una multiplicidad de fenómenos sociales, políticos y económicos que tenían raíz desde la segunda mitad del siglo XIX tanto en lo regional como en lo local. El cambio de escala en los estudios históricos para el periodo de la revolución puso el énfasis en las tensiones sobre la hegemonía entre un gobierno nacional mexicano emergente y los líderes de facciones políticas en los ámbitos estatal y local.1

En este contexto, desde fines de los años setenta hasta la década de los años noventa aparecieron los primeros estudios históricos sobre San Luis Potosí elaborados por historiadores profesionales. Estas obras eran parte del replanteamiento sobre las explicaciones históricas que tenían como objeto de estudio los acontecimientos relacionados con la revolución y tenían una característica peculiar, además de ser trabajos de historia regional, hicieron énfasis en la figura de uno de los principales actores de los sucesos relacionados con la revolución en el estado de San Luis Potosí: Saturnino Cedillo (1890–1939). Sin embargo, el acento en una figura política fuerte, enfrentada abiertamente con los poderes centrales —inicialmente con el poder estatal y luego con el poder federal— convirtió al personaje en la explicación aglutinante para comprender a la región en ese periodo.

La presencia reiterativa de una sola causa explicativa de la revolución en San Luis Potosí permite plantear algunas interrogantes sobre otras posibles lecturas y otros autores relacionados con las diversas variables históricas en el mismo espacio temporal. Si bien este aspecto no es el objetivo central de este trabajo, el análisis sobre la memoria de los acontecimientos de la revolución en la escritura de la historia local potosina a través de la contextualización de algunos procesos nacionales, puede llegar a justificar el planteamiento de nuevos caminos de análisis para la escritura de la historia potosina, tanto en el plano historiográfico como en el político, durante los años que abarcan el periodo entre 1930 y 1960. A partir de allí, este escrito propone una descripción de la dinámica que adquiere el tema de la revolución mexicana como un objeto de estudio dentro del contexto de la institucionalización de la escritura de la historia en el Estado nacional posrevolucionario mexicano; luego, describe cortes en la tradición de la escritura de la historia en San Luis Potosí para establecer cómo en ese devenir se desenvuelve el tema de la revolución mexicana. Al plantear una aproximación a estos procesos, el trabajo hace énfasis en la forma que permanecen algunos temas planteados desde el revisionismo historiográfico de los años sesenta en los estudios históricos producidos en los años noventa; además, resalta cómo esta dinámica se condensa finalmente en los manuales escolares que permiten difundir regionalmente la idea del papel central que tiene San Luis Potosí en los procesos nacionales mexicanos.

 

Memoria de un proceso nacional

La revolución mexicana se convirtió en un suceso central y efectivo en la memoria nacional cuando logró ser asimilada como parte de la "religión de la patria mexicana"; es decir, cuando estos acontecimientos empezaron a ser parte de la actualización del gran relato nacional. De acuerdo con los cortes históricos establecidos por la producción letrada que se enmarca entre la publicación de México a través de los siglos (1884–1889) y México: su evolución social (1900–1902), la revolución tomó el lugar de la apoteosis de la evolución liberal que le había sido otorgada por aquellas obras al régimen de Porfirio Díaz. Una vez concluidas las luchas armadas y en el marco de la consolidación de una hegemonía política a partir de los años treinta, iniciaron los trabajos para forjar a la revolución como el tercer momento más importante de la historia nacional mexicana en un arco de continuidad que la ubicaría como colofón de la independencia y la reforma. Estos tres momentos crearon y le dieron forma a la nación.

Al igual que en el plano político, la revolución tomó un lugar central después de ganar la batalla de la memoria. En ella, la escritura de la historia bajo el impulso de instituciones específicas generadas por el Estado nacional posrevolucionario estableció nuevas interpretaciones del pasado nacional. En este proceso, el periodo del régimen de Porfirio Díaz dejó el lugar culminante que se le atribuyó durante la segunda mitad del siglo XIX para convertirse en una etapa oscurantista, equiparable a otros momentos históricos designados así por la perspectiva liberal triunfante en aquel siglo como el periodo de dominio español; los gobiernos conservadores posteriores a 1821 y los años de la presencia francesa a cargo del emperador Maximiliano durante los años de I860. La revolución mexicana tomó el lugar de la síntesis del "destino nacional" en el siglo XX porque era el culmen de la evolución liberal del Estado nacional mexicano complementado con el sello de una revolución popular.2

Colocar a la revolución como el tercer gran momento de la historia nacional mexicana fue el fruto de diversos esfuerzos que se plantearon desde la década de 1930 cuando el Partido Nacional Revolucionario pretendió modelar el pasado reciente al anunciar que establecería un archivo, un museo y una comisión para escribir la historia de la revolución. Los proyectos no se realizaron en el momento que fueron propuestos precisamente porque aún no se subsanaban las heridas que representaban la existencia activa en la política nacional de diversas facciones que participaron en los sucesos armados y políticos en las décadas de 1910 y de 1920. Cada uno de estos grupos esbozaba interpretaciones sobre los sucesos cercanos que impedían el establecimiento de hitos básicos que permitieran delinear la imagen de una revolución única y nacional. Pese a esta situación, en la década de los años 1930 se dieron los primeros pasos para plantear una reconciliación en la memoria, en julio de 1931; por ejemplo, fueron colocados simultáneamente los nombres de Venustiano Carranza y Emiliano Zapata en el muro de la Cámara de Diputados y obtuvieron un espacio al lado de los héroes de la independencia y de la reforma.3 Escribir una historia única y oficial de la revolución tendría que esperar aún dos décadas más.

 

Institucionalización de la escritura de la historia nacional

Al mismo tiempo que trataba de establecerse una reconciliación en la memoria sobre la revolución y se fortalecía el Estado nacional posrevolucionario comenzaron a darse los primeros pasos para institucionalizar la escritura de la historia. Este proceso cuenta con antecedentes como la apertura de la Academia Mexicana de la Historia (1919) y la formalización de los estudios históricos dentro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de México (1924). A partir de allí, la escritura de la historia tomó el camino de la profesionalización con la apertura de tres instituciones clave para el fomento de los estudios históricos: el Instituto Nacional de Antropología e Historia (1939); El Colegio de México (1940) y el Instituto de Investigaciones Históricas (1945).4 La apertura de las instituciones referidas y el arribo de los transterrados españoles a México que impartieron cátedra en estos lugares fueron fundamentales para el proceso de profesionalización de la investigación histórica en el país. Los estudiantes se formaron bajo la guía de diferentes métodos de trabajo que le dieron sellos característicos a la producción y a los modos de trabajar de cada institución. Fruto de esta labor formadora fue la realización de publicaciones enciclopédicas que presentarían ante el gran público el quehacer profesional; quizá, en este sentido, las dos obras que mejor sintetizan estas nuevas formas de hacer historia fueron la Historia moderna de México (1955–1974) bajo la dirección de Daniel Cosío Villegas, y la Historia de México (1974) bajo la coordinación de Miguel León–Portilla. Este tipo de trabajos plantearon un parte aguas en la forma de escribir la historia nacional.5

La dinámica de profesionalización de la escritura de la historia tuvo como una de sus principales tareas la necesidad de elaborar una historia "objetiva" de la revolución mexicana. Hubo simultaneidad de esfuerzos desde la escritura de la historia aficionada y profesional para resolver esta necesidad. Un primer intento provino de la práctica política; en los años cincuenta se publicó profusamente el libro de Alberto Morales Jiménez, Historia de la revolución mexicana (1951), obra ganadora del concurso de Historia de la Revolución Mexicana convocado por el Partido Revolucionario Institucional en 1949– La Historia de Alberto Morales pretendía ofrecer una "idea integral, clara y precisa del desarrollo de los principales acontecimientos de la revolución mexicana" a través de un relato conciso de los hechos acompañado de ilustraciones que facilitaran el empleo de este trabajo, no sólo como un compendio de la historia reciente, sino también como manual escolar que pudiera ser "leído por el pueblo". El texto tuvo una exitosa vida editorial. En 1959 fue declarado como "obra de consulta" por la Secretaría de Educación Pública, lo que en términos prácticos implicaba la presencia de un ejemplar en cada escuela del país.6

De manera simultánea, el Estado nacional hizo énfasis en las tareas de construir una memoria sobre la revolución a través de esfuerzos institucionales como la apertura en 1953 del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), como una dependencia de la Secretaría de Gobernación. La misión del INEHRM sería reunir toda clase de documentos sobre la revolución para fomentar la investigación histórica que abarcara todos sus aspectos, así como la difusión y publicación de obras históricas relativas a la historia de la revolución.7

 

La persistencia de la crónica

Al mismo tiempo que se desarrollaban las actividades de reunión y clasificación de la documentación sobre la revolución, permaneció vigente la perspectiva de aproximarse a los acontecimientos de la revolución desde la crónica; de ello da cuenta la publicación, en esta misma época, de un esfuerzo como el libro de John W. F. Dulles, Yesterday in Mexico. A Chronicle of the Revolution, 1919–1936 (1961) que pretendía ser un "relato con toda la exactitud posible [...] una crónica con todos los hechos". La elaboración de un trabajo de este tipo enfrentó el mismo obstáculo con el que había tropezado el proyecto del Partido Nacional Revolucionario tres décadas atrás: los periódicos viejos, las conversaciones que "ayudaron a hacer la historia" y los libros centrados en esta temática manifestaban a cada paso la presencia de interpretaciones "contradictorias, apasionadas y llenas de prejuicios".8

Con un criterio similar de narrar los "hechos" revolucionarios desde una "observación objetiva" pero con la ayuda de herramientas distintas que complementaban el relato escrito, apareció la Historia gráfica de la revolución mexicana (I960), escrita y editada por Gustavo Casasola a partir del archivo que había conjuntado su padre, Agustín Víctor Casasola. El propio Agustín había intentado forjar una narración gráfica de la revolución ya que en 1921 publicó un álbum histórico gráfico que contiene los principales sucesos acaecidos durante las épocas de Díaz, de la Barra, Madero, Huerta y Obregón. Este trabajo le serviría a Gustavo Casasola como modelo para diferentes tipos de libros históricos ilustrados que publicó desde los años cuarenta, y que tenían como referencia los almanaques ilustrados con fotografías acompañadas de un relato elaborado por el propio Gustavo Casasola a partir de una visión de la historia centrada en la figura de los grandes hombres.9

Pese a las dificultades señaladas, para los años de I960, el principal logro de todos los esfuerzos por elaborar una narración de los hechos de la revolución, que se encaminó tanto en el plano institucional como en la difusión masiva, fue el establecimiento y la consolidación de los hitos fundamentales de la revolución; además de que este movimiento fue posicionado como la culminación de un proceso histórico nacional que iniciaba en la independencia.

 

El revisionismo histórico, la crisis política

A las dificultades metodológicas para la construcción de un relato "objetivo y unificado" sobre la revolución habría que añadir las críticas emergentes al proyecto político revolucionario impulsado por el Estado mexicano. A fines de los años cincuenta comenzó a discutirse el rumbo político del país con base en los señalamientos formulados hacia los usos que se le daban a la revolución para legitimar a los gobernantes en turno.

Entre 1960 y 1963 el gobierno federal auspició la publicación de cuatro libros que conformaron la obra: México: cincuenta años de revolución. La economía, la vida social, la política y la cultura. Los libros estaban compuestos por una serie de trabajos que ofrecían una explicación detallada de cuatro aspectos generales de la historia nacional descritos en el subtítulo de la obra, cada uno de los cuales fue desarrollado mediante la presentación de estudios sobre tópicos concretos como el financiamiento del desarrollo económico, el movimiento juvenil, la opinión pública, la literatura, entre otros más. De acuerdo con la perspectiva que ofrece el balance histórico que articula los estudios que allí se presentan, el momento actual que referían tenía un origen preciso, habían sido originados gracias al impulso de la revolución mexicana. No obstante, pese al carácter conmemorativo de la obra, la publicación daba cuenta de la existencia de brotes de crisis política en el país:

En la hora actual no podemos dejar de advertir que algunos sectores minoritarios de las nuevas generaciones con frecuencia parecen vivir un peligroso apartamiento que les impide conocer y sentir los orígenes de la sociedad en que viven, con riesgo de situarse en un espacio ajeno a las necesidades de su pueblo. Por esta causa es indispensable que los hombres jóvenes de hoy, llamados a forjar el porvenir de la gran nación mexicana, se percaten de lo que el país debe a la revolución.10

De allí que el objetivo del balance histórico que representaban los estudios que conformaron México: cincuenta años de revolución, elaborados por profesionales de las ciencias sociales surgidos de las instituciones de educación superior pública del país como Mario de la Cueva, Lucio Mendieta, Pablo González Casanova, Jaime Torres Bodet, Emilio Uranga, José Luis Martínez, Edmundo O'Gorman, entre otros, plantearon la posibilidad de "percibir con claridad cuánto y cómo hemos cambiado y en qué medida ese cambio ha contribuido a robustecer nuestra propia identidad nacional".11

Las lecturas sobre los frutos del presente que tenía sus raíces en la revolución contrastan con las reflexiones críticas que habían sido propuestas sobre sus límites en diferentes momentos desde los escritos de Luis Cabrera hasta las reflexiones de Jesús Silva Herzog y Daniel Cosío Villegas, entre otros autores más, que fueron recopiladas por Stanley R. Ross en Is the Mexican Revolution Dead? (1966). El espíritu de esta compilación puso el acento en diversos frentes, desde la cuestión sobre la revolución mexicana como un prototipo del cambio social revolucionario nacionalista hasta la evaluación crítica de su naturaleza, sus logros y sus fallas; de esta forma, el conjunto de los trabajos compilados constituyó una valoración del proyecto político nacido de la revolución y de sus resultados específicos. Si bien el esfuerzo de Ross enfrentó toda clase de críticas participaba de un clima que cada día tomaba más fuerza tanto en el ámbito político como en el intelectual; era el resultado de un descontento que venía de muy atrás.

Diez años antes de la publicación de aquella antología, Juan Hernández Luna había escrito un artículo: "Los precursores intelectuales de la revolución mexicana", que planteaba una reflexión sobre los antecedentes de la revolución como movimiento social y político.12 La sola puesta en escena de este interrogante propiciaría la búsqueda de definiciones sobre el carácter actual de la revolución, ya que el trabajo de Hernández Luna coincidió con el espíritu de los cursos de invierno de 1955 que se celebraron en los recién inaugurados edificios de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. En estos cursos se plantearon los cuestionamientos interpretativos al desenvolvimiento de la revolución como los que hizo Manuel Moreno Sánchez en "Más allá de la revolución mexicana" (1955), en donde bosquejaba la necesidad de evaluar sus logros y alcances después de 50 años de existencia porque el presente, según Moreno, esbozaba una "realidad no contra la revolución, sino más lejos de ella"; esta preocupación suponía ciertas dudas sobre la implementación de las políticas desarrollistas bajo el manto del discurso revolucionario.13 Los planteamientos de Hernández y Moreno alentaron la discusión política pero también adquirieron relevancia los balances históricos sobre el presente de México.

En un contexto celebratorio como el que representaba el año de I960, las reflexiones sobre el presente encontraron un espacio en el mundo académico. Una muestra de ello fue la publicación del artículo de Moisés González Navarro: "La ideología de la revolución mexicana" (1961) en donde estableció una interpretación a partir de una distinción entre la revolución "de entonces" —1917— y la cardenista. Con este ejercicio comparativo, describía cómo se pasó del "jacobinismo" de la primera época a un "despotismo ilustrado" contemporáneo para concluir que "la actual etapa de la revolución parece ser su verdadero Termidor. Ciertamente la bandera política de Madero dista mucho de haberse cumplido [...] los lemas revolucionarios se repiten ya casi como meros slogans"14

Las consideraciones hechas por González Navarro en el seno del seminario académico La Ideología Revolucionaria, organizado en Ciudad Universitaria en noviembre de I960, alentaron la polémica en la que intervendrían Luis Chávez Orozco, Jesús Silva Herzog, Arturo Arnaiz y Leopoldo Zea. Las reacciones que estas observaciones suscitaron fueron virulentas, recopiladas en el semanario Siempre! entre mayo y julio de 1961;15con ello se abrió una puerta que demostraba las paradojas internas y la crisis que se avecinaba sobre el proyecto político de la revolución, cuya referencia central en el campo de la interpretación histórica sería el trabajo de John Womack, Zapata and the Mexican Revolution (1969).

 

La mirada desde la región

La emergencia del revisionismo historiográfico, como parte de las observaciones críticas a la trayectoria que había tomado el desenvolvimiento del país en el contexto del "milagro mexicano", dio pie para plantear interrogantes sobre el sentido de la revolución. La irrupción de nuevas corrientes de interpretación histórica sobre la revolución durante los años sesenta, además de cuestionar la situación política nacional, redimensionó los estudios históricos locales y regionales. Antes de este periodo, el cultivo de la escritura de la historia a escala local y regional estaba lejos de la dinámica que vivían los estudios históricos profesionales descritos atrás, pese a que la información, las crónicas y los análisis de la revolución partieron, desde el principio, de perspectivas locales y regionales; además de que la importancia regional de la revolución mexicana fue ampliamente apreciada durante y después de acontecimientos de principios del siglo XX.

La marginalidad de la escritura de la historia a escala local fue el resultado del énfasis que hizo el Estado nacional mexicano por establecer y fortalecer desde los años cuarenta la institucionalización de la revolución como parte de los procesos de centralización política, económica y cultural a partir de los cuales se mantuvo, como había ocurrido desde el siglo XIX, a la escritura de la historia y los proyectos culturales locales y regionales en un nivel absolutamente secundario a favor de la preeminencia de la cultura urbana, masiva e industrial que caracterizaba a la ciudad de México.16

A fines de los años sesenta la publicación de Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia (1968), la célebre obra de Luis González y González, permitió la revaloración de la reducción de la escala del análisis histórico. Como destacado historiador profesional, González estableció una aproximación a la historia local desde una nueva perspectiva; le dio un lugar a esa tradición para elaborar conocimiento nuevo sobre los espacios y las sociedades alejadas del centro metropolitano ubicado en la capital del país. De acuerdo con la propuesta de González, la nueva historia sobre las localidades y las regiones debía partir de una metodología profesional de la investigación histórica: hipótesis claras, marco metodológico preciso y la puesta en evidencia de las ideas previas y los prejuicios en los que el historiador planteaba sus interpretaciones. Por eso, Luis González afirmó irónicamente que "al que ama la historia del hombre entero, y no tiene la oportunidad de hacer historia de vastos panoramas, le queda como última perspectiva el que la institución patrocinadora de su trabajo le deje ser historiador de pueblo" para poner en perspectiva las síntesis de las historias nacionales, que explicaban los hechos "por causalidad eficiente".17 De esta forma, su obra reivindicó desde el ámbito de la escritura de la historia profesional la pluralidad de México en un momento en el que predominaba el convencimiento de la existencia incuestionada de la homogeneidad nacional.

Hasta los años setenta, la historia profesional mexicana no se interesó por los temas regionales y locales; mientras tanto, los esfuerzos de aquellos que se interesaban en la escritura de la historia a escala local y regional trataron de incorporar la historia que narraban, tanto de la entidad estatal como del terruño, dentro del relato de la unidad nacional porque ese espacio y sus sociedades debían hacer parte del destino nacional. Para ello, los hombres de letras locales recurrieron a los marcos de referencia y de periodización utilizados por las historias nacionales.18 Por eso, la publicación del trabajo de Luis González, así como el de Womack, abrieron vetas temáticas que impulsaron una renovadora interpretación de los procesos históricos nacionales así como de la revolución mexicana en particular porque la propuesta de John Womack, Zapata and the Mexican Revolution (1969), entreveía una nueva lectura de la revolución, ya no como un proceso único y homogéneo sino como un conjunto de revoluciones y proyectos políticos heterogéneos. La obra de Womack dio pie a la idea de una visión popular y agrarista sobre la revolución; lo cual llegó a estimular la interpretación de la historia regional desde la mediación de un contexto nacional centrado en la actuación de sujetos históricos populares.19Por su parte, la obra de González demostró las posibilidades de conocimiento que podía ofrecer la aproximación a los procesos históricos locales y regionales para proponer nuevas interpretaciones de los procesos nacionales.

A partir de entonces, las nuevas constataciones históricas minaron la ortodoxia de la síntesis revolucionaria porque si bien los estudios regionales habían sido responsables del desarrollo de la interpretación revisionista de la revolución mexicana —como la de una revolución popular fracasada o un movimiento burgués victorioso— que adquirió relevancia en los setenta y los ochenta, fundamentaron las reconsideraciones sobre la desacreditación de una revolución unificada, e impulsaron la tesis de una revolución fragmentada hasta el punto de plantear la idea de que no había una sino varias revoluciones.20

La contraposición entre una visión ortodoxa y una visión revisionista desató una verdadera "guerra historiográfica", de acuerdo con la afirmación de Mark Wasserman. Estas batallas interpretativas se dieron en las regiones, como la propia revolución, y es allí donde descansan las pruebas a las que apelan los revisionistas y los antirrevisionistas. Esta situación se puede ejemplificar en el caso de San Luis Potosí.

 

La escritura de la historia en San Luis Potosí: dos momentos

Para comprender el proceso de construcción de la historia de la revolución a escala local, como en el caso de San Luis Potosí, hay que tomar en cuenta el proceso de institucionalización de la escritura de la historia en las regiones porque, a diferencia de lo que ocurría en la ciudad de México, la presencia de instituciones que fomentaran la memoria local tomaron forma entre los años cincuenta y sesenta.

En el caso de San Luis Potosí, mientras hicieron su aparición los primeros historiadores profesionales preocupados por los acontecimientos en la entidad, el principal impulso a la existencia de una escritura de la historia local debió mucho al lugar social que tenía la mayoría de sus cultivadores dentro de los grupos dirigentes regionales. Fue de esta manera que las preocupaciones históricas tuvieron la posibilidad de encontrar un espacio en los medios de información disponibles en la ciudad de San Luis Potosí desde las últimas décadas del siglo XIX y en diferentes periodos entre los años cuarenta y los años noventa del siglo XX, así como el patrocinio a varias de sus iniciativas y empresas por los distintos gobiernos de esa entidad.

Desde los trabajos de Montejano y Aguiñaga21 se establecieron los cortes de la producción histórica en San Luis Potosí durante el siglo XX. En esta propuesta, Montejano señala el papel central que tuvo el periodo de 1890, apreciación compartida después por otros trabajos,22 y también hace énfasis en otro momento capital: los años cuarenta del siglo XX. De tal forma que la última década del siglo XIX permitió el acopio de los materiales básicos —documentos, referencias— y abordó las temáticas que trazarían paulatinamente los problemas que inquietarían a la escritura de la historia potosina futura. En el segundo momento hubo un renacimiento de la escritura de la historia potosina con base en un nuevo sentido de la investigación histórica, ya que se dieron las condiciones materiales y políticas para reimpulsar "el acopio de documentación" y plantear perspectivas novedosas "por la originalidad, por la profundidad e integridad del estudio, por la amplitud temática, por el método y aparato crítico, y también, por lo abundante"23

La primera etapa de la producción histórica se remonta a la discusión propuesta por el canónigo Francisco Peña en 1890 sobre la necesidad de establecer con certeza el origen de la ciudad de San Luis Potosí. El objeto propuesto y las indagaciones posteriores adelantadas por el propio canónigo tuvieron difusión en el periódico El Estandarte (1884–1912), uno de los medios de información más importantes de San Luis Potosí en esa época. Allí mismo tendrían cabida otros adelantos sobre la historia decimonónica potosina propuestas por Manuel Muro y Primo Feliciano Velásquez, director del periódico.24 Las noticias difundidas a través de El Estandarte dieron lugar a tres obras básicas para la historia estatal: Estudio histórico sobre San Luis Potosí (1894), de Francisco Peña; el primer tomo de la Historia de San Luis Potosí (1892), escrita por Manuel Muro, y la Colección de documentos para la historia de San Luis Potosí '(1897), preparada por Primo Feliciano Velásquez. El cúmulo de estos trabajos avivó el esfuerzo por la recolección de documentos y la crítica metódica con miras a llegar a la síntesis de la historia local y regional que presentaría su primer logro con la publicación de los tres tomos de laHistoria de San Luis Potosí (1910) como parte de las actividades conmemorativas locales del centenario de la independencia de México.

El conjunto de las obras históricas aparecidas en el arco temporal entre el fin de un siglo y el principio de otro, estableció los cimientos sobre el conocimiento del pasado de la entidad potosina; sin embargo, una vez desatada la confrontación de 1910, esta dinámica de escritura sufrió el embate de la revolución mexicana. Hasta ese momento, la escritura de la historia en San Luis Potosí estuvo centrada en la indagación de los procesos prehispánicos y los avances de los europeos dentro de un espacio asumido como potosino desde el siglo XIX.

Las preocupaciones para construir la historia potosina entre 1890 y 1910 dieron paso a otro tipo de escritura durante los convulsos años comprendidos entre 1910 y 1940. Las temáticas históricas se hicieron a un lado y

aumentaron relativamente las publicaciones de literatura y variedades. A estas les daban vida quienes después alcanzaron fama como escritores; igualmente empezaron a aparecer entonces periodistas profesionales,25

periodo que se describirá más adelante.

El segundo momento importante de la tradición de la escritura de la historia en San Luis Potosí es aquel que corresponde al "renacimiento" historiográfico de los años cuarenta. Este coincide con la estabilización del Estado nacional y del estado potosino. Este "renacimiento" tuvo varios hitos, como la publicación de la Bibliografía histórica y geográfica del estado de San Luis Potosí'(1941), por Ramón Alcorta Guerrero y José Francisco Pedraza; la formación de una Junta Auxiliar Potosina de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1947), una de cuyas labores más importantes fue promover la publicación de la Historia de San Luis Potosí, de Primo Feliciano Velázquez, que apareció en cuatro tomos entre 1946 y 1948. También fue el periodo en el que se impulsó la apertura de la Facultad de Humanidades en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (1955–1962), bajo la dirección de Ramón Alcorta Guerrero. Una vez concluida la breve existencia de la facultad, los interesados en cultivar los conocimientos sobre el pasado potosino se reunieron en dos instituciones, producto de las rupturas políticas: la Sociedad Potosina de Estudios Históricos, A. C. (1964) y la Academia de Historia Potosina (1965). El trabajo de estas dos instituciones, que agruparon a los hombres de letras locales, fue vital para el impulso que tomarían los estudios históricos en la entidad.26

Fue evidente que la Academia tuvo mayores logros especialmente porque proyectó y mantuvo la publicación de la revista Archivos de Historia Potosina (19691989), a cuyo esfuerzo de divulgación añadió el proyecto editorial de forjar tres colecciones: Cuadernos, Estudios y Documentos. En los años setenta, la Academia logró captar el apoyo del gobierno estatal, que se puede palpar en el apoyo que recibió la entidad para la realización de los Encuentros Nacionales de Historiadores de Provincia (1972, 1974), así como la realización de un viejo proyecto que se materializó con la apertura del Archivo Histórico del Estado en 1979.27 Esta institución serviría de núcleo para impulsar las investigaciones de historiadores profesionales interesados en los procesos históricos acaecidos en San Luis Potosí, como lo demuestra la apertura del Centro de Investigaciones Históricas de San Luis Potosí en 1990, con el objetivo de convertirse en un espacio institucional específico que sirviera para impulsar el desarrollo profesional de los estudios en historia y otras disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades. En 1992, el Archivo Histórico del Estado y el Centro de Investigaciones Históricas convinieron en la organización de una maestría en Historia con el apoyo del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana; como producto de este esfuerzo emergió la mayoría del núcleo de investigadores que respaldaron la apertura de El Colegio de San Luis en 1997 como un centro de investigación dentro del sistema regional de investigación del CONACYT.28 Cinco años después, la asociación entre El Colegio de San Luis y la Universidad Autónoma de San Luis Potosí dio pie a la apertura de otro centro de formación de historiadores profesionales en la entidad, la Coordinación de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

 

La construcción de una memoria regional

Una vez establecidos los procesos de la institucionalización de la escritura de la historia en San Luis Potosí, es importante retomar la construcción de la memoria local potosina sobre la revolución mexicana y, para ello, se postulan tres etapas en esa memoria: la crónica, la memoria institucional y la historia profesional.

Las dinámicas de las muchas revoluciones que se dieron en el país alentó el interés de reivindicación de los regionalismos y los localismos contenidos bajo el periodo porfirista. Con todo ímpetu se pronunciaron las diferencias de los diversos rostros ocultos que respiraban en el fondo de la integración nacional y cuya máxima expresión fueron los caudillismos regionales, que se convirtieron en los actores principales de los diferentes frentes revolucionarios. El caudillismo como forma política predominante estuvo activamente vigente hasta los años treinta del siglo XX29 y, como tal, determinó de manera notoria el desenvolvimiento de los relatos sobre la revolución en los espacios locales como ocurrió en el caso de San Luis Potosí.

 

La fuerza de la crónica

Henry C. Schmidt apuntó que en la década de 1910 a 1920 hubo un importante aumento en la producción de libros en México, en la medida en que los sucesos requerían una explicación. Al calor de la aparición de diferentes facciones, también se dio el surgimiento de interpretaciones que rivalizaban entre sí sobre los acontecimientos recientes.30 En este periodo en San Luis Potosí, a partir de una mirada somera sobre este fenómeno particular, es evidente que hay un aumento paulatino en las publicaciones que se producían en el estado, especialmente en el centro minero de Matehuala y en la ciudad capital. Ambos lugares padecieron incursiones armadas durante los primeros años de los enfrentamientos, especialmente por ser lugares de abastecimiento y centros estratégicos en las rutas de los ferrocarriles que interconectaban a Texas con la capital mexicana, y al centro–norte del país con el Golfo de México a través del puerto de Tampico.31

El tipo de publicaciones que se dieron en la entidad potosina durante 1910 y 1930 tuvo que ver con proyectos que pretendían alcanzar cierta periodicidad pero que no lograban ir más allá de uno o dos ejemplares publicados. Así, pues, predominaron los folletos breves que daban noticias de algunos sucesos específicos con una clara tendencia a dar cuenta de "la chamusca"; es decir, eran textos informativos que tenían como propósito exponer las noticias de la coyuntura, estaban cargados de información sobre personas a partir de las cuales querían advertir del valor ético de sus acciones en una verdadera guerra de propaganda que utilizó a las imprentas como medio propagandístico; de ahí el predominio de folletos, pasquines o cualquier forma de producción escrita que volvían sobre el viejo uso del papel impreso como arma en clave ideológica y de configuración de los discursos dentro del desarrollo de los distintos conflictos a escala local y regional.

Ejemplos del enfrentamiento publicitario se encuentran en un texto como "La División del Nordeste" de Primo Feliciano Velazquez.32 El escrito de Velázquez centra su atención sobre la toma que hicieron las huestes constitucionalistas del poblado de Matehuala en abril de 1913, relato que sirve como contexto y antecedente para la descripción que interesaba al autor, la entrada de los constitucionalistas a la ciudad de San Luis Potosí en julio de 1914. El texto partía de que era importante:

relatar aquí con sus detalles el combate de Matehuala, por haber sido el primero de la revolución en el centro del país y haber dado ocasión a que se conociera cómo los partidarios de Carranza entendían la manera de restablecer el orden constitucional [...] Tales curiosidades, añadiremos, revelan el espíritu de la masa carrancista.33

Al mismo ámbito, pero en una perspectiva ideológica distinta, se encuentran Los apuntes para la historia. Contiene la vida, muerte y funerales del general Maclovio Herrera y ligeros apuntes biográficos de sus principales compañeros de armas (1916), publicados en San Luis Potosí y elaborados por la pluma de Isaac Grimaldo que precisaba, de la siguiente forma, cuál era el sentido de su trabajo:

El general Maclovio Herrera, fué [sic] uno de esos valientes luchadores que, desafiando las iras de Francisco Villa, supo colocarse al lado del ciudadano Carranza [...] Del general Herrera, pues, voy a ocuparme hoy, toda vez que desde hace mucho tiempo me impuse la delicada tarea de dar a conocer no solamente a alguno de los elementos que han tomado una parte más o menos activa en pro de nuestro movimiento regenerador sino también a algunos que en mucho o en poco han sido una rémora para conseguir el desenvolvimiento completo del programa revolucionario.34

Bajo estos tonos interpretativos se acumula una serie de materiales y datos en orden de sucesión temporal con el interés último de "corregir los errores en que incurrieron los otros" a partir del carácter testimonial del escritor y la fundamentación en documentos y testimonios basados en la presencia del narrador en los acontecimientos que sustentaba la veracidad de las afirmaciones publicadas. Otro ejemplo de esta situación se encuentra en el libro Bajo el terror huertista (1916), impreso en San Luis Potosí para dar cuenta de los avatares padecidos en la ciudad de México por Luis Bustamante.

Este tipo de trabajos fueron la base para la reconstrucción de un proceso fundado en la pormenorización del relato y la caracterización de los protagonistas de los acontecimientos que estructuran la narración.35 De este modo, la narración de los acontecimientos correspondientes a la revolución en San Luis Potosí sufrió los embates de la crónica, por lo menos, hasta los años sesenta, ya que aquella dinámica marcó la publicación de los textos relacionados con los acontecimientos ocurridos en San Luis Potosí entre 1910 y 1940.

Hay un factor adicional que se puede agregar a este proceso de construcción de la historia local. En el ámbito del proceso histórico nacional, las décadas que van entre 1920 y 1940 estuvieron marcadas por los disímiles frentes de tensión, especialmente entre los bandos que disputaban la hegemonía a escala nacional, lo cual se concretaba alrededor de las idas y venidas de jefes militares que trataban de reorganizar las regiones, generalmente sin éxito duradero, ya que la mayor parte de las localidades no tenía autoridades establecidas formalmente; la autoridad era de facto y la constituían aquellos personajes que podían ocuparse de la subsistencia material de los poblados; la situación se mantuvo así hasta que emergieron paulatinamente las figuras de los caciques regionales.

Los jefes políticos regionales se hicieron al calor de los sucesos que concitó la caída del régimen de Porfirio Díaz; sin embargo, no puede perderse de vista que esta situación desencadenó otras tensiones que se fraguaron, una década después, en los enfrentamientos que tuvo el Estado nacional con los cristeros y los diversos conflictos agraristas que participaban de la consolidación del nuevo Estado nacional con poder y legitimidad a lo largo y ancho del territorio. Tal situación puso en evidencia, a cada instante, las tensiones entre el poder central, que se consolidaba paulatinamente, y el poder regional que giraba alrededor del "jefe político" que ejercía el control de la vida cotidiana de miles de personas.36

La definición en torno a las acciones de los jefes políticos circunscribió los testimonios surgidos al calor de la militancia y la inmediatez; de tal forma, que una buena parte de los textos publicados en San Luis Potosí entre 1920 y 1940 mantenía el sello de la crónica, especialmente en la narración de sucesos militares y las refriegas por la repartición de tierras, que trascendían desde los pueblos del interior del estado hasta la definición de los círculos de poder en la capital potosina.37 La situación puede ilustrarse en las distintas versiones que surgieron sobre la figura del general Saturnino Cedillo, que empezaron a publicarse desde sus últimos años de vida, como el trabajo de Isaac Grimaldo: "Vida del ciudadano divisionista Saturnino Cedillo" (1935), en el que hay una exaltación de la labor del líder que ejercía con mano férrea el poder, hasta la serie de reportajes publicados en el periódico El Heraldo con el título: "La ruta de Cedillo", aparecidos entre diciembre de 1953 y marzo de 1954. Este trabajo periodístico tuvo el espíritu de servir como una especie de balance sobre la situación que existía en la zona una década y media después de su muerte a donde había ejercido su poder a través de informaciones proporcionadas por testigos sobrevivientes que aún mantenían vivo el recuerdo de la presencia y las acciones del jefe devenido en rebelde y dado de baja por el ejército federal.

Entre ambos trabajos pueden ubicarse otras publicaciones en donde la figura imperante del jefe político del estado en el periodo revolucionario atrajo la atención de autores y lectores que servirán después como fuentes de una gran parte de la producción dedicada a este periodo como los trabajos de María Teresa Barragán,Figuras de la actualidad (1930), y Rubén Rodríguez Lozano, San Luis Potosí en su lucha por la libertad (1938).38

 

La memoria institucional

A partir de los años cincuenta, los relatos sobre los acontecimientos de la revolución en San Luis Potosí adquirieron una nueva perspectiva gracias a las actividades promovidas en los primeros años del INEHRM, que se distinguió por impulsar el estudio de la revolución en los estados del país, así como por el apoyo para la publicación de fuentes que facilitaran la investigación sobre la historia de la revolución. El propósito de las historias regionales de la revolución enfrentó la dificultad que representaba la ausencia de rigor profesional en la escritura de la historia a escala regional; no obstante, promovió en el ámbito nacional la posibilidad de establecer un relato sobre el papel de cada región en la revolución.

La participación de San Luis Potosí en el proyecto de las historias regionales de la revolución patrocinadas por el INEHRM se debe al esfuerzo de Eugenio Martínez Núñez, encargado de publicar ha revolución en el estado de San Luis Potosí (1964). El trabajo de Martínez Núñez plantea las líneas generales sobre las cuales se establecería la vinculación del estado potosino a un proceso nacional. La base de esa inclusión se concentra en el énfasis que el autor hizo para resaltar que la principal contribución de San Luis Potosí a la revolución tenía un puesto de honor: ser el lugar en donde se originó la revolución. Según el autor, en San Luis Potosí se dieron los elementos que terminarían por tejer la trama del movimiento armado revolucionario a través de la actividad del Club Ponciano Arriaga; por eso, una gran parte de su trabajo se concentra en la descripción de las actividades de este club y los personajes que lo conformaron. Describe, entonces, cómo a fines de agosto de 1900 el club lanzó un manifiesto anticlerical acompañado de una invitación abierta para formar el Partido Liberal, el cual tomaría forma con la organización del Congreso Liberal en febrero de 1901 en la ciudad de San Luis Potosí. Destaca cómo a este evento confluyeron los que después fueron consagrados como protomártires revolucionarios: Librado Rivera, Juan Sarabia, Antonio Díaz Soto y Gama, Camilo Arriaga y Ricardo Flores Magón. El resultado de este activismo fue el planteamiento de la urgencia de reformas sociales y de soluciones radicales al problema agrario esbozado en el manifiesto que publicaron Camilo Arriaga y José María Facha en noviembre de 1901.

El dinamismo que adquirió este movimiento atrajo la atención y la represión de Porfirio Díaz hacia los miembros de los clubes liberales, misma que se tradujo en el destierro y la cárcel. Sin embargo, las acciones de Díaz alentaron la radicalización de los grupos liberales que, desde la clandestinidad y el exilio, emitieron los estatutos para la fundación del Partido Liberal Mexicano el 28 de noviembre de 1905, así como un programa publicado el 1 de junio de 1906, con un alto contenido social radical, que para Martínez Núñez debía ser considerado como el documento precursor de la Constitución de 1917. A este importante antecedente debía unirse la presencia en San Luis Potosí de Francisco I. Madero entre junio y octubre de 1910, periodo en el que hizo la redacción del plan en donde convocaba al levantamiento armado de todas las poblaciones de la república a partir del 20 de noviembre de aquel año.

La descripción de estos hechos le dio a Martínez Núñez los argumentos suficientes para señalar que "los orígenes" de esas "ansias de liberación" que encarnaron en la revolución, tienen sus comienzos en las ideas y los proyectos políticos, y no en los sucesos armados que aseguraban indistintamente el honor de "cunas de la revolución" a Sonora —la huelga de los mineros de Cananea, 1906—; a Veracruz —levantamiento de Acayucan, 1906—; a Coahuila —Viesca y de Las Vacas, 1908—; a Sinaloa —Gabriel Leyva y el levantamiento del pueblo de Cabrera de Inzuza, 1910— y a Puebla —Aquiles Serdán, 1910. Para Martínez Núñez, los alcances ideológicos del programa del Partido Liberal Mexicano a través de su evocación en las protestas obreras que se dieron entre 1906 y 1908 en Sonora, Veracruz y San Luis Potosí, acrecentaban las razones para insistir en el carácter precursor de las acciones del Partido Liberal en materia agraria, económica y educativa que se plasmarían en la Constitución de 1917, ya que:

los liberales de San Luis Potosí fueron los principales precursores de una legislación política, económica y social que plasmada en los artículos fundamentales de nuestra Carta Magna, ha venido a constituir la base del funcionamiento de los gobiernos verdaderamente revolucionarios y democráticos.39

El tono precursor consagrado por Martínez Núñez a San Luis Potosí en el panorama nacional dios pie para que a escala local se impulsaran trabajos de biografía heroica sobre los precursores de la revolución oriundos de San Luis Potosí vinculados al programa ideológico del Partido Liberal Mexicano: Camilo Arriaga, Juan Sarabia, Librado Rivera y Antonio Díaz Soto y Gama, perspectiva desde la cual algunos miembros de la Academia de Historia Potosina abordaron de manera esporádica el periodo de la revolución en el estado.40

 

La lectura revisionista

Las posibilidades temáticas para la escritura de la historia asociadas a la lectura propuesta por las reflexiones sobre los alcances y la vigencia de la revolución mexicana alcanzaron el nivel de la producción local. Cuatro años después de la publicación del trabajo de Martínez Núñez apareció el libro de James D. Cockcroft,Intelectual Precursors of Mexican Revolution. 1900–1913 (1968). El texto del historiador estadunidense se inscribe en el contexto del cuestionamiento sobre la definición del carácter revolucionario de la revolución mexicana a partir del análisis sobre la naturaleza de las fuerzas sociales que causaron este movimiento y que afectaron el comportamiento de los intelectuales durante el periodo anterior al inicio de la revolución. Pese a los puntos de partida ideológicos que presuponía el enfoque del historiador estadunidense, especialmente al sentido que establece para los conceptos "revolución", "intelectual" e "ideología", su trabajo mantuvo de cerca las líneas establecidas por Martínez Núñez. Compartía con él la noción de que San Luis Potosí era la "cuna de la revolución", porque era más importante establecer los principios ideológicos de la revolución mexicana que los acontecimientos armados; por eso, para ambos la Constitución de 1917 era su principal logro.

La delimitación de los propósitos, a los que Cockcroft atribuye como historia intelectual, la desarrolla a través del estudio de cuatro individuos oriundos de San Luis Potosí: Camilo Arriaga, Juan Sarabia, Librado Rivera y Antonio Díaz Soto y Gama, exaltados también por Martínez Núñez; que complementará con la explicación sobre las actuaciones políticas de las figuras de Francisco I. Madero y Ricardo Flores Magón. Cockcroft propone un análisis de las acciones que tomaron estos individuos para alcanzar los objetivos del liberalismo del siglo XIX: democracia, anticlericalismo y libre empresa; de tal suerte que el estudio sobre estos acontecimientos permitiera la caracterización de las fuerzas sociales de San Luis Potosí en el periodo prerrevolucionario como un modelo que proporcionara explicaciones plausibles sobre las razones que posibilitaron que la revolución mexicana fuera encabezada por individuos provenientes del norte del país y, con ello, tratar de revelar las fuerzas sociales, económicas e ideológicas que afectaron a los grupos que participaron en la revolución. Cockcroft planteó, de esta forma, que San Luis Potosí era un modelo para desarrollar estudios de caso sobre la revolución mexicana.

 

La historia profesional: a la sombra del caudillo

El trabajo de Cockcroft abrió una veta importante para la investigación histórica profesional sobre San Luis Potosí, aunque no necesariamente obtuvo eco en el plano ideológico sobre el que fundamentó su trabajo. Una de esas vetas propuestas fue el aspecto económico potosino que comenzó a ser explorado en el libro de Jan Bazant, Cinco haciendas mexicanas. Tres siglos de vida rural en San huis Potosí (1600–1910) (1975), trabajo que centró su atención en algunas haciendas ubicadas en el estado de San Luis Potosí a partir de las cuales propuso una explicación detallada de los procesos económicos que las hicieron viables. Alrededor de esas haciendas se estructuraron sociedades específicas que destacan en la descripción que Bazant hizo de los campesinos y trabajadores ligados a esta estructura económica, así como una caracterización de los hacendados como propietarios y actores políticos regionales. Si bien este trabajo planteó problemas que motivarían la apertura de una línea de investigación que explorarían futuros trabajos, es evidente que la historia profesional tardó en prestar atención a los acontecimientos de la revolución en San Luis Potosí.

Las perspectivas abiertas tempranamente sobre el periodo de la revolución en San Luis Potosí por los trabajos de Martínez Núñez y Cockcroft, tomaron tiempo en encontrar eco pese a los esporádicos esfuerzos de los hombres de letras potosinos interesados en los estudios históricos que, en lo general, no abordaron el periodo revolucionario. Sería hasta 1983 cuando Beatriz Rojas publicó La pequeña guerra. Los Carrera Torres y los Cedillo. Este trabajo marcaría una de las primeras aproximaciones de la historia profesional al contexto del caudillo regional. Casi a la par con este trabajo apareció el libro de Romana Falcón, Revolución y caciquismo. San Luis Potosí, 1910–1938 (1984), que se convirtió rápidamente en un libro de referencia sobre el periodo. Básicamente, el estudio partía de la necesidad de comprender la heterogeneidad de la revolución mexicana a partir del esclarecimiento sobre las continuidades y las rupturas entre el porfiriato y la revolución. Por eso, el objetivo del trabajo era mostrar cómo la revolución afectó la estructura del poder político en San Luis Potosí y explicar cómo de allí emergió otro régimen que partió de las herencias forjadas al calor de la hegemonía de Porfirio Díaz; de allí que el caso del general Saturnino Cedillo podía ser una muestra de cómo el régimen del porfiriato mantenía bajo control una serie de fuerzas que a raíz de la crisis profundizada con los acontecimientos de 1910 tomaron forma bajo la égida de los jefes políticos y militares regionales. Cedillo logró una notable autonomía con respecto al ejército regular y una gran capacidad de resistir la subordinación al gobierno federal. Por lo tanto, para Falcón, el caso de San Luis Potosí podía "servir como prototipo" del fenómeno del cacicazgo durante el periodo de la revolución mexicana.41

El mismo año que apareció el trabajo de Falcón, Dudley Ankerson publicó Agrarian Warlord. Saturnino Cedillo and the Mexican Revolution in San Luis Potosi; que pretendía convertirse en una biografía política de un individuo cuyo entorno y periodo histórico le permitieron pasar de hijo de un ranchero a ser considerado posible candidato presidencial de un país. A partir de este objetivo central, Ankerson plantea la aproximación a las condiciones económicas y sociales que existían en San Luis Potosí a fines del porfiriato y la relación de estas condiciones con la emergencia del agrarismo en un espacio concreto.42

A partir de estos avances en los estudios históricos sobre la revolución en San Luis Potosí, quedaron en evidencia algunos hilos sueltos y la necesidad de abordar problemas planteados pero sin desarrollo que abrieron la posibilidad para que se publicaran dos trabajos centrados en el mismo personaje: Los rebeldes vencidos. Cedillo contra el Estado cardenista (1990), de Carlos Martínez Assad, y Génesis de un cacicazgo. Antecedentes del cedillismo (1991), de Victoria Lerner Sigal. El primero de ellos hace hincapié en los últimos años de la hegemonía cedillista en San Luis Potosí a través de los cuales explica cómo se establecieron los vínculos entre Cedillo y el poder central y cómo se tensaron hasta la caída del jefe político regional a partir de la explicación sobre la lógica que siguió el poder central en estos acontecimientos. Por su parte, el trabajo de Lerner se concentra en los actores sociales que contextualizaron el origen regional del poder cedillista como los hacendados, los pequeños propietarios y los campesinos, así como el sistema político que los estructuraba para dar paso a la explicación sobre el nuevo sistema que generó el ascenso paulatino de la figura política de Saturnino Cedillo.43

De esta manera, es evidente que la preocupación planteada por el trabajo de Cockcroft sobre la caracterización de las fuerzas sociales en el periodo prerrevolucionario como un modelo que permitiera explicar el origen de la revolución mexicana marcó el desenvolvimiento de los trabajos de historia regional elaborados por historiadores profesionales que abordaron hasta los años noventa el periodo de la revolución en San Luis Potosí.

 

La síntesis: las historias generales y el libro de texto

Los aportes de la historia profesional para comprender los procesos de la revolución mexicana a escala local y regional trajeron el cambio en las interpretaciones de la revolución como proceso pero también en el conocimiento de los procesos históricos regionales. Esta dinámica continúa actualmente, no necesariamente guiada por el interés de explicar el periodo revolucionario. Sin embargo, estas transformaciones en el conocimiento histórico plantearon una recomposición en las explicaciones existentes sobre la consolidación del Estado nacional después de la revolución. Uno de estos aspectos tiene que ver con el esfuerzo de difusión de los hallazgos sobre los procesos históricos regionales que retomaron las estrategias impulsadas por el INEHRM en los años cincuenta y sesenta, que mantuvieron la forma del manual dirigido a un público amplio que requería de síntesis históricas.

En los años ochenta, el recién fundado Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora impulsó un programa de historia regional que abarcó una serie de estudios sobre los estados mexicanos que se apoyaban en la publicación de bibliografías comentadas, antologías históricas y síntesis históricas. En este marco fue publicado el libro de Rosa Helia Villa de Mebius, San Luis Potosí: una historia compartida (1988). A diferencia de los trabajos mencionados hasta aquí sobre la historia potosina, este encuadra el periodo de la revolución en San Luis Potosí bajo una pregunta: "San Luis Potosí, ¿cuna de la revolución?" Además de ser una cuestión que revela una postura crítica hacia las consideraciones que habían hecho algunos de los textos abordados anteriormente, el libro concluye con la cita de unas consideraciones que dejan abierta las posibilidades de aquel cuestionamiento y que aún requieren un desarrollo por la producción histórica más reciente: "¿Qué ambicionaba Cedillo, después de todo? [...] Quería solamente lo mismo que buscaron los protagonistas de la revolución que perdieron su guerra. Ni más ni menos.44

Unos años después del esfuerzo emprendido por el Instituto Mora apareció en el mercado editorial mexicano otro proyecto especializado dirigido "al gran público" que permitiera la aproximación a "la vida y milagros del México plural y desconocido". La colección de las Breves Historias de los Estados de la República Mexicana patrocinada por el gobierno federal y los gobiernos estatales bajo el cuidado profesional y editorial de El Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica trató de llenar el interés por la historia regional a lo largo y ancho del país al postularse como los nuevos manuales de historia regional. El proyecto ideado por Luis González se propuso recoger historias elaboradas por profesionales de la historia oriundos del estado sobre el que trabajarían, hechas con un lenguaje fácil y ameno para todo público y bajo una estructura similar en los periodos de estudio no mayor a 200 páginas. Fue bajo este esquema que se publicó la Breve historia de San Luis Potosí (1997) elaborada por María Isabel Monroy Castillo y Tomás Calvillo Unna, donde se encuentra sintetizado el periodo revolucionario en el capítulo vil con el título "El laberinto de la modernidad", que mantiene los hitos consagrados por los autores citados a lo largo de este escrito pero que asume, particularmente, los aportes de la historia profesional para explicar los procesos relacionados con este importante periodo.

Por otra parte, los avances del conocimiento histórico también llegaron a la escuela. En 1983 se publicó el primer libro de texto para la enseñanza de la historia regional de San Luis Potosí. En él se hace hincapié sobre los acontecimientos que transcurren en la "patria chica" potosina, la cual "no es fruto espontáneo de la tierra, sino amorosa, paciente y tenaz creación del hombre al correr de los años".45El texto dedica ocho cuartillas a los acontecimientos de la revolución mexicana en San Luis Potosí, de 215 que componen la totalidad del libro. El periodo parte del fin de "34 años de dictadura" con la partida de Porfirio Díaz hacia Veracruz y culmina con la consolidación de la nación "más firme en lo económico, político y social" que representaba el gobierno de Lázaro Cárdenas que se coloca como el preludio del capítulo 6 dedicado al tiempo presente. En este intervalo de 24 años resalta cómo en la patria chica potosina se redactó el famoso Plan de San Luis, que daría orientaciones para los diferentes levantamientos armados en todo el país; además, destaca a los personajes que encabezaron los clubes antirreleccionistas liberales: Camilo Arriaga, Juan Sarabia, Librado Rivera, Antonio Díaz Soto y Gama, a los que se adicionan Roque Estrada, Rafael Cepeda y Pedro Antonio de los Santos. El relato termina con la mención de una gran batalla de 1915 en la hacienda El Tulillo, ubicada entre Ciudad Valles y Tampico, y concentra la atención en las actividades de Alberto Carrera Torres y los hermanos Magdaleno, Cleofas y Saturnino Cedillo en la zona media y la huasteca potosina. De esta forma, el libro escolar difunde hasta la fecha los hitos de la historia potosina, pero en particular retoma los aspectos resaltados por algunos de los textos citados a lo largo de este trabajo sobre la revolución en San Luis Potosí.

 

Para recomenzar

En las tres últimas décadas, el interés histórico en México se ha trasladado del ámbito nacional al estatal y local. El tema principal es ahora la lucha por la hegemonía entre un gobierno nacional mexicano emergente y líderes o facciones políticas del ámbito estatal como lo demuestra la publicación de dos trabajos que tienen que ver la temática propuesta a lo largo de este texto, El camino de la rebelión del general Saturnino Cedillo (2010) y Entre rumores, ejércitos rebeldes, ansiedad impresa y representaciones épicas. Estudios sobre la independencia y la revolución en San Luis Potosí (2010).

La obra coordinada por Carlos Martínez Assad, El camino, reúne cinco trabajos que tienen por objetivo investigar a un personaje que fue colocado por la historia oficial en el nicho de los "traidores" para proponer una caracterización del movimiento que encabezó y que culminó como una rebelión armada en un momento, como el inicio de la segunda guerra mundial, en el que las disidencias eran inoportunas cuando el énfasis recaía en la defensa de la soberanía nacional.

De igual forma, el trabajo coordinado por Moisés Gámez, Entre rumores..., en la parte dedicada a la revolución mexicana en San Luis Potosí reúne siete trabajos que tienen por objeto abordar algunos procesos relacionados con el momento que inician los sucesos de la revolución y cómo afectan a San Luis Potosí; para ello, se estudia la situación de la capital potosina, el estado de los ferrocarriles, algunos enfrentamientos obrero–patronales en la minería y un balance sobre la producción historiográfica que abarca el periodo entre 1910 y 1929.

Por eso, este trabajo presentó, a través del desenvolvimiento de varios aspectos del desarrollo de la escritura de la historia, tanto a escala nacional como local, que a partir de los avances de la escritura de la historia actualmente es necesario revalorar los alcances del auge de la historiografía subnacional de fines de los años setenta y principios de los ochenta, centrada en las provincias de la revolución, que se conciben a sí mismas como un rompimiento fundamental en relación con la tradición nacional y centralista de la historiografía mexicana. Además, el desenvolvimiento de una escritura de la historia centrada en el ámbito regional plantea que cualquier explicación sobre el surgimiento de un Estado nacional poderoso sólo fue posible cuando la rebelión popular pudo ser dominada y la violencia en las regiones y localidades canalizarse hacia la organización de ligas y partidos políticos.

Ahora bien, el desarrollo de una escritura de la historia regional cambió las interpretaciones y los hitos existentes en las localidades y las regiones que se habían divulgado desde el siglo XIX. En este sentido, el impulso que tuvo la investigación histórica sobre el estado de San Luis Potosí reavivó nuevamente la pregunta sobre el papel que esta región ha tenido a lo largo del tiempo en la conformación del Estado nacional, cuestionamiento que se planteó claramente desde los primeros intentos por elaborar un relato detallado de la historia potosina. Pese a las evidencias que hacen énfasis en las tensiones, se ha difundido una imagen que concentra la atención en los aportes y en el papel central que ha cumplido la región y sus gentes en los procesos históricos nacionales. Una situación que los estudios históricos actuales desarrollan con más atención.

 

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Notas

* Trabajo contemplado dentro de las actividades del proyecto Región y Regionalismo en América Latina: Miradas Interdisciplinarias (J010.173–46961, Conacyt/PROalmex/daad), y del Cuerpo Académico Estudios Regionales y de Frontera Interior en América Latina (UASLP–CA–189), adscrito a la Coordinación de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

1 Wasserman, "Introducción", 1996, pp. 11–28.

2 O'Gorman, "Historiografía", 1960, pp. 423–26.

3 Benjamin, Revolución, 2003.

4 Wobeser, Cincuenta, 1998.

5 Matute, "Profesionalización", 1999, pp. 415–440.

6 Morales, Historia, 1951, y Benjamin, Revolución, 2003, pp. 109–204.

7 "Decreto que crea el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, que funcionará como órgano de la Secretaría de Gobernación", Diario Oficial. órgano del Gobierno Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, vol. CXCIX, núm. 52, 29 de agosto de 1953, México, pp. 1–2.

8 Dulles, Ayer, 1977.

9 Casasola, Historia, 1962; Mraz, "Fotohistoria", 2007, y Looking, 2009.

10 México, 1963, p. IX.

11 Hurtado, "Historia", 2010, pp. 117–134.

12 Hernández, "Precursores", 1955, pp. 279–317.

13 Matute, "Orígenes", 1998, pp. 153–168; Rico, Pasado, 2000, y Matute, Aproximaciones, 2005.

14 González, "Ideología", 1961, p. 636.

15 Matute, "Orígenes", 1998, p. 165.

16 Benjamin, "Revolución", 1996, pp. 427–453.

17 González, Pueblo, 1968, y "Terruño", 1991.

18 Serrano, "Historiografía", 2002, pp. 99–108.

19 Knight, "Interpretaciones", 1989, pp. 23–43.

20 Benjamin, "Revolución", 1996, pp. 427–453.

21 Montejano, "Historiografía", 1956, pp. 4354, e Historiografía, 1974.

22 Noyola, "Historiografía", 1998; Monroy, "Cien", 1998; Noyola, "Reseña", 2000, y Betancourt, "Escritura", 2008.

23 Montejano, Historiografía, 1974, p. 40, y Noyola, "Reseña", 2000.

24 Montejano, Historiografía, 1974, pp. 35–36, y Betancourt, "Escritura", 2008, pp. 9–27.

25 Montejano, Nueva, 1982, p. 77.

26 Betancourt, "Espacios", 2009, pp. 9–53, y Zamora, "Instituciones", 2009.

27 Archivo, 1979.

28 Centros Públicos de Investigación–Sistema SEP–CONACYT, Anuario 1999, El Colegio de San Luis (COLSAN)/Dirección Adjunta de Coordinación del Sistema SEP–CONACYT/Dirección de Coordinación y Apoyo Institucional, México, 1999, en <http://www.conacyt.gob.mx/Centros/COLSAN/ANUARIO%20COLSAN%201999.pdf>. [Consulta: 15 de enero de 2011.]

29 Gilbert, "Nueva", 1998, pp. 63–75.

30 Schmidt, "Power", 1991, pp. 173–188.

31 Velázquez, "División", 1976, pp. 181–198, y Monroy y Calvillo, Breve, 1997.

32 El texto no se publicó en vida del célebre hombre de letras potosino. De hecho, la obra que publicó Primo Feliciano no dio cuenta de la revolución en San Luis Potosí pese a que fue contemporáneo de todos estos acontecimientos. De acuerdo con las anotaciones de Alberto Alcocer Andalón, que publicó el manuscrito en 1976, este era parre de un trabajo sobre la revolución o sobre el movimiento cristero que Primo Feliciano no publicó.

33 Velázquez, "División", 1976, pp. 184 y 187.

34 Grimaldo, Apuntes, 1916, p. 12.

35 Matute, Aproximaciones, 2005, pp. 21–27.

36 Tirano, "Confrontación", 1996, pp. 65–108.

37 Montejano, Nueva, 1982.

38 Barragán, Figuras, 1930, y Rodríguez, San, 1938.

39 Martínez, Revolución, 1964, p. 77.

40 Martínez, Juan, 1965; Alcocer, "Librado", 1973, pp. 269–284, y Gómez, "Antonio", 1977, pp. 380–389.

41 Falcón, Revolución, 1984.

42 Ankerson, Caudillo, 1994.

43 Lerner, Génesis, 1989, y Martínez, Rebeldes, 1991.

44 Villa, San, 1988, p. 443.

45 San Luis Potosí, 1983, p. 10.

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