Clara E. Lida y Pablo Yankelevich (comp.), Cultura y política del anarquismo en España e Iberoamérica, El Colegio de México, México, 2011, 328 pp. ISBN 978-607-462-394-9

Clara E. Lida y Pablo Yankelevich (comp.), Cultura y política del anarquismo en España e Iberoamérica, El Colegio de México, México, 2011, 328 pp. ISBN 978-607-462-394-9

Este trabajo es el resultado final de un encuentro de la Cátedra México España, organizado por los compiladores y por Tomás Pérez Vejo, cuyas sesiones transcurrieron durante los días 23 y 24 de marzo de 2011. La recopilación, compuesta de ocho artículos e igual número de autores, está comprometida a exponer tanto los procesos experimentados por el movimiento anarquista en España y algunos países iberoamericanos, entre las décadas de 1870 y 1920. Por otra parte, descifra en diferentes contextos las prácticas políticas y culturales, individuales y colectivas, que atraían la atención de los sectores de trabajadores hacia formas y espacios alternativos de sociabilidad. El periodo abordado no sólo coincide con el impulso decisivo del desarrollo industrial y urbano producido por la vigorosa expansión y consolidación del sistema capitalista internacional, sino con un momento muy particular para el movimiento anarquista, que inicia con la Comuna de París de 1871 y termina con el final de la primera guerra mundial y la revolución rusa, y que se traduce en el paso del colectivismo bakuniano, corriente mayoritaria durante la vigencia de la Primera Internacional, hacia las tesis anarcocomunistas y anarcosindicalistas, formuladas por Piotr Kropotkin, y las nuevas generaciones de militantes que se sucedieron desde 1876, las cuales surgieron y se desarrollaron en medio de un ambiente de disputa y confrontación ideológica con la socialdemocracia marxista por el liderazgo político dentro del mundo obrero.

Los trabajos contenidos en esta recopilación representan una gran contribución al estudio del movimiento anarquista en el mundo iberoamericano. Los elementos que enriquecen los ensayos señalan la existencia de redes de militantes con programas estructurados, numerosa producción escrita y mecanismos de acción revolucionaria. La conexión entre el proceso experimentado por el movimiento anarquista de Europa mediterránea, especialmente el español, con Cuba y los casos sudamericanos enfatiza la importancia de los flujos migratorios atlánticos en la difusión de las ideas y prácticas libertarias. El incremento numérico de militantes en los países de mayor recepción de inmigrantes permiten reconocer la corresponsabilidad entre la represión, llevada a cabo por las autoridades europeas durante las décadas de 1870 y 1880, y la llegada de cuadros de la Asociación Internacional de Trabajadores, a su exilio en el Caribe, Argentina o Brasil. También queda en evidencia que en Perú y Chile, con costas sobre la franja del Pacífico y con una influencia menor de inmigrantes, los círculos anarquistas mezclaron los aportes teóricos y prácticos de su cultura ilustrada con las demás corrientes ideológicas de la izquierda política, e incluso con tradiciones de carácter autóctono como el indigenismo. La diversidad de los contextos en los que se desarrolló el anarquismo y la vitalidad que alcanzó en los diferentes espacios durante las décadas en mención, demuestran su capacidad adaptativa y permiten comprender tanto las características propias y únicas de cada caso, como las semejanzas generales en una perspectiva amplia que invita a indagar posibles comparaciones futuras. Los autores, además, trazan paralelos en el desarrollo del movimiento, que se expande desde los centros urbanos a las áreas rurales a partir de la itinerancia de los militantes y el desarrollo de las comunicaciones entre las zonas productivas, tanto industriales como mineras y agrícolas, con los puertos a través de las redes ferroviarias.

Las fuentes documentales consultadas, especialmente las publicaciones periódicas, fueron complementadas con las producciones hemerográficas y bibliográficas, para construir un universo heterogéneo de realidades diversas que enriquecen el panorama del movimiento a escala mundial. La obra es pionera en resaltar el papel de los círculos anarquistas como productores y difusores de ricas y variadas manifestaciones culturales; costumbres, rituales, símbolos, y expresiones artísticas, como piezas teatrales y musicales. Enfatiza en el esfuerzo de sus militantes en la educación, basada en los paradigmas del racionalismo científico, y en postulados laicos antiautoritarios, antiestatistas y anticlericales. La educación, concebida como la principal herramienta para desmontar los cimientos culturales de las fuerzas conservadoras o tradicionalistas, y cuestionar las convenciones de la moralidad burguesa, imbuida en la lógica de la competencia, es tratada a profundidad. Los trabajos coinciden en exponer la posición crítica de los círculos anarquistas ante las festividades, religiosas o paganas, y las formas de esparcimiento practicadas por los sectores populares. El juego, el alcohol y la prostitución fueron combatidos activamente, brindándoles a los obreros, artesanos, campesinos y jornaleros alternativas para el goce del tiempo libre, promoviendo actividades laicas alternativas, al aire libre o en recintos cerrados, que incluyeron a las mujeres en una posición de igualdad.

El fin de la pedagogía de la acción y la educación racional, difundida a través de los centros de instrucción Francisco Ferrer i Guardia, fundados en cada uno de los países a semejanza de los peninsulares, los Centros de Estudios Sociales, además de las numerosas escuelas y ateneos que florecieron durante esas décadas, fue el de incentivar la transformación de los patrones de comportamiento de los trabajadores, dotándolos de una nueva moral, ejemplarizada en la propaganda por el hecho y la acción revolucionaria, ascética en sus principios, y nutrida por valores de solidaridad, fraternidad y cooperación. La rebeldía queda manifestada tanto en las campañas de agitación –llevadas a cabo a través de la publicación de propaganda, folletos, prensa y revistas– como en la acción; organización de huelgas generales, manifestaciones multitudinarias e instrumentos de boicot económico. El libro puede dividirse en dos partes; los tres primeros trabajos son complementarios y se concentran en España durante la primera república, a partir de la llegada de los apóstoles de Bakunin a Barcelona, en 1868, hasta la consolidación de las tesis anarcomunistas, promovidas por Kropotkin y sus seguidores desde 1878, que coinciden con el resurgir del movimiento peninsular tras los años de la clandestinidad.

Manuel Morales Muñoz brinda un análisis sobre el sincretismo simbólico del anarquismo, haciendo énfasis en las resonancias gremiales y en el legado de la masonería, presente en la decoración de los ateneos libertarios y en su ritualidad, en forma de estandartes, imágenes, instrumentos, objetos, cantos e himnos, que alimentaban la memoria y afirmaban los lazos de pertenencia de los militantes. El autor señala la importancia del calendario revolucionario, marcado por fechas emblemáticas como el 18 de marzo, día en que se celebraba la Comuna de París, el 11 de noviembre, fecha conmemorativa en honor a los mártires de Chicago, o el 1 de mayo, con el fin de mantener viva la vigencia de la lucha del movimiento contra la injusticia, la tiranía y la explotación de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, el autor hace referencia a la existencia de una vigorosa prensa escrita, publicada en diferentes ciudades de la península, desde la costa cantábrica hasta la mediterránea, al apoyo de los militantes libertarios en la conquista del tiempo libre, promoviendo medidas de hecho para conseguir la jornada laboral de ocho horas, y a la participación política de ambos sexos en igualdad de condiciones dentro del movimiento.

Clara Lida profundiza en el proceso del anarquismo en España desde una perspectiva histórica, señalando los efectos de los cambios de contexto en la organización y los métodos de lucha empleados por los militantes libertarios. La inestabilidad política, representada por el destronamiento de Isabel II y la constitución de un régimen republicano liberal, que reconoció los derechos ciudadanos y las libertades de expresión y asociación, y que se mantuvo vigente hasta 1873, precisamente cuando el levantamiento cantonalista de Alcoy alcanzó su clímax, que fue seguido por la dictadura del general Manuel Pavía y la restauración monárquica, lo que implicó la vuelta del movimiento a la clandestinidad. La autora resalta la importancia del número de militantes anarquistas en las secciones españolas de la ait, organizadas en torno a la Federación Regional Española (fre), que en el Congreso Obrero de Córdoba de 1872 sumaba alrededor de 30 000 afiliados, así como la vitalidad del movimiento en medio de las adversidades, traducidas en las campañas llevadas a cabo por parte de los organismos de seguridad del Estado, a través de persecuciones, encarcelamientos y deportaciones de cuadros políticos hacia los presidios del norte de África y los archipiélagos del Pacífico sur. Las actividades secretas implicaron la transformación de los discursos, de las prácticas organizativas y de las formas de lucha, que se caracterizaron en acciones contra la propiedad, el terrorismo económico y el sabotaje, justificadas bajo el lema de la “conspiración obligatoria” contra el régimen de facto.

La autora demuestra cómo los delegados de las federaciones y secciones anarquistas de la ait mantuvieron estrechos vínculos con el resto del movimiento europeo a partir de correspondencia y asistencia a los eventos desarrollados en Suiza, Bélgica y el Reino Unido. Además, señala cómo la radicalización del movimiento se manifestó en el simbolismo violento adoptado por las agrupaciones de militantes para infundir temor. Clara Lida termina su trabajo planteando la inflexión ideológica que surge dentro del movimiento a partir de 1878, cuando se hicieron evidentes las diferencias doctrinales entre el colectivismo de Bakunin y el anarcomunismo de Kropotkin, cuyo proyecto contemplaba la colectivización de la producción y del consumo, distanciándose del principio bakuninista de entregar “a cada uno según su capacidad y su trabajo”, por uno nuevo, que implicó repartir “a cada cual según sus fuerzas y necesidades”, en un intento por incluir no sólo a jornaleros rurales, y trabajadores de servicios públicos y domésticos, cuyas labores impedían determinar la proporción exacta del trabajo realizado, sino a los sectores considerados inútiles, como los viejos, los niños y los enfermos, extendiéndoles los lazos de solidaridad.

Álvaro Girón Sierra expone el consenso existente entre las tesis anarcocomunistas de Piotr Kropotkin y las ideas evolucionistas de Charles Darwin, especialmente con la obra Descent of Man, escrita en 1871, la cual plantea la cooperación entre los hombres primitivos, y cuestiona las tesis de la evolución progresiva, formuladas por Jean Baptiste Lamarck, Ernst Haeckel y Herbert Spencer. El autor resalta la influencia del materialismo germánico y del evolucionismo inglés en el pensamiento kropotkiano, agregando que el desarrollo de la geología y la arqueología permitieron la confluencia de las ciencias naturales y las sociales. El darwinismo, cientificista y racionalista, incidió de manera determinante en la ideología de las facciones liberales de la burguesía, y en la cultura política de las izquierdas peninsulares, caracterizada por su heterogeneidad, hibridez y flexibilidad, así como por su pronunciado anticlericalismo, materializado en el abierto combate a los dogmas religiosos. La preocupación de los anarquistas por la educación es ejemplificada en el caso catalán, a partir de la fundación del primer centro Francisco i Guardia y de la Sociedad La Luz, lugares en los que se predicaba el libre pensamiento ateo, el republicanismo federal y el obrerismo internacional.

La segunda parte del libro, compuesta por los cinco artículos restantes, está dedicada a los casos iberoamericanos, los cuales fueron organizados sin tener en cuenta criterios geográficos ni una cronología histórica, pero sí en orden decreciente según la importancia numérica del movimiento. Juan Suriano inicia su trabajo haciendo referencia al proyecto educativo del movimiento anarquista en Buenos Aires, en medio de la transformación física de la ciudad, impulsada por el desarrollo urbano e industrial, y el aumento poblacional provocado por la inmigración masiva de españoles e italianos. La celebración de reuniones y tertulias, organizadas por los círculos de militantes, sirvieron de espacios para discutir los aportes de la literatura libertaria y la difusión de sus ideas. El objetivo final apuntaba a la ilustración de los obreros, inculcándoles nuevos valores y formas de sociabilidad, con el fin de evitar su afluencia a bares, tabernas y prostíbulos. El esfuerzo educativo implicaba el alejamiento de las concepciones patrióticas y nacionalistas, alimentadas por los organismos oficiales en sus campañas de alfabetización gratuita, pública y obligatoria, además del combate a las doctrinas y festividades religiosas fomentadas por la Iglesia católica. Suriano enfatiza acerca de la distancia que mantuvieron los militantes anarquistas de las prácticas tradicionales de la cultura popular, inclinándose a promocionar un modelo de espectador culto, ofreciendo a los obreros alternativas de esparcimiento como las representaciones teatrales, veladas musicales y artísticas, ceremonias con peso ritual acompañadas de discursos políticos, y giras campestres en los bosques de Palermo. El carnaval fue concebido como un señuelo que lograba engañar a las masas y dilapidaba las energías que se debían emplear en actividades revolucionarias como la organización, por parte de la Federación Obrera Argentina (foa), de huelgas generales y manifestaciones multitudinarias. Al final, Suriano señala la participación de comparsas anarquistas en ciertas ocasiones, que sirvieron como tribuna para manifestar públicamente réplicas y críticas. El auge del anarquismo en Argentina, que tomó fuerza desde 1885, tras la llegada de Errico Malatesta, coincidió con la conformación del Partido Socialista en 1886.

Amparo Sánchez Cobos nos remite a la Cuba de finales del siglo xix, comprometida en la última etapa de la guerra de Independencia, momento culminante para la creación de su identidad nacional o “cubanía”, que emergió en medio de la ocupación estadunidense. El estudio se centra en La Habana y sus alrededores, incluyendo las poblaciones de Guanabacoa, Marianao y Regla, consideradas como lugares de alta presencia obrera, haciendo énfasis en los trabajadores de las compañías tabacaleras. Las marcadas diferencias raciales, legadas por la esclavitud, trataron de ser mitigadas por los anarquistas, que buscaron construir una armonía de colores, a partir del reconocimiento de la igualdad de todos los trabajadores, apostándole a la construcción de una nación transracial. Pese a las intenciones, la gran mayoría de los militantes y sobre todo los líderes del movimiento eran inmigrantes españoles. Como en Argentina, el proyecto educativo de los círculos libertarios cubanos chocó con el impulso tomado por las campañas de alfabetización oficial. Los anarquistas se opusieron a los valores inculcados por el Estado, como el nacionalismo y el patriotismo, al tiempo que criticaron las formas de esparcimiento practicadas por los sectores populares, como el alcohol, el baile y, sobre todo, el juego, actividad muy difundida en La Habana, y que comprometía los ingresos obtenidos por los trabajadores. Las alternativas ofrecidas por las agrupaciones de militantes incluyeron diversas formas de sociabilidad, como veladas literarias y artísticas, combinadas con actividades propagandísticas, instructivas y creativas, llevadas a cabo en centros obreros, ateneos y escuelas, o al aire libre. La difusión de la educación involucró tanto a adultos como a niños, sin diferencias de estatus socioeconómico ni de sexo.

Los casos de Perú y Chile, tratados por Ricardo Melgar Bao y Sergio Grez Toso, respectivamente, nos muestran un panorama diferente, menos vinculado con los flujos migratorios, y de carácter mucho más modesto, tanto en el papel del movimiento como promotor de una cultura alternativa y por el número de trabajadores afiliados en sus filas. Ricardo Melgar resalta la heterogeneidad de corrientes que alimentaron las manifestaciones políticas y culturales del anarquismo, en un contexto que inicia en las últimas décadas del siglo xix y que termina en 1919, en medio de una industrialización y urbanización acelerada. Incluye tanto a los obreros textiles y de industrias alimentarias, ubicados en Lima, y de clara matriz mutualista, hasta casos puntuales, que involucraron poblaciones mineras de los Andes centrales y agrícolas, en el litoral norte, como Huaraz, La Libertad, Puno y Huacho, lugares conectados por las redes ferroviarias, que permitieron el movimiento de la mano de obra y las ideas. El incipiente anarquismo peruano –abiertamente anticlerical y antimilitarista– promulgó la educación racionalista de Kropotkin y Elisée Reclus, pronunció críticas al centralismo y organizó a los trabajadores para la acción directa, a través de huelgas generales, como las de Lima y El Callao en 1904, y algunos actos de violencia social. La cuestión agraria, manifestada en los intentos de recrear la “utopía andina” mediante la reconstrucción de los ayllus, se convirtió en el estandarte de la Federación Indígena Obrera Regional Peruana (fiorp), de naturaleza anarcocomunista.

Sergio Grez subraya la difusión del anarquismo –desde Santiago y Valparaíso hacia las regiones salitreras y carboníferas– por medio de la edición de periódicos, libros y folletos, y el impulso de las huelgas. Al mismo tiempo, señala la formación de sociedades de resistencia y ateneos obreros de orientación libertaria, que rivalizaron con los socialdemócratas por la dirección del movimiento obrero y popular. También hace referencia a la promoción de la educación ilustrada y nuevas formas de sociabilidad, que buscaban atraer la atención de los trabajadores y manifestar su resistencia cultural tanto a los valores burgueses como a los clericales, a través de los paseos campestres, el fomento a las agrupaciones musicales, líricas y teatrales, así como a las tertulias y veladas nocturnas en donde se declamaba poesía y se entonaban himnos revolucionarios. El libro termina con el ensayo de Jacy Seixas, dedicado a la militancia anarquista en São Paulo y Río de Janeiro, entre 1890 y 1920, en pleno desarrollo de la economía cafetera, el crecimiento industrial y la urbanización acelerada. La autora define al militante anarquista en Brasil, como un producto de la clase obrera de origen inmigrante, muy especialmente españoles e italianos influenciados por el pensamiento de Errico Malatesta y, por lo tanto, de clara orientación antiautoritaria, negándose a ser dirigidos o gobernados, y rechazando su adhesión a las organizaciones disciplinadas. Luego, señala la importancia de la ejemplaridad para los militantes libertarios, como mecanismo para convencer, educar y transformar conciencias y comportamientos, tendentes a despertar al proletariado de su apatía. La acción directa es representada en las huelgas de los trabajadores ferroviarios, vinculados a la Federación Obrera de São Paulo (fosp), resalta además la amplia movilidad e itinerancia de los cuadros políticos, a partir de viajes de propaganda, demostrando la presencia de militantes en huelgas y campañas de agitación en diversas localidades. El ensayo termina con una mención a los traidores o crumiros, presentes dentro del movimiento, y los mecanismos de detención y castigo empleados por las agrupaciones anarquistas.

En síntesis, y para finalizar, este libro recoge ocho novedosas contribuciones al estudio del anarquismo ibérico desde su surgimiento hasta la primera guerra mundial. Los ocho autores son reconocidos especialistas internacionales sobre este tema y sus aportaciones a este volumen no son una mera síntesis de trabajos anteriores, sino nuevas exploraciones con base en documentación e interpretaciones nuevas, que contribuyen a la comprensión más amplia del movimiento anarquista en España y diversos países americanos. Su publicación es, pues, un acontecimiento muy bienvenido.

Carlos Alberto Murgueitio Manrique

El Colegio de México

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