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“¡Periodiquillos para vosotros chiquitines!” Una mirada al desarrollo de la prensa infantil en Colombia (finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX)

“Small Newspapers for you, Little Ones!” A Look at the Development of the Children’s Press in Colombia (Late 19th Century and Early 20th Century)

 

Diana Marcela Aristizábal García1, https://orcid.org/0000-0003-1709-9986

 

1Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, dm.aristizabal65@uniandes.edu.co

 

Resumen:

El artículo hace un recorrido general por el desarrollo de algunas de las más importantes publicaciones de prensa infantil de finales del siglo XIX y principios del siglo XX en Colombia. El objetivo es analizar algunas continuidades y discontinuidades del proyecto de prensa infantil en el país y rastrear algunas ideas académicas y políticas que se dieron en la época en relación al lugar social que debía ocupar la infancia, sus roles, sus características como grupo social y la necesidad nacional de consolidar unos productos editoriales destinados a la infancia. La metodología consistió en el análisis y revisión de fuentes primarias y secundarias. Como conclusión se señala que el género de la prensa infantil es un importante reflejo del cambio social que se produjo desde finales del siglo XIX en la percepción de la noción de infancia en el país.

 

Palabras clave: infancia; prensa infantil; Colombia; siglo XIX; siglo XX.

Abstract:

The article reviews the development of some of the most important publications in the children’s press in the late 19th and early 20th century in Colombia. The purpose is to analyze some of the continuities and discontinuities in the children’s press project in the country, and to track certain academic and political ideas that emerged at the time regarding the social place childhood should occupy, their roles, their characteristics as a social group and the national need to consolidate editorial products for children. The methodology consisted of the analysis and review of primary and secondary sources. In conclusion, it is pointed out that the children’s press genre is an important reflection of the social change that occurred from the late 19th century onwards in the perception of the notion of childhood in the country.

 

Key words: childhood; children’s press; Colombia; 19th century; 20th century.

 

Fecha de recepción: 29 de marzo de 2017   

Fecha de aceptación: 9 de agosto de 2017

 

Introducción

 

 

El filósofo alemán Walter Benjamin (1989b) planteó que toda cultura material infantil es una forma de comprender y asignarles unas características a unos sujetos específicos, y de relacionarlos y hacerlos partícipes de las dinámicas de las sociedades a través de estas producciones culturales. Los juguetes, los libros,  así como la prensa y la literatura infantil, más que ser simples objetos, son fuentes materiales que dan testimonio y sugieren preguntas sobre la manera en que determinadas sociedades, en contextos temporales específicos, han comprendido la noción de infancia y el lugar social que esta ocupa.[1]

Este artículo se centrará en el caso específico de la prensa infantil en Colombia desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX. Se hace especial énfasis en el papel de la prensa como un reflejo material del cambio social que se produjo en la percepción de la infancia en el país y, en este sentido, cómo esta sensibilidad se expresó en la necesidad de concretar un proyecto nacional de prensa infantil. El artículo se divide en tres apartados: en el primero, se hace una descripción panorámica de cómo fue emergiendo el género de la prensa infantil en Europa y en varios países de América Latina. En las siguientes dos secciones se estudiarán, de manera muy general, algunas características, tanto de contenido, como de forma, de la prensa infantil colombiana desde finales del siglo XIX, hasta inicios del siglo XX. Se prestará atención a las continuidades y discontinuidades que tuvieron estas publicaciones durante este marco temporal. Por esta razón, no se hizo un análisis exhaustivo de cada tipo de publicación, de su evolución temática, su línea editorial, ni de los intereses políticos y educativos que estaban detrás de cada una ellas. La contribución del artículo está más relacionada con la posibilidad de comprender estas publicaciones como fuentes materiales que indican una transformación progresiva en el país de la sensibilidad sobre un sujeto como el niño y un objeto social como la “infancia”. Esta emergente sensibilidad es, a la vez, el resultado de una serie de debates de saberes modernos como la pedagogía, la pediatría y la psicología con relación a cómo debía entenderse y educarse a los niños y futuros ciudadanos del país.

Este artículo se inscribe en dos campos de estudio principales: los estudios históricos sobre infancia y los estudios históricos sobre cultura escrita. El primero empezó a concretarse durante la década de los sesenta en Estados Unidos y Europa con estudios como los de Philippe Ariès (1987), Lloyd de Mause (1974) y Linda Pollock (1990). En Colombia, algunos autores representativos de esta línea de estudio han sido Ximena Pachón y Cecilia Muñoz (1991), interesadas en temas como la familia, la salud y la educación de la infancia del país; Óscar Saldarriaga y Javier Sáenz (1997), que han enfocado sus investigaciones a la escuela y las prácticas pedagógicas;  Pablo Rodríguez (2007), interesado en los estudios de infancia y familia y Patricia Londoño (2012), que ha explorado varios temas como religión, educación y cultura material infantil.

El campo de estudios sobre cultura escrita ha sido explorado desde la historia cultural francesa y estadunidense y la microhistoria italiana con autores centrales como Roger Chartier (1987, 1993, 1998), Robert Darnton (2003, 2011), Carlos Ginzburg (1994), Natalie Zemon Davis (1983, 1987), Jack Goody (1968), entre otros, quienes se han interesado por analizar los sujetos y dispositivos que hacen parte del desarrollo de una cultura escrita: los procesos de alfabetización, las formas de circulación, uso y apropiación de los textos y escritos; el desarrollo de las prácticas de lectura y escritura y la configuración de la subjetividad, así como la historia de ciertos artefactos y espacios del mundo de lo escrito, como los libros, la prensa y las bibliotecas. En concreto, en América Latina y Colombia los estudios sobre prensa infantil (Alcubierre, 2004, 2016; Bontempo, 2012, 2016; Robledo 2007, 2012) han estado interesados en analizar los contenidos de ciertas publicaciones periódicas infantiles, sobre todo del siglo XX, y han explorado las relaciones entre subjetividad infantil y prensa, las prácticas de lectura y las relaciones de la prensa infantil con las prácticas pedagógicas.

 

 

Los inicios de la prensa infantil

 

 

La prensa infantil, como parte de la cultura material, también es la “materialización de la historicidad de la infancia” (Agamben, 2007, p. 103) contenida en ciertos objetos como revistas y periódicos. Esta ha tenido un recorrido diferenciado en diferentes contextos geográficos, pero también ha sido un fenómeno cultural con elementos compartidos y de simultaneidad. Desde finales del siglo XVIII, en el contexto de la circulación de ideas como las del filósofo francés Jacques Rousseau, que en su famoso tratado filosófico Emilio o de la educación (1762) le reconoció a la infancia una forma de ver, pensar y sentir que le eran peculiares y llamó la atención sobre las promesas de la educación para formar moralmente a los niños y futuros ciudadanos, otros educadores y pensadores europeos como Johannes Bernhard Basedow (1774) y Friederich Johann Bertuch (1792) también comenzaron a ver en los niños cierta singularidad y, por ello, la necesidad de producir objetos para su educación: libros de texto escolares, literatura, álbumes de imágenes y prensa. Estos primeros textos se caracterizaron por “su carácter edificante y moralista” (Benjamín, 1989a, p. 67).

Así, el género de la prensa escrita infantil comenzó a materializarse en Europa desde mediados del siglo XVIII. El primer caso en todo el mundo fue The Lilliputian Magazine (1751) de Inglaterra y a este le siguieron otros como The Museum for Young Gentlemen and Ladies (1758) de Inglaterra, el Journal d’Education (1768) de Francia, Leipziger Wochenblatt für Kinder (1772) y Kinderfreund (1775) de Alemania y La Gaceta de los Niños (1798) de España (Martínez, 1967, p. 99). Estas primeras propuestas de prensa infantil europea complementaban el vasto programa de ilustración y formación humanista que se proponía en libros de texto y de literatura infantil de la época: “si el hombre era piadoso, bueno, sociable por naturaleza (tal como lo planteaba Rousseau), debía ser posible convertir el niño, el ser natural por excelencia, en el hombre más piadoso, mejor y más sociable por medio de la educación” (Benjamín, 1989a, pp. 66, 67).

De ahí que estos primeros proyectos de publicaciones periódicas tuvieran sobre todo un sentido moralizante y edificante, cuestión que se mantuvo en muchos casos hasta el siglo XIX. Aunque estas publicaciones plantearan entre sus objetivos una función “recreativa” para los niños, es importante advertir que, para el siglo XVIII y gran parte del siglo XIX, la noción de “recrear”, al parecer, no estaba apartada de la función de “instrucción” y “educación”. Como lo sugiere la historiadora Dorothy Tanck (2013), “a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII varios autores como Charles Perrault (1628-1703) en Francia y el editor John Newberry en Inglaterra, empezaron a publicar libros que abarcaban un nuevo objetivo para los libros infantiles: lo recreativo. Sin embargo, esta corriente era minoritaria y seguía predominando la idea de que la lectura debía de enseñar y no divertir” (p. 107). En las hojas de estas revistas y periódicos se ofrecen cuentos, ejemplos, fábulas, historias, obritas de teatro y anécdotas científicas que tenían sobre todo funciones ejemplarizantes. Un comentarista sobre uno de estos periódicos, el Journal d’Education (1768) de Francia, describe los contenidos de este impreso de la siguiente manera:

 

Está lleno de opiniones juiciosas, de principios verdaderos y ofrece en todas partes, lecciones de virtud propias para formar buenos ciudadanos en las diferentes condiciones de la vida; todo lo refiere a estos tres objetos: la religión, las costumbres y las ciencias, objetos a los cuales se reduce la educación que consiste en hacer que los jóvenes sean virtuosos, ciudadanos e instruidos (citado por Martínez, 1967, p. 99).

 

Otro caso es el del periódico español El Almacén de los Niños (1757), que continuó su divulgación en las primeras décadas del siglo XIX. Los contenidos de este impreso consistían en diálogos, con el formato de pregunta/respuesta, a modo de catequismo, en el que una institutriz y sus alumnos discutían sobre temas como historia sagrada, mitología, geografía, buenas costumbres, reflexiones útiles y cuentos morales. Su objetivo, era “formar el corazón, como ilustrar el espíritu” (Citado por Martínez, 1967, p. 100).

Durante el siglo XIX en muchos otros contextos mundiales, aparte de Europa, comenzaron a proliferar diferentes publicaciones infantiles, entre otras, periódicos y revistas, que tuvieron en común con sus antecesoras europeas un marcado cariz pedagógico, una circulación escasa, unos contenidos dirigidos a una población alfabetizada, de clases altas urbanas, y que se presentaron como prolongaciones de los libros moralizantes y de instrucción que ya eran conocidos por los niños. Incluso, algunos de estos libros nacieron en las páginas de las revistas, en forma seriada, por lo cual resultaban mínimas las diferencias de contenido existentes entre libros y publicaciones periódicas.

Muchas de las publicaciones que se desarrollaron en América Latina, por ejemplo, tuvieron en cuenta estos referentes europeos, se apropiaron de sus nombres e incluso replicaron algunos de sus contenidos o los tradujeron y adaptaron en sus páginas. Por ejemplo, es sugerente que varios de los títulos utilizados para estos impresos fueron El Álbum de los Niños, El Correo de los Niños y El Almacén de los Niños, títulos que se usaron en periódicos infantiles del siglo XIX en países como España, Francia, México y Colombia. También, los periódicos tomaban referentes y contenidos extranjeros. Así, por ejemplo, la Gaceta de los Niños (1798), primer periódico infantil que se publicó en España, tomó como modelo editorial al periódico francés El Correo de los Niños, sin embargo, sus directores decidieron distanciarse de las historias  “de hadas y encantamientos” que eran propios del ejemplar francés y prefirieron traducir libros de ciencia, introducir lecciones educativas y “adaptar a la idiosincrasia y mentalidad española este florilegio de lección de cosas con regusto de miscelánea enciclopédica” (Altabella, 1964, p. 64).

En América Latina se pueden mencionar varias publicaciones que hicieron parte de este proyecto de prensa infantil que inició desde mediados del siglo XIX y se consolidó en las primeras décadas del siglo XX. Por ejemplo, en Cuba es importante destacar La Edad de Oro (1889), dirigida por el intelectual José Martí y que se constituyó en uno de los proyectos de prensa infantil más importantes de finales del siglo XIX. Esta “publicación mensual de recreo e instrucción dirigida a los niños de América” sólo circuló con cuatro números, pues Martí partió a la guerra que le daría la independencia a Cuba y en la que fallecería. A pesar de sus pocos ejemplares, hay que destacar que esta publicación desde su inicio se dirigió directamente a los niños y niñas, resaltó sus cualidades y características y estimuló su participación. En la primera nota editorial, Martí (2011) escribió al respecto:

 

Cuando un niño quiera saber algo que no esté en la Edad de Oro, escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía. Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien escrita, lo publicaremos en nuestro correo con la firma en pie, para que se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían (p. 1).

 

También en Cuba (1868) y México (1869) se publicó El Periquito, dirigido por el intelectual cubano Idelfonso Estrada y Zenea. Esta fue una de las primeras publicaciones periódicas que, según afirmaba su editorial, estaba dedicada a los “hombres chiquitos” y se inspiraba en la frase de Rousseau: “instruir deleitando es desarrollar el espíritu sin debilitar el cuerpo”. En México, también se publicaron periódicos como El Diario de los Niños (1839 -1840), El Ángel de la Guarda (1870), El Obrero del Porvenir (1870), El Escolar (1872), El Periódico para los Niños (1870 -1873), La Edad Feliz (1873), El Álbum de los Niños (1870 -1876), El Correo de los Niños (1872 - 1893), entre otros. En Argentina, por su parte, se publicaron La Ilustración Infantil (1886 -1887) y el Diario de los Niños (1898).

Estos periódicos, en general, se caracterizaron por tener tiradas escasas y una muy corta duración, con muy pocas excepciones como El Correo de los Niños de México, que duró más de dos décadas. La mayoría se sostenía a través de la compra por suscripción entre colegios, familias acomodadas y algunos pedagogos, pero el escaso público que estaba interesado en estas publicaciones, más unos gastos de producción e impresión considerables, hacían que estos impresos tuvieran una vida limitada. A esto se sumaba que durante el siglo XIX la población escolarizada de América Latina era mínima, lo que contrasta con la aparición cada vez más abundante de diferentes impresos destinados a todo tipo de públicos, entre hombres, mujeres y niños. Por ejemplo, en 1870, mientras que 70% de los niños de diez años en países como Estados Unidos, Suecia y Canadá sabía leer y escribir, en países como Argentina, Chile, Costa Rica y Cuba el porcentaje era tres veces menor, y en México y Brasil cuatro veces menor. “América Latina avanzó de forma desigual hacia estos niveles en los años siguientes. En 1925, Argentina, Uruguay, Chile y Costa Rica alcanzaron tasas de alfabetización superiores a 66%, mientras que México, Brasil, Venezuela, Perú, Colombia, Bolivia, Guatemala y Honduras se mantuvieron con 30% hasta mucho después” (citado por Maloney y Perry, 2005, p. 41).

Por otro lado, aunque nociones tales como “infancia”, “niñez” y “niños” empezaron a formar parte del vocabulario común del universo de las publicaciones periódicas del siglo XIX en América Latina, el niño como lector directo de estas publicaciones fue por lo general ambiguo. Tal como lo sugiere Beatriz Alcubierre (2016) para el caso mexicano, “si bien algunos títulos en cuestión parecen dirigirse a los niños en forma más o menos directa, las más de las veces, su contenido estaba orientado a otro tipo de lectores: los padres de familia y los maestros de escuela” (p. 71). De ahí que el analizar la prensa, como cualquier otro objeto de la cultura material infantil en escenarios industrializados y comerciales,[2] implica no pensar a los niños en términos individualistas, en tanto su acceso y consumo generalmente estuvo mediado por las redes sociales con adultos y con sus pares, esto sugiere tener en cuenta “la naturaleza relacional y coproductiva de la adquisición, tenencia y exhibición” (Buckingham, 2011, p. 58) de los productos y bienes producidos para la infancia. Así, la prensa infantil hay que pensarla como un producto con un doble destinatario: los niños lectores y los adultos mediadores.

 

 

Prensa infantil decimonónica en Colombia: el inicio de un proyecto

 

 

Los primeros indicios de prensa infantil en Colombia pueden rastrearse desde la segunda mitad del siglo XIX. Si bien, desde principios de siglo ya se contaban con algunos libros escolares, catecismos, cartillas y pequeños manuales de urbanidad dirigidos a los niños del país, la idea de una prensa infantil todavía no se asentaba en el país. La mayoría de publicaciones eran traducciones de libros extranjeros, por lo general, de procedencia alemana, inglesa y francesa. Algunos de los que se podrían mencionar son el Manual del sistema de enseñanza mutua aplicado a las escuelas primarias de los niños (1826) y El artesano honrado y laborioso. El hombre de bien. Preceptos de moral privada, economía doméstica, pensamientos morales del trabajo, educación física para la infancia, profesores de artes y oficios (1841).

Estos textos hicieron parte de todo un proyecto del naciente gobierno republicano que perseguía expandir la educación en el país y escolarizar a más niños. Aunque a finales del siglo XVIII una ley obligó a que todos los niños entre los cinco y nueve años de edad fueran a la escuela, en la práctica esto poco se cumplió y a lo largo del siglo XIX la situación no cambió mucho (Saldarriaga y Sáenz, 2007, p. 396). El proceso de escolarización era lento y las escuelas crecían menos que el número de habitantes: “en 1835 la proporción de estudiantes respecto a la población era de 1.2% y en 1897 de 33%” (Melo, 1987). De ahí que durante gran parte del siglo XIX los niños más que a estudiar y leer, se dedicaran a trabajar, idea que incluso era promovida por los mismos libros escolares.

En un contexto como el colombiano, país que estuvo inmerso durante gran parte de este siglo en guerras civiles y sus gobiernos estaban preocupados por industrializar al país y superar el ciclo de dependencia colonial, los niños, sobre todo los que pertenecían a clases bajas urbanas y rurales, eran personajes que como el resto de la población, hacían parte de la fuerza de trabajo barata y apoyaban en las tareas de la guerra (Jaramillo, 2007). El carácter de indiferenciación como grupo social hacía que los niños compartieran las mismas funciones y características que el resto de la población. Con este panorama, es probable que la producción de prensa infantil y de otros objetos reservados para los niños, tales como juguetes y literatura, no se considerara una “prioridad”, pues el tiempo de la mayoría de ellos más que dedicado a la educación y al recreo, debía consagrarse al trabajo, la guerra y las labores domésticas. Es probable que solo unos pocos niños, generalmente de clases altas urbanas, pudieran dedicarse a otras labores. Incluso, aunque fuera un caso menos común, también algunos niños pertenecientes a este grupo social debían trabajar, cuando ocurría algún imprevisto familiar, tal como lo registra la sección “Avisos” del periódico La Caridad: “se necesita una ocupación para un joven de trece años cuyo padre está incapacitado: sabe leer, escribir y entiende de cuentas”.[3]

Fue a partir de la segunda mitad del siglo XIX que empezaron a cuestionarse los papeles y espacios sociales que ocupaban generalmente los niños y que por mucho tiempo fueron naturalizados y aceptados por el común de la población. En primer lugar, tímidamente empezaron a circular a través de libros y prensa educativa, religiosa y literaria las primeras ideas pedagógicas sobre la importancia de educar diferenciadamente a los niños, de comprenderlos como sujetos particulares y las bondades del juego moderado para el aprendizaje, cuestiones enunciadas por autores como el suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1847) y su discípulo alemán Frederich Froebel (1840). También, surgieron disciplinas especializadas en el niño como la pediatría (1858) y la puericultura (1865) que comenzaron a preguntarse por el cuidado de la salud y el cuerpo de los niños y las mejores maneras de criarlos: “fue un proceso largo, liderado por algunos pioneros que buscaron reformar hábitos y costumbres mediante la difusión de nuevas prácticas basadas en conocimientos científicos […] a la postre lograron que el cuidado moderno de la infancia fuera un propósito nacional” (Londoño, 2012, p. 128).

Estas nuevas concepciones empezaron a tener más aceptación en el país a partir de la década de 1870, momento en el cual los gobiernos federales se propusieron a reformar y unificar el sistema de instrucción pública del país a través del Decreto Orgánico de Instrucción Pública del 1 de noviembre de 1870. Esta reforma declaró laica, gratuita y obligatoria la educación primaria para todos los niños, se contrató a un grupo de pedagogos alemanes para la creación de escuelas normales con el fin de formar a maestros de escuela y se propuso la divulgación de los métodos pedagógicos modernos como el de Pestalozzi y el de la Escuela Activa (Saldarriaga y Sáenz, 2007). En dicho decreto la presencia del pensamiento pestalozziano que comprendía al niño como un ser singular y dotado de facultades particulares sin desarrollar y de la educación como el camino para estimular el aprendizaje a través de la observación activa, la experimentación sensorial, la manipulación de objetos  y el juego moderado, planteó una transformación radical con respecto a la manera en que la “pedagogía tradicional o clásica, aplicada entre otras por las escuelas lancasterianas, concibió al alumno como un ser pasivo y un adulto pequeño”(Londoño y Londoño, 2012, p. 54). Así, por ejemplo, uno de los libros de texto publicados después de implementar el decreto, ya parece incluir estos nuevos aprendizajes: “cuando el institutor quiera desarrollar una letra o una sílaba, presentará a la vista de los niños el dibujo del objeto cuyo nombre lo contenga […] Esto ayudará al niño a relacionar, como lo propone el maestro Pestalozzi, el mundo con lo que lee y con lo que siente” (Barco, 1897, p. VI).

Así, lentamente estas novedades pedagógicas y esta manera de concebir al niño, desde la pedagogía, fueron alentando a la apertura de nuevas escuelas, la modificación de los planes de estudio, el cambio de contenidos de los libros escolares y por supuesto, el impulso a la creación de nuevos materiales y productos destinados a los niños como la prensa infantil, cuestión que empezaría a concretarse en las últimas décadas de este siglo. Sin embargo, hay que decir que la idea de una prensa infantil se fue transformando a lo largo del tiempo y desde sus inicios no tuvo el significado que posteriormente se le ha adjudicado. Como se mencionó anteriormente, durante el siglo XIX los términos “infantil” e “infancia” solían ser utilizados en la prensa de la época, pero no necesariamente para hacer alusión a los niños, como el público o los lectores a los que estaría dirigido el impreso. En el universo de los impresos, lo “infantil” también parecía hacer referencia a algún tipo de prensa “curiosa”, de “variedades” y “miscelánea”.

Por ejemplo, en el caso concreto de Colombia se encuentra El Semanario Infantil (1898), un periódico que comenzó a publicarse a mediados de 1898 y cuyos fondos estaban destinados al sostenimiento de un lazareto. Como lo ha mostrado Paula Bontempo (2016), para el caso argentino, muchas publicaciones que se definían como infantiles, tuvieron un interés en la caridad y la filantropía (p. 39). Los contenidos de esta publicación, a los ojos de hoy, no indican, en apariencia, algún interés en abordar asuntos que interesaran a los niños, ni tampoco a padres de familia, ni educadores. Se trata específicamente de un periódico de avisos sociales, comerciales, médicos y fúnebres en los que se pide a sus lectores y colaboradores apoyar la causa del lazareto con sus donaciones, oraciones y la suscripción al periódico. En diciembre de 1898 el único apartado que tiene como objetivo llegar a los niños es el siguiente: “el Semanario Infantil le hace ardientemente (la petición) a todos los niños de la capital y de fuera de ella, para que no se olviden de dedicar una pequeña limosna para los seres desgraciados a los que nos hemos propuesto favorecer”.[4] Aunque la “súplica” estaba dirigida a los niños y el título del impreso acudió a la palabra “Infantil”, lo más probable es que los lectores de este periódico, como sus anunciantes y los favorecedores del lazareto fueran adultos, padres y madres. De esta manera, es importante prever que lo que se denomina “prensa infantil” en el siglo XIX, en un contexto local como el colombiano, todavía podía fácilmente mezclarse con publicaciones periódicas hechas y pensadas para adultos.

Una de las formas en que a finales del siglo XIX empezaron a introducirse las nociones de “infantil” y “niños” a la prensa de la época, fue a través de secciones cortas dedicadas a los niños, que generalmente aparecieron en periódicos y revistas femeninas, pedagógicas, literarias y católicas. Por ejemplo, La Caridad: Lecturas para el Hogar (1864-1875), inició desde el primer año de publicación de la revista (1864) con la “Página para Niños” y la conservó hasta 1870. El hecho de que una publicación periódica, católica, especialmente dirigida a madres y señoritas de la capital del país, haya volcado la mirada y la atención también a los niños,  podría indicar, por un lado, que la prensa infantil y la femenina estuvieron estrechamente relacionadas y, en este sentido, así como la prensa que se autodefinía para un público “infantil” presentaba contenidos dirigidos a las madres, los cuales dependían de su orientación y lectura, también la prensa femenina incluía apartados para niños, lo que asumía que si se llegaba a las madres, se llegaba a los niños y viceversa. La historiadora mexicana Susana Sosenski ha rastreado esta estrecha relación entre la prensa y la publicidad de productos de consumo de madres y niños desde finales del siglo XIX y sobre todo a inicios del siglo XX, y ha propuesto hablar del “binomio madre-hijo y de un sujeto co-consumidor” (Sosenski, 2012, p. 200).

Por otro lado, esta sección muestra a la madre como la perfecta aliada de la revista para “una formación católica perdurable” (Guzmán Méndez, 2016, p. 125). En la “Página de los Niños” de La Caridad aparecen lecturas ejemplarizantes como “El pobre y el rico”, “La compasión de Rosita”, “La gratitud recíproca” y la “Niña soberbia”; definiciones de nuevas palabras para elevar el vocabulario infantil, pequeños experimentos científicos, adivinanzas, poemas, cuentos, pautas de moral y urbanidad, trucos con números, cubos mágicos y problemas matemáticos. Aunque este periódico afirma que “dedicamos con todo el cariño y consideraciones que se merecen, esta página de nuestro periódico a los niños y quien dijo niños, niñas ha dicho también”,[5] las lecturas tienden más a ser recursos literarios y pedagógicos dirigidos a las madres para utilizarlos con sus hijos, que exclusivamente para los niños.

Es posible pensar que estas secciones, incluidas en periódicos dirigidos a un público adulto no estuvieran considerando tanto la idea de un niño- lector individual, sino más la dupla niño- madre lectores. Como se indicó en el apartado anterior, la “recreación” y el “entretenimiento” “eran sobre todo concebidos en términos de aprendizaje e instrucción” (Moncada y otros, 2015) por lo que, al parecer, estas secciones infantiles se basan en el principio de una lectura necesariamente guiada, orientada y acompañada por los adultos. No era una cuestión para dejarse al azar, ni mucho menos a la decisión del solo niño.

Una prensa infantil, destinada exclusivamente a los niños y pensada para un niño-lector más individual, con unas diferencias importantes con respecto a otro tipo de lectores, sería un paso mayor frente a estos primeros indicios de secciones o páginas para la infancia. En estas publicaciones de finales del siglo XIX el papel del maestro y de los padres siempre estará presente, ya sea como compradores de la publicación, o como suscriptores y como orientadores en las primeras lecturas. Si bien con la reforma de 1870 y la paulatina asimilación de los métodos modernos de enseñanza empiezan a circular las primeras ideas sobre la singularidad infantil y sus formas de aprendizaje particulares, la lectura individual y solitaria, sin dirección, constituye un paso importante en la formación del sujeto, es una práctica que tendría que esperar hasta inicios del siguiente siglo. Tal como lo plantea Beatriz Alcubierre (2016), “el reconocimiento del niño como un ser capaz de practicar la lectura individual, silenciosa e introspectiva, constituye uno de los rasgos más característicos de la noción de infancia propia de la cultura moderna” (p. 60).

Las nuevas sensibilidades hacia los niños como sujetos con particularidades físicas, emocionales, mentales y unas maneras diferenciales de aprender empezarían lentamente a configurarse en el país a finales del siglo XIX y sobre todo a principios del siglo XX, lo que se vería reflejado en la comprensión de los niños como estudiantes y lectores y, en este sentido, se daría paso a la preocupación por cómo dirigírseles como lectores de revistas y periódicos.

Algunas publicaciones que circularon en el país y que podrían tener características más cercanas a lo que a los ojos de hoy se consideraría el género de “prensa infantil” son El Álbum de los Niños (1871-1873), El Almacén de los Niños (1890), El Campesinito Infantil: Juguete Infantil (1898) y El Alba: Periódico Literario y Noticioso (1899). Este tipo de prensa tuvo, en general, un tiempo corto de circulación y pocas ediciones. El Álbum de los Niños logró sostenerse por tres años consecutivos, aunque con bastantes dificultades para lograr suscriptores y financiar la producción del periódico. Las demás publicaciones solo lograron publicar algunos números en pocos meses. El historiador colombiano Renán Silva (2002) muestra que, en general, los proyectos de prensa de finales del siglo XVIII y del siglo XIX tuvieron que enfrentarse “a un resistencia pasiva, que se desprendía antes que del temor o del rechazo, de la incomprensión o el desinterés por la actividad ilustrada, actitud que parece haber sido mayoritaria dentro de la sociedad y que se concretaba en un punto preciso: la ruina permanente de tales publicaciones y el fracaso sistemático de las campañas en búsqueda de suscriptores” (p. 33).

Aunque en estas publicaciones se presentó a los niños como el público lector, “con destino a la ilustración y recreo de los jóvenes”,[6] en realidad se dependía de las posibilidades de suscripción de padres o maestros interesados en la publicación, quienes posiblemente utilizarían estos periódicos y hojas impresas como complementos de enseñanza para la enseñanza escolar o como lectura familiar. Uno de los lectores de El Álbum de los Niños en 1871 nos sugiere ideas sobre los usos de este tipo de prensa: “es preciso que los padres de familia de todos los Estados, se suscriban al periódico, en beneficio de sus hijos y de la bella causa de la instrucción pública, pues este Álbum y La Caridad, son los verdaderos periódicos y libros de una familia cristiana. Nada tendría de extraño que la Asamblea de Boyacá se suscribiera por unos miles de ejemplares del Álbum al año, para repartirlo en las Escuelas del Estado.”[7]

Pero, ¿qué continuidades y discontinuidades tienen estas publicaciones?, ¿qué se transforma y qué se conserva con respecto a las secciones o páginas para niños que incluía la prensa de adultos de la época? Si bien algunos elementos de la prensa de adultos se mantienen –como los avisos sociales y comerciales, anuncios fúnebres, alguna correspondencia de maestros y religiosos, noticias locales–, hay otros que resultan novedosos e interesantes: en primer lugar, el niño se convierte con mayor claridad en el lector destinatario, es decir, en estas publicaciones se empiezan a interpelar directamente a los niños.

Por ejemplo, un caso muy interesante es el del periódico El Alba, hoja periódica de carácter literario que circuló algunos meses de 1899 y que fue dirigido y escrito, como indica la fuente, por niños y jóvenes estudiantes del Instituto Frobel de Bogotá. Así, esta no sólo era una hoja literaria que tenía la intención de dirigirse a un público infantil y juvenil, sino que ya contaba con la participación activa de jóvenes escritores, lo cual resulta ser toda una novedad periodística de la época. En el primer editorial del periódico, se expresa el temor frente a emprender esta empresa editorial:

 

Así como el alba, en el sentido justo de la palabra, significa blanca y primera luz, así nosotros niños en la carrera de la vida, y blancos de corazón, nos lanzamos en la ardua carrera del periodismo con temor, pero llenos de confianza. Con temor, porque nuestras débiles plumas apenas exhibirán muestras de nuestros conocimientos adquiridos en el notable plantel de educación denominado instituto Frobel […] Esta hoja tratará únicamente de literatura y noticias y estará a la disposición de la juventud estudiosa, amiga del progreso, de quien esperamos su valiosa colaboración.[8] 

 

Es posible pensar que la introducción de secciones infantiles y más aún de una prensa dirigida a niños, además de ser una tarea ardua, teniendo en cuenta las dificultades de sostenimiento económico de cualquier empresa periodística del siglo XIX en el país, debió haber generado todo tipo de incertidumbres en relación con las posibilidades de éxito de tales iniciativas. El Alba introdujo en algunos de sus números, notas cortas sobre los niños, juegos ortográficos, lecturas moralizantes con consejos, pequeñas biografías de próceres de la independencia y recomendaciones de comportamiento y moral a los niños. En una de estas lecturas se sugiere que “el carácter puede formarse o desarrollarse desde la infancia; el niño que manifiesta esta cualidad, promete ser buen ciudadano y cada uno debe aspirar a ello”.[9]  Aunque algunos de sus textos se dirigen directamente a los niños, otros contenidos no difieren mucho de las características de la prensa moralizante y pedagógica de la época. Se acude a traducciones de textos educativos, recomendaciones de crianza para las madres y se llama a la colaboración de pedagogos nacionales y extranjeros. 

A pesar de sus similitudes, en términos de lenguaje y contenidos, con otros periódicos literarios y pedagógicos dirigidos a lectores adultos, cabe destacar que El Alba evidencia una preocupación naciente por un género como la prensa infantil. Así lo expresa uno de los colaboradores el 20 de julio de 1899:

 

amables y respetados niños: han tenido ustedes la bondad de invitarme a colaborar en el periódico que ustedes dirigen. No me haré de rogar que bastante honor se me discierne por ustedes, al escoger mi nombre para colocarlo al lado inmaculado de ustedes en esta obra de redención del espíritu que entraña todo periódico y especialmente un periódico de niños como El Alba, que es un brote espontáneo de la exuberante sabia de la raza colombiana y alta manifestación de la inteligencia infantil.[10]

 

Por su parte, en El Campesinito Infantil, periódico de una escuela rural, publicado en Tabio, Cundinamarca y escrito por Horacio Correa, aparecen expresiones que ya indican el interés por dirigirse al niño como lector y especialmente al niño que vive en contextos rurales: “el Campesinito saluda atentamente a sus amabilísimos lectores y se pone enteramente a su disposición, prometiendo esforzarse en su perfección para corresponder a los inmensos elogios que se le han hecho […] Sois unos chicos de grandes esperanzas. El porvenir es vuestro, no lo dudéis ¡Felices los niños que siguen los consejos de sus padres y no desatienden las enseñanzas de sus maestros!”[11] También en El Almacén de los Niños (1890), un periódico publicado y dirigido en Bogotá por Ignacio Borda, dueño de la imprenta que sacó los dos únicos ejemplares de este periódico y de revistas literarias de la época como La Tarde (1874-1875) y El Pasatiempo (1877-1884), se dirige al niño-lector en varios apartados y en su editorial expresa su preocupación por la ausencia de prensa infantil en el país:

 

a los niños de mi patria: […] Intentamos sólo colmar un vacío en la prensa de la capital. Hemos registrado nuestro periodismo y muy poco hemos encontrado a favor de aquellos para quienes desde hoy nos proponemos a trabajar. Aspiramos vivamente a ser útiles, contribuyendo a sembrar en las tiernas inteligencias todo aquello que tienda a engrandecerlas, con el aliciente de una lectura variada y atractiva y a conducir a la infancia por un sendero cubierto de flores.[12]  

 

Otro elemento novedoso que se incluye en la prensa infantil de finales del siglo XIX son las ilustraciones y grabados. Además de unas importantes mejoras relacionados con las técnicas de impresión, es importante anotar que a raíz de la difusión del método pestalozziano en los círculos académicos y editoriales y del Decreto de 1870 que introduce la necesidad de reformar los contenidos  y la presentación de los textos escolares que se tenían en el país, también la prensa infantil comenzaría paulatinamente a recurrir a los recursos gráficos, los cuales anteriormente eran escasos, difíciles de producir y funcionaban como simples “adornos”. La introducción de las imágenes a los textos escolares y a la prensa no simplemente consistió en un complemento estético, sino implicó la entrada al debate, por lo menos pedagógico y psicológico, de cuestiones tales como ¿cómo entender a los niños?, ¿cómo debía educárseles?  y ¿cómo debía ser la cultura material más adecuada para su aprendizaje?

Así, el cambio de percepción con respecto a la forma de educar y entender a los niños se llevaría a cabo de manera lenta durante gran parte de los siglos XIX y XX y se relacionaría directamente con los debates que se desarrollaron en ciertas disciplinas como la pedagogía y la psicología. Así, por ejemplo, con referencia a la necesidad o no de integrar imágenes en los libros y en la prensa infantil, hubo discusiones que se desarrollaron desde los modelos de enseñanza.  El método de enseñanza mutua o lancasteriano, ideado por el inglés Joseph Lancaster en 1790 y que estuvo vigente en Colombia hasta 1870, se fundamentaba en “una teoría del conocimiento pasivo y clásico, es decir, aún dependiente de la matriz lógico-gramatical que concebía el conocimiento como una impresión de los objetos del mundo en la mente del niño” (Saldarriaga y Sáenz, 2007, p. 400), no consideraba que las imágenes de los textos fueran necesarias, ni importantes para el aprendizaje, pues las lecciones debían aprenderse de memoria, a través de la escucha silenciosa y la constante repetición a través de la disciplina y el hábito. Los niños debían ser obedientes, quietos y pasivos.

La innovación pedagógica promovida por el Decreto de 1870 promovía la educación de los sentidos, la idea de un niño activo, diferente a los adultos, que podía aprender y educarse a partir de su relación con el mundo exterior, con la práctica y la experimentación constantes, de ahí que las imágenes, las ilustraciones, grabados, colores y el contacto directo con los objetos empezaran a tener un lugar privilegiado en las publicaciones infantiles. Las ideas abstractas, los fenómenos naturales y los conceptos numéricos serán representados a través de dibujos, objetos y formas. La innovación consistió en poner en contacto directo a los niños con los objetos, no con su nombre: “con él se abre paso a la idea de que el conocer en la infancia tiene una especificidad: había que garantizar la adquisición de representaciones por un proceso viviente de sensación” (Saldarriaga y Sáenz, 2007, p. 400).

En el libro de texto Lectura infantil para la enseñanza primaria, Eva Barco (1897) justifica esta manera de presentar los contenidos de su texto: “la enseñanza de la lectura debe combinarse con la del dibujo y la objetiva, porque estas dos clases son las que más desarrollan la atención del niño, por serle muy amenas y debe combinarse con la de la escritura, por ser esta clase su más inmediato apoyo” (p. 33).

Además de las reformas pedagógicas, también entraron en la escena las discusiones de la psicología sobre la mente infantil. En 1877 el naturalista Charles Darwin publicó El esbozo biográfico de un niño, el alemán Wilhem Preyer también reflexionó sobre la mente infantil en su texto La mente de un niño (1881) y, por su lado, Sigmund Freud ya comenzaba a inicios del siglo XX sus teorías sobre la neurosis y la psicosis infantiles (1905), la sexualidad infantil (1905) y la fobia de los niños (1908). Así, tal como lo plantea Walter Benjamin (1989c), la entrada en escena de imágenes y juegos en los libros de texto y en la prensa infantil “no fue posible hasta que no se impusieron las bases científicas echadas por la teoría freudiana del inconsciente” (p. 129).

Estos múltiples debates hicieron parte del escenario para que concretamente en el caso de la prensa infantil colombiana de finales del siglo XIX se empezaran a introducir algunas pocas imágenes e ilustraciones. Ignacio Borda con El Almacén de los Niños utilizó algunos grabados, dibujos de animales, ángeles y niños en las páginas del periódico y en El Campesinito Infantil que es una publicación hecha artesanalmente por un manógrafo llamado Rafael M. Laverde también se realizan dibujos e ilustraciones a color. Aunque estas pocas ilustraciones no se pueden comparar con las imágenes que ocuparán gran parte de los contenidos de la prensa infantil colombiana del siglo XX, resultó para la época un cambio importante con respecto a la percepción de los gustos e intereses de la figura del niño-lector en construcción.

Un tercer elemento novedoso de las primeras publicaciones periódicas infantiles del siglo XIX es que ya presentan un incipiente interés por incluir los comentarios, preguntas y opiniones de los niños y jóvenes lectores de la publicación. Aunque no es una estrategia común y tampoco comparable con las secciones de colaboración infantil que se producirían a inicios del siglo XX, sí es un síntoma importante del lugar que comienzan a ocupar los propios niños del país en las publicaciones infantiles. Así, se empezaron a publicar las “resoluciones” a los problemas recreativos de aritmética y geometría, que se enviaban desde escuelas rurales y de algunas ciudades. También, algunos niños enviaron preguntas sobre el uso adecuado del lenguaje, que el editor respondía: “Luisa: en el libro de español que nos lee mi papá, vi yo atesto. Carlos: En el sentido de atestiguar, está bien dicho. Emilio: ¿Está mal dicho yo despliego? Carlos: No, pero se puede decir también yo desplego.”[13]

Por otro lado, como se sugirió anteriormente, es posible que estas primeras publicaciones de prensa infantil fueran adquiridas, sobre todo, por maestros y padres de familia del país como complemento al material de enseñanza. En la primera editorial del periódico El Álbum de los Niños: Periódico de Instrucción y Recreo Dedicado a la Juventud, que circuló durante tres años consecutivos (1871-1873) en municipios rurales como Sutatenza, Chinavita, Guateque y en ciudades como Tunja, Bogotá, Bucaramanga, Cúcuta y Manizales, se reafirma el carácter de instrucción pública de este tipo de prensa: “atendiendo a las ventajas que tienen los periódicos, hemos resuelto hacer esta publicación.  Si la aceptación que tenga nos hace juzgar que se considera útil para el Porvenir del Estado, habremos conseguido nuestro propósito.”[14] Sus secciones también permiten reafirmar la función especialmente educativa: “Correcciones del lenguaje”, “Problemas recreativos que dependen de las progresiones aritméticas y geométricas”, “Máximas, proverbios y reflexiones morales”, “La geografía de los niños” y “Coplas para los niños”.

Finalmente, hay que observar que en estas primeras publicaciones de prensa que se autodenomina “infantil” en el siglo XIX, las nociones de “niños”, “infancia”, “juventud” y “jóvenes”,[15] parecen utilizarse sin mayor distinción para hacer referencia a los sujetos en edad escolar y al papel de hijos, es decir, los sujetos que viven al cuidado de padres y no por razones de edad, características físicas y mentales. Aunque se utilizan ambas categorías (niños y jóvenes), la distinción aún no es clara, ni al parecer, relevante, en términos de la producción de contenidos. Así, por ejemplo, el 19 de abril de 1872, El Álbum de los Niños publica una sección de “Anécdotas instructivas”, a la que titula “El niño valeroso” y luego inicia así: “dos jóvenes campesinos nacidos en la misma aldea se habían ligado con estrecha amistad…”.[16] De esta manera, las sugerencias sobre la “laboriosidad”, “el amor a Dios y a los padres”, “evitar la pereza”, “el buen uso del lenguaje”, entre otros, van dirigidas tanto para niños, como para jóvenes, son máximas de instrucción moral y por tanto, genéricas para ambos grupos.

 

 

Inicios del siglo XX: momento de consolidación

 

 

Desde finales del siglo XIX la valoración social de los niños del país empezó a transformarse paulatinamente en medio de discusiones políticas y académicas divergentes sobre la manera de comprender la infancia, cómo educársele y qué lugar social debían ocupar los niños. Las novedades de la pedagogía pestalozziana, la entrada en vigencia, en las primeras décadas del siglo XX, de la Escuela Activa,[17] así como los emergentes debates internacionales sobre los “derechos de la infancia” (1924 y 1959), impulsaron las discusiones sobre la mortalidad infantil, la desnutrición, la higiene, las prácticas de crianza, la regulación del trabajo, la obligatoriedad escolar,  entre otros asuntos (Romero, 2007). Al tiempo, en Colombia y en otros países Latinoamericanos, comenzaron a circular ideas novedosas provenientes de saberes como la psicología, la puericultura y la pediatría sobre el modo en que operaba el cuerpo y la mente infantiles (Rodríguez, 2007). En el marco de estas discusiones, se desarrolló un ambiente favorable para que a principios del siglo XX se empezaran a consolidar en el país los esfuerzos que se iniciaron décadas atrás para la producción de unos objetos pensados y diseñados específicamente para la infancia, como era el caso de la prensa infantil.

Habría que aclarar que esta naciente preocupación sobre una cultura material dirigida a los niños y la sensibilidad de pensar en la infancia en clave de derechos, como sujetos de protección, cuidado, educación y recreación, no fue un hecho generalizado (Pachón y Muñoz, 1991). A la par que se discutían estos temas en escenarios internacionales y que la ley (1903) estipulaba como obligatoria la educación de niñas y niños entre tres y diez años (Londoño, 2012, p. 102), en muchas regiones del país, el trabajo no era considerado una actividad opuesta a la instrucción escolar, de ahí que siguiera constituyéndose una labor importante para los niños. De igual manera, parte de los textos escolares y la prensa infantil que empezaba a producirse y a circular como parte de la cultura material emergente aún reproducía muchos de los valores sociales del siglo anterior y no estaban pensados y producidos bajo las directrices de los derechos de la infancia. Por ejemplo, la reconocida pedagoga italiana María Montessori (1937), quien constituyó una de las pedagogías experimentales más adoptadas en escuelas urbanas del país durante la segunda década del siglo XX, recomendaba en sus textos que en la escuela los niños tuvieran labores domésticas como hacer aseo, irrigar plantas y lavar la loza que “resultan ser una excelente gimnasia porque la costumbre del trabajo enseña al niño a mover los brazos y fortalecer los músculos más que la gimnasia ordinaria” (Montessori, 1937, p. 108).

Así, a la par que el país iniciaba un proceso de modernización económica, industrial y técnica, también se producían cambios en sus características demográficas, en términos de desplazamiento de habitantes del campo a la ciudad y con esto la necesidad de alfabetizar a esta nueva población. Varias escuelas, tanto urbanas como rurales, adoptaron ideas pedagógicas y psicológicas como las de Jean Piaget, Froebel y Montessori. Este ambiente de renovación pedagógica y cultural (Robledo, 2007, p. 638) se tradujo en la construcción de escuelas, la formación de maestros y la actualización de los materiales de enseñanza.

De esta manera, durante la primera mitad del siglo XX se puede observar una importante producción de prensa infantil en el país, impulsada tanto por intelectuales colombianos, como por el gobierno nacional. Aun cuando esta conserva elementos de los primeros proyectos de prensa infantil que se produjeron en el siglo anterior, como su carácter moralista y pedagógico, tuvo también importantes cambios. Se pueden destacar publicaciones como La Niñez (1914-1917) dirigida por el pedagogo antioqueño Martín Restrepo Mejía, la revista bogotana Chanchito (1933-1934) bajo la dirección del escritor Víctor Eduardo Caro y la revista Rin Rin (1936-1938), dirigida por el Ministerio de Educación Nacional. Posterior a la década del cuarenta del siglo XX, surgieron otras publicaciones infantiles que vale la pena mencionar como Merlín (1943), Michín (1945) y Pombo (1948). Para efectos del análisis de este artículo, sólo se tomarán las tres primeras publicaciones de prensa infantil del siglo XX en Colombia. Su selección sólo obedeció a criterios temporales.

Aunque estas publicaciones no distan mucho temporalmente de los primeros esfuerzos de prensa infantil del siglo XIX, ya se pueden encontrar importantes transformaciones, con respecto al objeto de la publicación, sus características físicas, los contenidos y sus nociones sobre la infancia en el país. Es interesante notar cómo estas tres publicaciones hacen explícita en sus editoriales la necesidad de la prensa infantil como objeto educativo y recreativo para la infancia. Ya no se trata de un producto “complementario” o como publicación “extensiva” de los contenidos de los libros de texto escolares o prensa femenina y religiosa, como ocurría con las hojas y periódicos infantiles del siglo XIX, sino que empiezan a adquirir un carácter propio como publicaciones periódicas dirigidas a la infancia como grupo social particular y diferenciado de otros lectores como las madres y los jóvenes.

En la editorial del primer número del semanario La Niñez, Martín Restrepo Mejía hace la siguiente dedicatoria: “¡este periodiquillo para vosotros los chiquitines! Para vosotros, que sois nuestro renuevo, que sois la patria del porvenir, que sois la flor de la humanidad […] Pues bien. Yo he rogado a muchos de nuestros mejores literatos que me ayuden a deciros esas cosas, que escriban para vosotros cuentos y acertijos; y he pedido a los artistas que ilustren vuestro periodiquillo con hermosos grabados.”[18] Por su parte, en Chanchito, su director Víctor Eduardo Caro, también recalca el logro de una publicación con este perfil:

 

Por fin queridos lectores, logramos realizar el proyecto acariciado hace mucho, de publicar una revista que responda a vuestras aspiraciones y anhelos y sea como el espejo del alma nacional Infantil. En Colombia, fuera de algunos periodiquillos de escasa importancia y reducida circulación, los niños no tienen, ni han tenido hace mucho tiempo, un órgano especial, una revista propia, lo cual es como si dijéramos, que no han jugado trompo, ni echado cometa. Chanchito aspira a llenar ese vacío, a satisfacer esa necesidad, y ambiciona llegar a ocupar en nuestra vida el puesto que tienen entre la gente menuda de otros países las publicaciones de esta clase.[19]

 

Así, tal como lo sugiere Caro, la prensa infantil se empieza a reconocer como “una necesidad nacional”, más que como un esfuerzo intelectual solitario, tal como parece haber pasado en el siglo anterior. Estas editoriales le dan a la prensa infantil un lugar similar a otros objetos de la cultura material, como los juguetes, que también empiezan a aparecer en las vidas cotidianas de algunos niños del país, en tanto son los artefactos que materializan la sensibilidad social sobre la infancia, sobre sus características, sus papeles y su lugar como ciudadanos. No contar con publicaciones de este tipo, como lo manifiesta Caro, se comienza a presentar como un vacío social e intelectual tan grande, que lo compara con la ausencia de juego en la infancia.

Esta emergente sensibilidad también se denota en la diferenciación más clara en el lenguaje, en el uso del vocabulario como “infancia”, “niñez” o “niños”, en contraste con otros términos como juventud o jóvenes, que empiezan progresivamente a desaparecer de estas publicaciones. La psicología del desarrollo de Jean Piaget y, en general,  de la escuela de Ginebra sobre las etapas de aprendizaje y el desarrollo mental y físico de la infancia, las edades de escolarización y juego, las actividades adecuadas para cada etapa de desarrollo empiezan  a incrustarse en las prácticas editoriales y en la forma como se va perfilando al niño-lector de esta prensa: es un sujeto que va aproximadamente hasta los doce años de edad, según lo indica La Niñez, con características mentales y físicas diferentes a los adultos y con unos intereses intelectuales concretos: “desde esta perspectiva se puede identificar el trazado de la infancia como una etapa diferenciada, se constituye en ese momento de la vida privilegiado para el aprendizaje y para la adaptación del medio” (Marín, 2012, p. 44).

Dentro de esta noción de infancia que se irá configurando también se observa cómo la prensa infantil de las primeras décadas del siglo XX empieza tímidamente a sugerir los papeles sociales y actividades que debían desempeñar los niños del país, a diferencia de los adultos, en espacios como la escuela y el hogar. Así, comienzan a ser más comunes las reflexiones sobre la importancia del estudio y las responsabilidades escolares de los niños. Si bien estas alusiones fueron significativas para la época, no significó que fuera una idea generalizada, ni mucho menos aceptada. En la vida práctica, muchos niños del país continuaron con sus tareas domésticas y trabajos para apoyar las labores del campo o en oficios industriales.

De esta manera, la prensa infantil comienza de manera modesta a edificar esta idea de infancia como una etapa de la vida que debe dedicarse a dos actividades principales: el estudio y el juego. De ahí, que sus secciones estén principalmente dirigidas a suplir contenidos para estas dos actividades. Las secciones educativas consisten sobre todo en geografía del país, historia patria, recomendaciones de higiene y cuidado del cuerpo, instrucción cívica, redacción, reseñas de productos agrícolas e industriales y personajes de la historia intelectual del país. En cuanto a las secciones para el juego y el entretenimiento se observan pasatiempos, adivinanzas, historietas, instrucciones para hacer juguetes con materiales cotidianos y juegos de sombras en la pared. Aun cuando esta prensa conserva algunas de las secciones moralizantes, cuentos e historias de alto contenido religioso, cuestión que ya se podía observar en la prensa infantil de finales del siglo XIX, en estas publicaciones parece ser más clara la diferencia entre los contenidos instructivos y recreativos, y estos últimos ocupan un lugar cada vez más importante.

En la revista Chanchito del 8 de febrero de 1934, se publica una reflexión sobre el estudio como la actividad que debe ocupar el tiempo de los niños: “¡Piensa, hijo mío, un poco y considera qué despreciables y estériles serían tus días si no fueses a la escuela! Juntas las manos, de rodillas, pedirías al cabo de una semana volver a ella, consumido por el hastío y la vergüenza, cansado de tu existencia y de tus juegos.”[20] Por su parte, el semanario La Niñez, también se dirige a los niños del país y les advierte: “el estudio, amiguitos míos, es la más noble de las ocupaciones humanas […] El niño que estudia es semejante al guerrero que prepara sus armas y se adereza convenientemente para la hora en que será preciso entrar en batalla. El podrá defenderse y triunfar.”[21]

El hecho de presentar una imagen de los niños como sujetos sociales que deben estudiar y recrearse, implicó reformas importantes para la prensa infantil, no sólo en sus contenidos, sino en su estructura y estética. En primer lugar, se puede observar una intención más clara de crear una comunicación con los niños suscriptores y formar una idea de “niño-lector” a través de secciones editoriales, pasatiempos, adivinanzas, juegos de mesa, concursos matemáticos, juegos para recortar y secciones de colaboración infantil.

Estas publicaciones comenzaron a hablar de los niños como “pequeños lectorcitos”. La prensa infantil, en concreto, proponía un niño-lector que podía leer y divertirse autónomamente con estas publicaciones, sin la guía, vigilancia y acompañamiento estricto de adultos padres o maestros. Sin embargo, en algunas ocasiones, como se puede evidenciar en la revista Chanchito, Caro invita a los padres y abuelos a acompañar a los niños en diversas actividades que promuevan su conocimiento: visitar monumentos, realizar actividades de observación, hacer recetas de cocina, entre otros. Estas actividades parecen presentarse como adicionales, pero las lecturas, los pasatiempos y actividades que propone la publicación están reservados a sus lectores infantiles.

De esta manera se invita a los niños a participar en el proyecto editorial a través de sus historias, cuentos y dibujos.  El 28 de marzo de 1914, La Niñez solicita a los niños participar en una nueva sección: “aquí publicaremos lo mejor que ellos nos envíen, sobre temas que les propondremos, sin alterar su redacción y ortografía. Sólo rechazaremos aquellos trabajos en que descubramos mano y pensamientos no infantiles, pues padres, parientes y maestros pueden aconsejar e instruir a los niños sobre la manera de hacer el trabajo, pero no intervenir en el mismo.”[22]  También la revista Rin Rin, del Ministerio de Educación, a través de su personaje la rana Rin Rin le hace la siguiente invitación a los niños en enero de 1936:

 

he ordenado que les dejen esta página exclusivamente para ustedes. Yo quiero estar contento, tener muchos monos que me distraigan y suficiente lectura para acostarme tarde. Tengo predilección por los cuentos, la poesía me encanta, y los relatos me interesan mucho, siempre que sean escritos por ustedes y sin ayuda de nadie […] Así que en esta página haré publicar los dibujos que más me gusten y los escritos que mejor me hayan distraído.[23]

 

En ambas invitaciones se observa la pretensión de advertir tanto a los niños, como a sus padres y maestros el carácter infantil de la publicación y por tanto, se pide a los adultos no enviar materiales que no sean realizados y pensados por los propios niños. La valoración de las colaboraciones de los niños, de sus interpretaciones sobre el mundo, sus formas de redactar, escribir y representar gráficamente, es un cambio significativo con respecto a los primeros impulsos de prensa infantil en el país, que todavía privilegiaba las colaboraciones realizadas por pedagogos y literatos y no por los niños, con excepción, como se observó, del periódico El Alba, que se conformó como una publicación realizada por estudiantes.

Después de estas invitaciones editoriales, varios niños del país respondieron a estos llamados, resolvieron acertijos, escribieron cuentos y realizaron dibujos. Por ejemplo, en mayo de 1936 dos suscriptores de la revista Rin Rin enviaron un par de dibujos con las siguientes descripciones: “Estimado Rin Rin: le envío el retrato de la vaca que tengo destinada para ofrecerle espumante leche, el día que tengamos la dicha de verlo por aquí. Su servidor y amigo, Benito López, 12 años” y “Amigo Rin Rin: Imagino que así sería el viaje que hizo en la hoja de plátano con Germán, Luisa, Juan y Gabriela”, Roque García, 12 años.[24] En el semanario La Niñez también Ana María Hoyos, de 7 años, del municipio de Santa Rosa de Cabal escribe para la revista: “se me olvidaba decirte que, aunque sin tiempo, siempre me divierto con mi papá con el Periódico La Niñez. He adivinado varias charadas de ellos […] Hasta ahora no me he equivocado, pueda ser que cuando corresponda el premio del Departamento de Caldas, sea todavía gran adivinadora.”[25]

Un segundo elemento que vale la pena destacar es la introducción de más elementos visuales a las publicaciones: ilustraciones, fotografías, grabados y algunas imágenes publicitarias son parte fundamental del diseño de la prensa infantil. Las fotos que empiezan a introducirse corresponden, en su gran mayoría, a retratos de los niños suscriptores, eventos escolares, niños jugando en parques y jardines, niños explorando sus objetos pedagógicos de Montessori y desfiles de niños en eventos públicos. Es probable que estas fotos hayan sido enviadas por algunos padres de familia, orgullosos de mostrar a sus hijos y las posibilidades de acceso a una publicación de este tipo y por maestros y directores de escuela entusiasmados por presentar los espacios y actividades escolares. La visita a los estudios fotográficos o a los fotógrafos ubicados en espacios públicos como parques y plazas se hizo un poco más habitual para ciertas familias acomodadas y de clases medias altas urbanas del país, que comenzaron a retratar los momentos más importantes de la vida de los niños: bautismos, primeras comuniones, primeros juegos, entre otros. Tal como plantea el sociólogo francés Pierre Bourdieu (2010), “a medida que la sociedad les otorga más lugar a los niños, y al mismo tiempo, a la mujer en cuanto madre, la costumbre de hacerlos fotografiar se refuerza” (p. 54). La mayoría de niños y niñas que aparecen en estas publicaciones son niños de contextos urbanos, escolarizados, que posan con mascotas, juguetes, objetos pedagógicos, instrumentos musicales y algunos con los impresos de estas publicaciones. No hay rastros todavía en estas revistas y periódicos de fotos de otros tipos de infancias del país: las rurales y las trabajadoras, que pocas veces fueron fotografiadas y mucho menos aparecieron en las páginas internas de estas publicaciones.

Otra novedad en la prensa infantil de las primeras décadas del siglo XX son los primeros indicios de algunas imágenes publicitarias que promocionan productos infantiles como juguetes, ropa, reconstituyentes y libros de texto escolares. Así, es importante advertir que a la par que se va construyendo una idea de niño-lector de prensa infantil, también se van constituyendo otras versiones de este niño como potencial consumidor de otros productos infantiles (Sosenski, 2012). Las fotos, las secciones de colaboración y las imágenes publicitarias como nuevos contenidos de la prensa infantil de principios del siglo XX permiten, en su conjunto, confirmar la figura del niño-lector y suscriptor de estas publicaciones. La ausencia de imágenes de sujetos adultos parece crear la ilusión de una especie de “mundo infantil” reservado y exclusivo a las que sólo los niños-lectores podían tener acceso. En sólo unas décadas, la prensa infantil como género periodístico y producto cultural para la infancia colombiana empezó a consolidarse, logrando que en la primera mitad del siglo XX se produjeran varias propuestas de revistas y periódicos para niños que introdujeron cada vez más elementos de contenido y diseños más infantilizados.

 

 

Consideraciones finales

 

 

Este artículo planteó un análisis general del desarrollo de la prensa infantil de Colombia de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Como se señaló, la prensa infantil es un producto histórico, resultado de las discusiones políticas y académicas sobre el lugar social que deben tener los niños. El texto se centró en rastrear el progresivo cambio de sensibilidad sobre la noción de infancia en la prensa y cómo los niños del país sutilmente empezaron a ocupar cada vez más espacios como lectores, colaboradores e incluso como productores de prensa. Este artículo podría abrir la posibilidad de formular, a futuro, otras preguntas sobre cuáles fueron las líneas editoriales, qué intereses políticos y educativos estaban detrás de cada una de estas publicaciones. También, falta resolver qué diferencias y puntos de encuentro habría entre los proyectos de prensa infantil de Colombia con otros países de América Latina y otros contextos como el europeo.  

 

 

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Otras fuentes

 

 

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[1] Es importante distinguir entre las categorías “niño”/“niña” e “infancia”.  Los niños se pueden comprender como los sujetos en la etapa inmadura de la especie humana, mientras que la categoría infancia se entenderá como una noción que nombra un conjunto de saberes y prácticas que los adultos han construido históricamente para darles un lugar social a los niños y niñas.

 

[2] Esto reconoce que cuando se habla de “cultura material infantil” no sólo se hace referencia a contextos históricos capitalistas, industrializados y comerciales. Hay muchos otros objetos, que sin pertenecer a los circuitos de consumo comercial, también han hecho parte de la vida material de los niños en diferentes geografías y tiempos históricos. Para profundizar en el tema se puede consultar a David Lancy (2015).

[3] La Caridad: Lecturas para el Hogar, Bogotá, imprenta de Ortiz Malo, 1875, p. 586.

[4] Semanario Infantil, año 1, serie 1, núm. 8, Bogotá, diciembre de 1898, p. 2.

[5] La Caridad: Lecturas para el Hogar, año 1, núm. 4, Bogotá, imprenta de Ortiz Malo, 1864.

[6] El Álbum de los Niños: Revista de Educación y Recreo, t. 1, Tunja, imprenta de Torres y hermanos y Compañía, 1871, p. 41.

[7] El Álbum de los Niños: Revista de Educación y Recreo, t. 1, Tunja, imprenta de Torres y hermanos y Compañía, 1871, p. 41.

[8] El Alba, 28 de mayo de 1899.

[9] El Alba, 11 de junio de 1899.

[10] El Alba, 20 de julio de 1899.

[11] El Campesinito, 20 de febrero de 1898.

[12] El Almacén de los Niños, 1 de noviembre de 1890.

[13] El Álbum de los Niños: Revista de Educación y Recreo, t. I, Tunja: Imprenta de Torres y hermanos y Compañía, 1872, p. 56.

[14] El Álbum de los Niños: Revista de Educación y Recreo, t. I, Tunja, Imprenta de Torres y hermanos y Compañía, 1871, p. 5.

[15] La edad, por mucho tiempo, no fue un criterio que pudiera dar cuenta de las nociones de “infancia” y “juventud” como se entienden hoy en día. Hay una enorme ambigüedad en los términos. Para finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, en el mundo hispanoamericano el niño era definido como “aquel que no ha llegado a los siete años de edad” (RAE, 1791, p. 589). A finales del siglo XIX, el médico colombiano Calixto Torres Umaña (1935), en su texto Nociones de puericultura [1892], afirmaba que el niño estaba entre los cero y los dieciséis años de vida (p. 30). Y a inicios del siglo XX, para el caso de las mujeres, estas podrían considerarse infantes, “si se mantenía soltera, aunque tuviera muchos años” (rae, 1914, p. 714). Esto daría cuenta que todavía para finales del siglo XIX y principios del siglo XX, categorías como “infancia” y “juventud” no dependen de parámetros como la edad, sino de los intereses del contexto en el que se ubicaba el sujeto (escolar, laboral, familiar).

[16] El Álbum de los Niños, 19 de abril de 1872, p. 53

[17] Esta propuesta pedagógica se “presentaba como la verdadera revolución copernicana de la pedagogía moderna: el salto del maestro al niño, puesto que pretendía, por fin, partir del reconocimiento, estudio, observación y seguimiento de los intereses del niño. Intereses que fueron definidos bien como “instinto natural determinado por su etapa de desarrollo biológico” (Saldarriaga y Sáenz, 2007, p. 404).

[18] La Niñez, 31 de enero de 1914, p. 1.

[19] Chanchito, julio de 1933, p. 1.

[20] Chanchito, 8 de febrero de 1934.

[21] La Niñez, 7 de febrero de 1914, p. 17.

[22] La Niñez, 28 de marzo de 1914, p. 119.

[23] Rin Rin. Revista Infantil de Ministerio de Educación Nacional, Bogotá, enero de 1936.

[24] Rin Rin. Revista Infantil de Ministerio de Educación Nacional, Bogotá, mayo de 1936.

[25] La Niñez, 25 de abril de 1914, p. 269.

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