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En la escuela, en la librería o en el quiosco: los escritos para niños de Constancio C. Vigil  (1927-1954)* 

At school, at the bookstore or at the newsstand: Constancio C. Vigil’s (1927-1954) children’s books

 

María Paula Bontempo1, https://orcid.org/0000-0001-7825-157X

 

1Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras

Universidad de Buenos Aires/Universidad Nacional Arturo Jauretche, Argentina, paubontempo@yahoo.com.ar

 

 Resumen:

El presente artículo analiza el éxito de los cuentos para niños del uruguayo Constancio Cecilio Vigil. La gran popularidad que el escritor y editor –radicado en Argentina desde comienzos del siglo XX– alcanzó en los años cuarenta y cincuenta se debió a la conjunción de múltiples influjos: el reconocimiento de Constancio Vigil como un autor de libros con contenidos humanísticos y morales; la construcción de los niños como lectores y consumidores; la política de Editorial Atlántida de editar y reeditar los libros en formatos económicos y lujosos, grandes y pequeños; el pacto de lectura con los padres, a los que se les aseguraba “sana diversión” para sus hijos, al mismo tiempo que con los chicos, a los que no sólo les entregaba moralejas sino también textos escritos en lenguaje sencillo y ameno, ilustraciones de trazos claros y coloridos y algo de aventuras e imaginación.

 

Palabras clave: literatura; lectores; consumo; infancias; Argentina.

Abstract:

This article analyzes the success of the children’s stories by Uruguayan Constancio Cecilio Vigil. The enormous popularity that the writer and publisher –who had settled in Argentina in the early 20th century– reached in the 1940s and 1950s was due to a combination of factors: the recognition of Constancio Vigil as an author of books with humanistic and moral contents; the construction of children as readers and consumers; Atlántida publishers’ policy of editing and republishing books in both inexpensive and deluxe, large and small formats; the reading pact with parents, who were assured “good, clean fun” for their children, and with children, who were not only taught morals but also given texts written in simple, enjoyable language, with colorful illustrations and a bit of adventure and imagination.

Key words: literature; readers; consumption; childhood; Argentina.

 

Fecha de recepción: 23 de noviembre de 2016        

Fecha de aceptación: 29 de enero de 2018

 

 

Quienes fueron niños durante los años cuarenta y cincuenta en Argentina recuerdan haber leído o escuchado algunos de los cuentos de Constancio Cecilio Vigil. Sus libros, que a principios de los años treinta habían transitado el circuito escolar, promediando el siglo XX llegaban a los pequeños como regalos de primera comunión o de cumpleaños. Libros para ser leídos y también atesorados. Ese fue el caso de la escritora Alejandra Pizarnik (1936-1972), quien en su biblioteca personal guardó un ejemplar de Alma nueva de su niñez.[1] En 1945, fecha en la cual figura que “Buma” Pizarnik –la versión en yiddish de Flora, nombre que luego la poetisa reemplazaría por Alejandra–, de aproximadamente nueve años, tomó posesión del libro; Alma nueva ya no circulaba como texto escolar, sino que era recomendado como “un libro adecuado para la niñez y la juventud”. La familiaridad de los lectores con los textos de Vigil era tan frecuente y común que, incluso, una familia de origen judío como la Pizarnik, que se había esmerado en brindarle a su hija una educación judía (Piña, 1991, pp. 30-31), había permitido guardar en los anaqueles familiares un libro de un autor identificado como un moralista católico.

La difusión del autor oriundo de Uruguay, el cual se había establecido en Buenos Aires a principios del siglo XX, no se restringió sólo a su país de origen y a Argentina, donde fundó Editorial Atlántida (1918), sino que alcanzó un mercado más amplio llegando, fundamentalmente, a toda la América de habla hispana. De ello dan cuenta las columnas necrológicas que luego del fallecimiento de Vigil, el 24 de septiembre de 1954, aparecieron en diversos diarios; las fotografías de librerías de México y Ecuador que enviaron a la empresa como testimonio de la aceptación de los materiales[2] y las memorias de personalidades de la cultura, por ejemplo el intelectual mexicano Carlos Monsiváis y la cantautora argentina María Elena Walsh (Origgi, 2000; Poniatowska, 1997).

No obstante la contundente circulación de este autor en la cultura popular argentina –que se verifica con el recuerdo de alguno de sus personajes y con la cantidad de escuelas, calles y bibliotecas que llevan su nombre–[3] y latinoamericana –que perdura también en el nombre de calles o en obras literarias–,[4] los investigadores se han ocupado exclusivamente del valor moral (Casaña Lemos, 1965), conservador (Helguera, 2004, p. 54) o  literario de su obra (Neira y Obaldía, 1977, pp. 141-142). Y aun cuando se ha reconocido que las creaciones del autor –entre ellas la revista infantil Billiken– encarnaron un “modo de cultura” y formaron parte de la cultura material de los niños de los sectores medios de la primera mitad del siglo XX (Díaz Ronner, 2000, p. 523), son escasos los trabajos que se han preguntado por el éxito de los libros de Vigil y lo han considerado como objeto de análisis de la investigación histórica. Entre quienes se preguntaron integralmente por la obra del escritor se destaca la investigadora brasileña Gabriela Pellegrino Soares (2007), quien colocó a Vigil en el campo de la literatura infantil, en formación y en conflicto, relacionándolo con otros escritores para niños del periodo.

A partir de estos antecedentes, la pregunta que guía este artículo es qué factores intervinieron para que los libros infantiles de Constancio C. Vigil se convirtieran en un éxito, es decir que fueran ampliamente difundidos, aceptados y sus personajes pervivieran en la memoria de varias generaciones. De esta forma, me interesa indagar qué operaciones culturales, sociales y económicas tuvieron lugar para que esos textos se transformaran en productos culturales que los adultos compraban a los niños cuando comenzaban a leer y cómo estos formaron parte de una cultura para la infancia (Kline, 1998, pp. 95-109) al punto de transformarse en elementos imprescindibles en la biblioteca infantil y juvenil.[5] Para ello, exploraré algunos libros y personajes de Vigil destinados para los niños. Complementariamente tendré en cuenta la revista infantil Billiken –de la cual fue su creador y primer director– y algunas entrevistas aparecidas en diversos medios. Tomando este corpus, analizaré fundamentalmente la política editorial de Editorial Atlántida, la autoconstrucción de Vigil como un autor de literatura infantil y la construcción de los niños consumidores de libros. Examinaré estos aspectos desde una perspectiva histórica que contemple los avances realizados por diversas disciplinas en el campo de la infancia en Argentina (Carli, 2011; Cosse, 2011; Lionetti y Míguez, 2010) y las prácticas de lectura, fundamentalmente infantiles (Sardi, 2010), además de las herramientas proporcionadas por los estudios de la cultura (Chartier 1993, 1996) y la comunicación. El periodo abordado comprenderá desde la aparición de las primeras obras de Vigil para niños, en 1927, hasta el momento de mayor difusión de sus libros, a mediados del siglo XX.

 

 

Más de cien cuentos para niños

 

 

Si bien Constancio Cecilio Vigil (1876, Rocha, Uruguay-1954, Buenos Aires, Argentina) fue un exitoso empresario y un reconocido autor de libros para adultos –se contabilizan trece títulos para este público– logró un lugar en el mundo intelectual y editorial como un escritor para la infancia. Cuando se abocó a escribir los libros para niños, a finales de la década del veinte, ya era conocido por el público porque había escrito El erial (1915) –un libro pacifista que recogía la perplejidad y desazón de la primera guerra mundial, pero también la esperanza en América Latina como reservorio moral–; tenía una amplia experiencia como creador, director y editor de revistas, entre ellas La Alborada (1901-1904), Mundo Argentino (1911-1917) y Atlántida (1918-1933), y era dueño de una empresa que editaba libros y revistas exitosas como la deportiva El Gráfico (1919) y la femenina Para Ti (1922). Pero también era conocido por padres y niños ya que junto con Enrique Antuña, un autor uruguayo de libros morales escolares, había publicado el primer magazine destinado exclusivamente para los chicos en Argentina: Pulgarcito (1904). Aunque este semanario no logró sostenerse en el tiempo como una revista infantil constituyó un nuevo modo de comunicación cultural que se destacaba por la cantidad y diversidad de contenidos y por sus formas textuales e iconográficas (Szir, 2007, pp. 115-120). Así, con la experiencia de Pulgarcito, quince años después Vigil retomó su intención de cautivar al público infantil con Billiken. Este magazine semanal, que como la mayoría de los productos de Editorial Atlántida se dirigía a públicos de los sectores populares en ascenso y los sectores medios, era al mismo tiempo un útil escolar y un entretenimiento que pretendía abordar todo el mundo infantil: el ocio, la información, la actualidad, las narraciones y las historietas (Varela, 1994, pp. 20-21).

Esta revista, que logró sostenerse en el tiempo, ampliar su número de páginas, alcanzar una difusión nacional –e incluso internacional– y transformarse en un modelo de revista (Bontempo, 2012), apareció en un momento en el cual Argentina había entrado plenamente al mercado internacional a través de la exportación de carnes y cereales –aunque esta relación se había visto afectada durante la primera guerra mundial– y las ciudades más importantes, principalmente Buenos Aires, se habían transformado en metrópolis (Falcón, 2000; Lobato, 2000). El crecimiento y la expansión urbanos, la extensión y la complejización de los servicios y ciertos cambios en las costumbres signaron los nuevos tiempos, donde los niños y jóvenes estuvieron en el centro de diversos discursos, imágenes y representaciones que atravesaban, y trataban de regular, la vida familiar. El Estado, en un intento de organizar y ajustar la infancia argentina a un deber ser, recurrió, por un lado, a la obligatoriedad escolar y, por el otro, al encierro en distintas instituciones. Así, a través de diversas acciones y discursos se elaboraron representaciones que dividían a la infancia en “niños”, es decir en “hijos-alumnos” e “hijos-(alumnos)-trabajadores”, y en “menores”, que se trataba de quienes se encontraban excluidos de los marcos contenedores de la familia, la escuela e incluso el trabajo (Zapiola, 2008 y 2009).[6] Sin desconocer a los niños “menores”, que también podían llegar a leer Billiken, es  en la construcción del “niño-hijo-alumno” en la cual Vigil piensa al interlocutor deseado primero para las revistas y luego para sus libros.[7]

Sin duda, era fundamental que los niños supieran leer, y quizás escribir, para suscitar un interés sostenido en una revista o en un libro. Y esto, en parte, en los años veinte estaba en vías de lograrse fruto del proyecto modernizador que el Estado argentino había puesto en marcha décadas atrás. Con el propósito de convertir a los inmigrantes –que habían llegado masivamente entre 1880 y 1914– y a sus hijos en ciudadanos argentinos, se dictó la Ley de Educación 1420 (1884) –que promovía una escuela obligatoria, laica y gratuita– y la Ley 4874 (1905), también conocida como “Lainez”, que facultó al Estado nacional a crear escuelas primarias en las provincias y los territorios nacionales. Y aunque la incorporación efectiva en el sistema escolar distaba de las expectativas generadas por la obligatoriedad de la ley, y muchos niños no alcanzaban a completar su escolarización primaria, criollos e inmigrantes estaban adquiriendo las habilidades básicas de la lectura y la escritura (Tedesco, 1986).

Según la propia Editorial Atlántida, Constancio C. Vigil escribió 108 cuentos para niños y catorce libros destinados exclusivamente para el público infantil.[8] La mayoría de esos cuentos aparecieron primero en algunos de los catorce libros que fueron sujetos a reediciones, reescrituras, desmembramientos y reducciones. Estas intervenciones editoriales dificultan la posibilidad de establecer el número de ejemplares de cada libro o cuento editados ya que salieron al mercado durante décadas en múltiples formatos y, en ocasiones, aun cuando conservaban el nombre del libro original, la reescritura era tan intensa que se trataba de una obra distinta.[9] De todas formas, es posible afirmar que la mayoría de estas narraciones fueron escritas a finales de los años veinte y mediados de los treinta, en un momento donde la literatura infantil argentina, de acuerdo con Gabriela Pellegrino Soares (2007), constituía un campo en formación que podría dividirse en dos. Por un lado, las obras volcadas a las temáticas nacionales que exploraban temas ligados a la historia, al ambiente social, al folclore o al territorio. Entre los autores que abordaron estas temáticas se encuentran Ada Eflein, Álvaro Yunque, Hugo Wast, Rafael Jijena Sánchez y Horacio Quiroga, escritor de origen uruguayo y reivindicado por los dos países. Por otro lado, obras que pretendían dialogar con la imaginación, la sensibilidad, la moral y la formación cultural. Menos comprometidos con la educación de la ciudadanía argentina y más centrados en cuestiones humanistas y espiritualistas. Entre los autores que pueden identificarse en esta corriente se encuentran Javier Villafañe y Constancio C. Vigil (Pellegrino Soares, 2007, pp. 121-131).

De acuerdo con Luis Neira y José Obaldía (1977) la obra de Vigil podría dividirse en tres modalidades. La primera se destaca por un pesado tono moralista. Entre estos libros se encuentran: Marta y Jorge (1927 [1932])texto de enseñanzas morales basadas en las “voces” de la naturaleza y de las “cosas”, las cuales aclaran su función en la vida–; Mangocho (1927b), libro que cuenta las vivencias de un niño y el cual, según el autor, está basado en sus propios recuerdos infantiles; Alma nueva (1927) –un “libro de cosas” con múltiples temáticas que pretendía ser un tratado ético con ejemplos de rectitud y abnegación para jóvenes–; Cartas para gente menuda (1927d), libro en el cual Vigil incursiona en el género epistolar para transmitir lecciones de urbanidad y de ética; Compañero (1928), enseñanzas para los más pequeños que intentan inculcar las buenas costumbres y los buenos modales, y Vida espiritual (1939)cinco pequeños tomos que se presentan como “manuales para dignificación del niño”.[10]

La segunda modalidad también pretende dejar una enseñanza moral pero tiene la particularidad de que los textos ficcionales recuerdan a cuentos de hadas: reyes, castillos, aldeanos que podrían situarse en cualquier región, en siglos pasados pero no en el Río de la Plata o en América. Estos cuentos aparecen diseminados en varios libros; por ejemplo, “El imán de Teodorico” y “La moneda volvedora” se encuentran en Compañero (1930), y “Los enanitos jardineros” en La escuela de la señorita Susana (ca. 1927c). Finalmente, la tercera modalidad –que también comparte con la segunda la característica de estar esparcida en varios libros– forma parte, según Neira y Obaldía, de la literatura infantil más interesante de Vigil ya que se comprende principalmente de fábulas, y algunas de ellas, sin cargantes moralejas. Entre estas se destacan “Botón Tolón” (1927); “El mono relojero”, que apareció por primera vez en Cuentos para niños (1927a); y “La hormiguita viajera” y “Misia Pepa está de viaje” publicados en La escuela de la señorita Susana.

De acuerdo con el propio Constancio Vigil, sus cuentos “vinieron a desalojar los horrendos cuentos de Callejas, propios para infundir la crueldad y el bestialismo” (Moulia, 1958, p. 38). El periodista y editor se refería a la editorial española de Saturnino Callejas –que exportaba libros a América, aunque también imprimió ejemplares en México– y que en su catálogo reunía los cuentos de Perrault, Andersen, los hermanos Grimm y otros clásicos. Si bien en las versiones de Callejas frente a la idea del castigo se impone la compasión (Alcubierre Moya, 2005, pp. 23-50), a los ojos de Vigil eran “horrorosos” –aunque esta apreciación no le impedía que Billiken aceptara publicidades de esa empresa–.[11] Para el propio Vigil –y para quienes desde la editorial que dirigía reeditaron sus libros– sus cuentos eran superadores de los “argumentos de la Edad Media” (Moulia 1958, p. 38; Vigil 1940, p. 2). De acuerdo con el escritor, en contrapartida con las historias que tenían como protagonistas a madrastras y brujas malvadas, a niños maltratados o abandonados, a lobos feroces y otros monstruos, todas sus historias constituían un “magno beneficio educativo y social” (Vigil, 1940, p. 2).

Por ejemplo, “El imán de Teodorico” cuenta que en una ciudad “muy antigua, muy antigua, había un muchacho muy pobre que se llamaba Teodorico y que poseía un imán […] que atraía el hierro y el acero y también la plata y el oro”. Como el protagonista del cuento no era ambicioso sólo usaba el imán tres o cuatro días de cada mes. Un día lo llamó el rey –porque quería conocer el famoso imán– y le preguntó dónde estaban sus tesoros. Entonces, Teodorico contestó: “mis únicos tesoros, señor, son este imán y la paz de mi conciencia […] Todo lo que obtengo lo distribuyo entre los más pobres, los enfermos y los niños necesitados […]”. Pero el soberano no le creyó y le sacó el imán. Al día siguiente volvió a llamar a Teodorico porque el imán no atraía ni oro y ni plata. Sin embargo, cuando Teodorico usó el artefacto, este logró tomar en sus manos la corona de oro del monarca. Al cabo de un rato de muchas pruebas el rey declaró: “Veo claramente […] que ocupo indebidamente el trono porque la voluntad de la Providencia era otra. Veo, honrado Teodorico, que, pudiendo apoderarte de todas las riquezas vives en gran pobreza […] siéntate en el trono ¡Tú eres el Rey!”  A partir de ese momento, Teodorico ocupó el trono, se casó con la princesa Diolinda, hija mayor del antiguo monarca, fue amado por su pueblo y su reinado fue “largo y venturoso” (Vigil, 1930, pp. 179-186).

“El imán de Teodorico” convivía en Compañero con lecturas escolares e instructivas que expresaban su intención en el título como “¿Vale la pena tener buena letra?” (Vigil, 1930, p. 177), “No quieras parecer lo no eres” (Vigil, 1930, pp. 43-44) o “Un niño que fuma” (Vigil, 1930, p. 31). También con otras más cercanas como “La moneda volvedora” que narra la historia de Sildio, un joven cuyo padre –por única herencia– le dio una moneda de oro mientras que a sus hermanos un lote de tierra a cada uno. Sildio, como buen hijo, aceptó la voluntad del padre y declaró: “pobre o rico, me sentiré muy dichoso, puesto que tal ha sido la voluntad de un padre al que debo cuanto soy […] Sé que tu reparto es bueno y justo, puesto que tú lo haces.” Así, el muchacho partió hacia otras tierras con su moneda como único patrimonio. Pero cada vez que la usaba (para pagar una comida u hospedaje) la moneda siempre volvía a sus manos. Entonces, Sildio comprendió que “el tesoro” le serviría de provecho pero que tendría que partir rápidamente porque tarde o temprano todos se darían cuenta del engaño. Así, advirtió que no debía usar la moneda en exceso y que, si quería asentarse en algún lugar, correspondía trabajar. De esta forma, consiguió un trabajo de labranza. Luego de varias pruebas, y al comprobar la honradez de Sildio –quien a su vez confiaba en Dios–, el patrón lo recompensó y le dijo: “¡Quédate en mi casa! Ven conmigo como dueño. ¡Juntos compartiremos los frutos de estas tierras y viviremos siempre en paz, como buenos amigos!” (Vigil, 1930, pp. 148-154).

Las ficciones ofrecidas por el dueño de Editorial Atlántida tenían componentes morales y sus personajes eran bondadosos y honrados, como Teodorico y Sildio. En estos relatos, la avaricia y la holgazanería podían resultar nefastas para los protagonistas mientras que la honradez, la humildad, el respeto a los padres y la cultura del trabajo eran premiadas con bienes materiales, que podían ser un reino o una extensión de tierra, y también espirituales. Sin mayores sofisticaciones teológicas, Dios o la Providencia acompañaban a estos jóvenes en su camino sencillo y honrado. En estos relatos también hay lugar para el arrepentimiento y la redención, como en el caso del rey que trató a Teodorico de mentiroso y luego le cedió su reino o del patrón de Sildio a quien primero acusó de ladrón y después le compartió sus tierras. Junto con estas historias, Vigil eligió a los animales para narrar cuentos más crueles, como “Los frutos de la venganza”, donde las lechuzas y los hurones se comían a sus crías alternadamente hasta hacerse “viejos, flacos y rabiosos carcomidos por la venganza” (Vigil, 1930, pp. 191-200), y otros llenos de viajes y aventuras que terminaron por convertirse en los favoritos de los chicos. Entre ellos, se encuentra “Misia Pepa está de viaje”, que apareció por primera vez en La escuela de la señorita Susana (1927c), libro que combinaba lecturas cortas, instructivas y ejemplificadoras con reescrituras de fábulas –por ejemplo “La libre y la tortuga” de Esopo–, la enseñanza de las vocales y con situaciones transcurridas en la escuela.

Misia Pepa era una cotorra que siempre había vivido encerrada en una jaula en la ciudad, sin embargo, contaba a quien quisiera escucharla, que paseaba y hacía lo que se le daba la gana. Cuando por fin logró su libertad se fue a vivir al campo, donde disfrutaba del sol, del aire libre, del agua limpia, de grandes vuelos y de conversar con quien quisiera. Luego de un tiempo, “se le antojó”, según el verbo utilizado en el original, volver a la ciudad. Pero antes de partir decidió consultar si convenía hacer su viaje de regreso. Así, comenzó a preguntar a otras cotorras, después a las lechuzas, tordos, palomas y a todos los pájaros de las inmediaciones el provecho de partir. Eso sí, a todos les prometía traer lo que necesitaban, por más absurdo que pareciera el pedido. Desde que Misia Pepa había decidido emprender su viaje ya habían pasado dos años y todavía continuaba consultado y charlando con los pájaros. Este cuento que pretendía advertir sobre el inconformismo, los deseos incoherentes, la indecisión y la charlatanería también tenía abierto un abanico de posibilidades ya que el viaje de Misia Pepa y su encuentro con personajes podía derivar en distintas situaciones.

Del mismo libro es “La hormiguita viajera”, heroína que se hizo célebre en los años cuarenta y en la actualidad comparte el lugar de clásicos junto con Rapunzel, Blanca Nieves y Caperucita Roja (Rutschi, 2012, p. 33). Esta es la historia de una simple hormiga que al buscar comida para llevar a su hormiguero quedó atrapada en la bolsa de unos hombres que se proponían llegar a una gran montaña. Después de un día y medio de cautiverio logró escapar y emprender el viaje de regreso. Luego de muchas penurias consiguió llegar a su casa. Sin embargo, no fue del todo bien acogida por las otras hormigas ya que cuando la vieron no pudieron reconocerla porque estaba sucia, llena de barro y con una pata torcida de haber caminado por muchos días. Después de un largo rato y de diversos exámenes sus compañeras le dieron la bienvenida “luego de su dolorosa peregrinación”. A diferencia de Misia Pepa, el sentido del viaje de la Hormiguita es el regreso al hogar, sin importar el tipo de dificultades que debió afrontar. También este cuento ofrecía un sinnúmero de aventuras, de encuentros y desencuentros.

Otro relato que se transformó en un clásico de Vigil y cuyo personaje estuvo vigente hasta los años setenta fue “El mono relojero”. Este cuento, que apareció por primera vez en Cuentos para niños (1927a), relata las aventuras de un travieso mono que vivía en una relojería. Allí, el “caradura” (p. 43) pasaba sus días pretendiendo arreglar relojes, asesorar al relojero en los negocios y dibujar obras de arte. A pesar de que los clientes lo trataban con cariño y el dueño le obsequiaba masitas y maníes, el mono no estaba conforme con su vida y soñaba con escaparse. Cuando al fin logró huir, se fugó al bosque llevándose consigo una escopeta que no pudo utilizar porque era de juguete. Pero este era un mono “lleno de audacia y ambición” (p. 55). Así que volvió una noche al negocio y se robó relojes con el objeto de venderlos en el bosque, la selva o en el campo –ya que caminó mucho más que hasta donde había llegado antes–. Según consideraba, en esos lugares nadie tenía reloj y seguramente querrían poseer uno. Mientras que soñaba en riquezas y sirvientes a su disposición, asignó un valor a cada pieza y comenzó la venta ambulante. Se lo ofreció a una tortuga, luego a ratones, a un ciervo, a una comadreja, a un papagayo, a un jabalí, a un avestruz y a un buey pero nadie quería un reloj por encontrarlo un objeto inútil. Incluso intentó comerciar con otros monos pero lo rechazaron con burlas y cascotazos. Compadecida, una mona vieja se le acercó y le dijo: “Pero dime infeliz, ¿dónde has visto tú un mono relojero? ¿Dónde has visto monos que usen reloj? […] vete y escóndete lo más lejos que puedas […]” (p. 68). El último desencanto fue cuando se encontró con el elefante, quien le hizo darse cuenta que estaba intentando vender, en lugar de relojes, armazones vacíos. El mono que fue humillado a lo largo de todo el cuento, además, a partir de ese momento fue señalado como embustero. Se lamentaba su fracaso “¡Querer enseñarles yo a todas estas gentes, y resultar el más bruto y el más idiota de cuantos seres existen en la creación!” (p. 70). De manera que volvió a la ciudad confesando sus tretas. El dueño de la relojería lo aceptó y perdonó pero lo hizo trabajar para ganarse el sustento. Como en otros relatos, el cuento advierte no sólo sobre la ociosidad y la holgazanería, sino fundamentalmente sobre los conflictos que acarreaban la ambición desmedida, la arrogancia, la ignorancia y la pretensión de ser lo que no se es. Sin embargo, aquí también había lugar para el arrepentimiento y el perdón.

Escritas en un lenguaje coloquial, estas historias tenían generalmente, aunque no de forma excluyente, como personajes a diversas especies de animales. Mamíferos, pájaros e insectos que, en general, formaban parte del paisaje argentino. A diferencia de las historias de otros autores que también privilegiaban como protagonistas a animales, por ejemplo Horacio Quiroga, los cuentos de Vigil contaban con una clara moraleja final, que no daba lugar a interpretaciones diversas. En este sentido, eran funcionales a los adultos que querían trasmitir este tipo de mensajes. Pero las aventuras también conquistaron a los chicos y brindaron al autor y a la editorial la posibilidad de ser reeditadas en diversos formatos y contadas en otros registros, como el cinematográfico.

 

 

Un escritor para la infancia

 

 

Además del valor simbólico del libro en la cultura occidental (Chartier, 1993), este artefacto se convirtió en una herramienta central en el proyecto de alfabetización mencionado en el apartado anterior. Al tiempo que tuvieron la función de transmitir las pautas morales de la comunidad argentina y la lengua nacional (Sardi, 2010, p. 66), los libros de texto que se utilizaron en la escuela buscaron integrar a la cultura argentina a los inmigrantes y sus descendientes. De allí, el control por parte del Consejo Nacional de Educación (en adelante CNE) sobre los libros escolares, ya que se sospechaba que, en ocasiones, estos textos eran los únicos que había en las casas (Pineau, 2004, pp. 275-299).

Los libros propuestos pasaban por una instancia de selección y, una vez elegidos por el ente –proceso que a pesar de afán uniformador daba lugar a la circulación de una pluralidad de textos (López García, 2009, p. 16) y que se convirtió en un verdadero campo de batalla en el ámbito editorial, escolar, gremial y estatal–,[12] los autores estaban autorizados a indicar en la carátula que el libro fue aprobado. Y para los autores esto no era menor porque la autorización de los libros por el CNE aseguraba la circulación de la obra en las escuelas que dependían del Consejo por tres años, lo cual significaba, por lo menos en la fantasía de los autores, un rédito seguro. De allí que varios novelistas relativamente conocidos, como Arturo Capdevila –Premio Nacional de Literatura (1920, 1923 y 1931) y colaborador de las revistas Atlántida y Billiken–, hubiesen incursionado en el género, y otros, como el cuentista Horacio Quiroga, hayan advertido sobre el “negocio” de los libros de texto (Josiowicz, 2013, pp. 107-157).

En este proceso se seleccionaron algunos libros de Vigil para ser trabajados en el aula. Para primer grado se eligió La escuela de la señorita Susana, para segundo grado se optó por Compañero, para tercer grado se adoptó Marta y Jorge, para cuarto grado se aprobó Mangocho y para quinto y sexto grados se prefirió Alma nueva.[13] Aun cuando no se puede evaluar cuántos niños y niñas llevaron estos libros de la casa a la escuela y de la escuela de vuelta a la casa, este recorrido le permitió a Vigil llegar al hogar desde un lugar autorizado. Un camino alternativo, y al mismo tiempo complementario, al que le permitían las revistas, pero en sintonía con la propia Editorial Atlántida –de la cual era dueño y director general– ya que la misma sostenía que uno de sus pilares era el “[…] mejoramiento moral y […] (el) engrandecimiento social […]” (Villaronga, 1939, p. 25).

El pacto moral, instructivo y transformador que proponía la empresa era, sin duda, con y para los adultos, padres y maestros, que acercaban a los niños a estas lecturas. Por ejemplo, las lecturas de Compañero –donde estaban “El imán de Teodorico” y “La moneda volvedora”–, que en principio estaba destinado a niños de ocho a diez años, podían alcanzar a un público más vasto que el escolar. El texto “¿Qué trabajo es el mejor?”, no sólo comienza con el artificio “Piensen ustedes en lo que harán cuando sean grandes”, sino que incluye ilustraciones de adultos. En el capítulo “Diez cosas importantes”, original de Cartas a gente menuda, se enumeran aquellas conductas y costumbres que los niños –y adultos, que también están integrados mediante imágenes– deberían seguir: mirar de frente, caminar derecho, pensar antes de hablar, hablar y no charlar, hablar y no gritar, hablar con voz agradable, beber agua –en lugar de café, vino o licor–, comer y no tragar, aspirar aire puro libre de humo y aprender a respirar (Vigil, 1930, p. 73).

No es extraño encontrar este tipo de advertencias en los libros escolares, porque el espíritu de la Ley 1420 de Educación Común preveía, de alguna manera, formar al futuro ciudadano y moralizar las costumbres de la familia. Como señala Lucía Lionetti (2007), el Estado secularizador recuperó los dispositivos de valores y conductas de tradición católica, y cristiana, en la medida en que contribuían al encauzamiento de la moral de la sociedad. Así, la moral religiosa tomó forma de moral laica y la noción del cumplimiento de los deberes, el acatamiento de las leyes y las normas de conducta y el respeto a la autoridad definieron la idea del ciudadano que se buscaba construir. Los libros de Vigil conjugaban otros componentes, señalados por la investigadora, como parte del modelo educativo: la enseñanza de la higiene, del trabajo manual y de la educación física, estos últimos introducidos para formar hábitos de comportamiento relacionados con la fortaleza física, el coraje, la destreza y la cultura del trabajo. En el caso de las niñas, como madres de los futuros ciudadanos, además, ayudó a difundir y construir la maternalización de las mujeres.

Si bien Vigil había dirigido revistas para adultos y escrito libros para ese público, y lo seguiría haciendo en los años posteriores, los libros escolares junto con su trayectoria como editor de una revista infantil ayudaron a posicionarlo como un escritor para los estudiantes, los jóvenes y los niños.[14] Este lugar también lo potenciaban otros medios de comunicación cuando lo instalaban entre los expertos intelectuales y educadores. Por ejemplo, el diario La Razón –fundado en Buenos Aires en 1905– lo convocó para que opinara sobre un proyecto de reforma de la enseñanza. El vespertino argumentó la incorporación de Vigil entre los encuestados porque se trataba de un “prestigioso publicista que, como es notorio, ha dedicado gran parte de su actividad de escritor a producir bellos libros destinados a los estudiantes […] [esto] le acredita como un sabio consejero de la juventud y un conocedor experto del alma infantil”.[15]

Esta trayectoria, que comenzó a trazarse en los años veinte, se fortaleció con la aparición de ¡Upa! (1934) –un libro ilustrado que prometía un método para aprender a leer en un mes– y se consolidó con la publicación de La educación del hijo (Vigil, 1941) un libro para adultos –especialmente para madres y futuras madres– que desde un lugar de experto infantil abordó temas de crianza. La educación… combinó recomendaciones afines al campo de la medicina, conceptos provenientes de los discursos pedagógicos e ideas que circulaban en diferentes ámbitos y planos de la vida social. Emparentado con los manuales de puericultura que circularon en las dos primeras décadas del siglo XX y en sintonía con las revistas de divulgación científica, entre ellas ¡Hijo Mío! y Madre y Niño, en este libro señala que los niños debían ser educados de manera integral (física, moral, mental y espiritual) e indicaba el tipo de lecturas a las cuales debería estar expuesto un chico entre las que descartaba, una vez más, los “llamados ‘cuentos infantiles’ [en] cuyos argumentos […] perdura la enseñanza de atroces crueldades” (Vigil, 1941, p. 94). Sin decirlo directamente, Vigil se recomendaba a sí mismo –al tiempo que se reafirmaba– como un autor adecuado para la infancia.

Como señala Valeria Sardi, en la escuela circularon diversos discursos sobre la lectura: los que proponían la lectura como hábito, la lectura como formación moral y puerta al conocimiento y la lectura como cultivo de la imaginación. Esta última perspectiva se transformó en un campo de lucha y tensiones entre los distintos pedagogos (Sardi, 2010, pp. 126-142). Pero como intento demostrar aquí, estas tensiones y conflictos tenían lugar, al tiempo que se reconfiguraban no sólo por la institución escolar sino también por el mercado.

 

 

La construcción de un público infantil

 

 

La escuela posibilitó que muchísimos niños y niñas adquirieran la habilidad específica de la lectura, pero esto solo no alcanzaba para construir públicos lectores. La transformación de las urbes, como Buenos Aires, en ciudades textuales, la disponibilidad de cierto tiempo libre, las innovaciones tecnológicas en la industria editorial y las mejoras en los circuitos distributivos lograron acercar a los lectores y lectoras a variados materiales. Así, desde las revistas de historietas hasta los libros baratos podían adquirirse en los quioscos de diarios y revistas que se encontraban distribuidos en la ciudad, pedirse prestados u ojearse en un medio de transporte o en un comercio (Bontempo, 2014, pp. 216-274). En cuanto público especializado, los chicos participaron junto a sus padres en la transformación de “alfabetizados” a “lectores” pero, a diferencia de sus mayores, la literatura dirigida a ellos estuvo atravesada por políticas públicas específicas, como las que llevaba adelante el CNE, y movimientos de mercado. En la articulación entre ambos espacios se ubicarán los agentes culturales como productores o mediadores de lecturas extraescolares (Pellegrino Soares, 2007, p. 18). En este entramado, Constancio C. Vigil se localizó como un agente cultural que actuaba ambos papeles –de productor y mediador– y que intervenía, desde el mercado, en el campo de lucha respecto a las lecturas recreativas: condenando a los cuentos clásicos, ofreciendo sus libros como opciones posibles y educando a las madres en las lecturas adecuadas para sus hijos.

Como señalé, la escuela había otorgado al libro un estatus especial en la educación de los niños y de su familia. Pero no era la única agencia estatal que se ocupaba de las lecturas y los lectores. En este sentido puede verificarse la revitalización de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares (en 1908 y en 1919) que imprimió un nuevo impulso a la fundación, agenciada por la sociedad civil, de instituciones barriales y bibliotecas en diversas localidades (Gutiérrez y Romero, 1995). En el marco de la creación de una pluralidad de centros, asociaciones y sociedades dedicadas a la niñez, también los partidos y agrupaciones de izquierda habían desarrollado estrategias de instrucción formal para los niños a través de bibliotecas y de las llamadas “escuelas libres”, en el caso de los socialistas, y “escuelas proletarias”, en la versión comunista (Carli 1991). Los socialistas, incluso, llegaron a crear una entidad específica como la Asociación de Bibliotecas y Recreos Infantiles (1913-1930), que abrió decenas de filiales (Barrancos, 1997, pp. 130-150). Por su parte, el Partido Comunista comenzó a editar, en un intento de cautivar la atención de los niños al tiempo que competir ideológicamente con Billiken, el periódico mensual Compañerito (1923-1930 y 1932), de formato pequeño, textos cortos y muchas ilustraciones (Camarero, 2005). En el otro extremo del arco del espectro ideológico, los católicos también se ocuparon de atraer a los pequeños lectores. Mientras el diario El Pueblo incluyó en sus páginas juegos, relatos literarios, materiales educativos e historietas–apuesta editorial que impulsó a las revistas parroquiales a tener su propia página infantil (Lida 2005)–, la Acción Católica publicó Primeras Armas (1935), órgano de difusión de los pequeños varones de la asociación (Rubinzal y Zanca, 2015, pp. 117-119).

Como se ha mostrado, la escuela junto con otras instituciones y actores sociales promovieron al niño lector e intentaron controlar las lecturas infantiles –por su supuesta capacidad de influir y moldear valores y actitudes–. Pero al mismo tiempo introdujeron a los niños junto con sus padres al mundo de un consumo destinado a la infancia. La institución escolar, a medida que avanzaba el siglo, constituyó una fuente de demanda de artículos de distinto tipo, desde útiles escolares como reglas, escuadras, lápices, gomas, carpetas, hojas, cartucheras, tintas y plumas (Carli, 2005) hasta vestimenta adecuada –por ejemplo para los días en que se realizaba educación física– y libros. Así, el niño lector va a construirse a la par que el  niño consumidor.[16]

De esta manera lo habían entendido algunas publicaciones que destinaban publicidades y páginas para los niños, como el magazine Caras y Caretas (Szir, 2012, pp. 123-152), y el propio Vigil al crear primero Pulgarcito –y asociarlo a una marca de caramelos– y luego Billiken. Este magazine, desde su número inicial partió del supuesto de que los niños participaban de la sociedad de consumo y les proponía soñar qué comprar si dispusieran de cinco pesos, les mostraba en sus publicidades qué podían pedir para Navidad y para Reyes y, sobre todo a partir de 1925 cuando se asoció más directamente a la escuela –aunque excedía su propuesta–, mostraba dónde adquirir los materiales que pedía la institución escolar. Billiken fue más allá y proveyó a los niños escolarizados –a la vez que moldeaba y condicionaba los requerimientos de los maestros– de láminas, figuritas y contenidos como insumos escolares.

La transformación del público lector infantil en un público lector-consumidor también se verifica en los esfuerzos editoriales que llevaron adelante desde los comunistas hasta los católicos para competir con Billiken o, por lo menos, brindar una alternativa. En otra línea, pero también síntoma de esta conjunción, fue la importante concurrencia infantil a la Primera Feria del Libro Argentino, celebrada en abril de 1943 en la Avenida 9 de Julio y organizada por la Cámara Argentina del Libro, entidad compuesta por varias editoriales. En las imágenes que dan cuenta del evento, puede verse a los niños que asistieron, llevados por la escuela –sentados en las tribunas del anfiteatro preparado para la exposición– o por sus padres y hermanos; pequeños esperando el turno para que un autor firme el ejemplar recién adquirido y a otros paseando o curioseando por los stands. Entre las editoriales que exponían, se encontraba Editorial Atlántida que de frente exhibía los libros de la Colección Billiken, en la cual Constancio C. Vigil tenía un lugar privilegiado.[17]

 

 

El éxito editorial

 

 

Los libros infantiles de Vigil, entre ellos La escuela de…, Compañero, Marta y Jorge, Mangocho y Alma Nueva, fueron concebidos para ser usados en la escuela y, simultáneamente, para circular en el mercado. Así, conjuntamente al que sus libros eran evaluados por el CNE, se publicitaban en Billiken como un regalo que proporcionaba alegría y entretenimiento.[18] Y una vez que los textos circulaban en el ámbito escolar y en las librerías, algunos cuentos eran reproducidos en la propia Billiken. Ese es el caso de “Misia Pepa” –que apareció en el magazine el 23 de junio de 1930– y “La hormiguita viajera” –el 28 de abril de 1930–. Esta política de Editorial Atlántida, puede haber constituido, una de las claves del éxito de los libros y cuentos de Vigil porque la reproducción en diferentes soportes y espacios aseguraba que las narraciones llegaran a un público que no había tenido acceso al libro, porque no había sido adoptado en la escuela, porque pertenecía a un grado superior al que estaba destinado o porque simplemente no lo habían comprado. También su inclusión en Billiken era otra forma de promocionar los textos, porque si al niño le había gustado el cuento en la revista podía verse persuadido de pedir el libro a sus padres, tíos o abuelos.

De modo estratégico, Constancio C. Vigil, a través de su empresa Editorial Atlántida, llevó a cabo una intensa política de reedición, revisión –y eventualmente reescritura– de sus obras. Como gran parte de los textos que aparecieron en el libro La escuela de la señorita Susana y en Cuentos para niños (1927a) podían narrarse de forma individual, rápidamente la empresa sacó versiones que se editaron de incontables formas y para todos los bolsillos. Hacia 1934, sin modificación en el contenido, los cuentos se vendieron en pequeños folletos de un tamaño de diez por quince centímetros, compuestos por una carátula a color y con dibujos en blanco y negro. Al económico precio de diez centavos y en seis hojas se contaban historias que en otras versiones de folletería más lujosas, de mayor tamaño –30 por quince centímetros– y a todo color se narraban en 20 páginas. Con una política de ventas agresiva, además de la promoción en la revista Billiken y de la comercialización de los libritos en el local que tenía en la exclusiva calle comercial Florida, Editorial Atlántida sumó un quiosco –donde se vendían solamente los libritos de diez centavos– en el agitado cruce de Diagonal Norte y Florida, durante las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes.[19]

A pesar de ser libritos sencillos, al igual que los más lujosos estaban pensados para atrapar la imaginación infantil, fundamentalmente a través de las ilustraciones. Con el auge de la industria editorial argentina, que en parte tomó el lugar dejado vacante por España a causa de la guerra civil (Diego, 2006, pp. 91-123), Editorial Atlántida relanzó los libros de Vigil en distintas colecciones.[20] Para las ediciones que comenzaron a circular en 1941 se contrató al dibujante español Federico Ribas, quien había trabajado en Buenos Aires como ilustrador –entre 1908 y 1912– y luego de su estadía en Francia y España regresó a Argentina al comienzo de la guerra, en 1936.[21] Ribas modernizó, al tiempo que dulcificó y aniñó, los dibujos de Asha, quien había estado a cargo de la mayoría de las ilustraciones de las primeras ediciones de los cuentos. También, dotó a los personajes más recordados de sus atuendos emblemáticos: a la cotorra Misia Pepa la enfundó con un chal, polleras largas, sombrilla y cartera; mientras que a Hormiguita Viajera la vistió con un corto vestido rojo a lunares del cual sobresalían sus enaguas blancas; y a Mono Relojero, además de los pantalones azules con pechera –estilo jardinero–  y camisa amarilla, le colocó sobre su cabeza un fez. Las renovadas ediciones de 1941 eran de tapa dura, hojas de cartón y con un tamaño de 30 por 20 centímetros. Con un costo de dos pesos, no eran baratos pero sí ideales para recibir en una primera comunión o regalar en un cumpleaños.

Si bien la circulación entre la escuela y el mercado, la retroalimentación de los textos de Vigil en los diferentes formatos y la propia materialidad de los libros pueden contribuir a explicar, en parte, el éxito del autor y de sus escritos, no explican por qué se elegían entre otros productos –o junto a otros–, ya que diversas empresas también comenzaron lanzar colecciones para niños, como Gatito y Bolsillitos, de editorial Abril (Scarzanella, 2016, pp. 93-103). Como señalan algunas fuentes –por ejemplo las dedicatorias de los libros y testimonios, entre ellos el de la hoy profesora Delia Noemí Fresno– los libros de Vigil eran regalados por los padres y, especialmente, por los abuelos (Fresno, 2004). De acuerdo con Jacqueline Rose, en la industria del libro el mejor libro para los chicos es el que se dirige a adultos y niños. Es decir, el “mejor libro” sería aquel donde, por un lado, se muestra qué está bien y, por el otro, el cual se asegura qué intenciones tiene la lectura y cuáles serían los efectos deseados en el lector (Rose, 1998, p. 59).

Editorial Atlántida hacía explícitos sus objetivos de cautivar tanto a grandes como a chicos cuando, por ejemplo en el prólogo a Cabeza de fierro y otros cuentos, indicaba: “es característico del libro infantil realmente bueno que interese también a los adultos. La explicación del doble éxito (en grandes y chicos) consiste en que el niño, con su aguda intuición, descubre y subconscientemente absorbe la filosofía de los cuentos que prefiere, filosofía que el adulto encuentra por medio del razonamiento” (Vigil, 1940, p. 2).  En otras palabras, Editorial Atlántida brindaba materiales que conjugaban las enseñanzas y el entretenimiento y, sobre todo, que fuesen aceptados por los adultos que promovían la compra o proporcionaban el dinero. En este sentido, como señalé para algunos de los cuentos analizados en el primer apartado, las moralejas de Vigil no dejaban lugar a interpretaciones: el trabajo, la honestidad, la humildad, el respeto y la caridad eran valores que se exaltaban. También, estos textos promovían el ascenso social; por ejemplo, Teodorico se convirtió en rey y Sildio en dueño de tierras, siempre y cuando se reconociera, respetara y aceptara el lugar en la jerarquía social, de otra forma, al igual que Mono Relojero o Misia Pepa, las consecuencias podían ser la humillación y el ridículo. En un momento de expectativas de movilidad social –como la sociedad argentina de las primeras décadas del siglo XX– los mensajes que intentaban inculcar valores de decencia, urbanidad, buenas costumbres y auguraban el ascenso social a través de la educación, el esfuerzo y el trabajo sintonizaban con familias provenientes de los sectores populares con aspiraciones de ascenso social y sectores medios que buscaban reafirmar su lugar.  

Otra de las características de los libros de Vigil era que los textos contenían vagas referencias a la religión cristiana. Si bien los valores que se promovían coincidían con los católicos, los textos prescindían de posiciones teológicas dogmáticas. Sin duda, algunos libros estaban orientados para este público, como Vida espiritual, Reflexiones cristianas y Las enseñanzas de Jesús, pero en general los textos interpelaban a un público más vasto que el católico practicante e incluso que el católico. A partir de la promoción de valores de decencia, urbanidad y ascenso social, esta suerte de filosofía para la vida cotidiana se dirigía a lectores con distinto grado de compromiso religioso o conocimiento doctrinario e incluso, como en el caso de Alejandra Pizarnik, a lectores de otras confesiones religiosas (Bontempo, 2013, pp. 111-114).

Al mismo tiempo, la propuesta del dueño de Editorial Atlántida consistía en brindar libros escritos en un leguaje correcto pero sencillo que incluso contenía diminutivos –por ejemplo abundantes en “Muñequita” pero presentes en varios cuentos– o aumentativos –como la “piedra grandota” que intentó romper “Cabeza de fierro”. Es decir, textos que buscaban crear un clima ameno que resultara atrayente a lectores con distintas competencias culturales. Así, era frecuente encontrar interpretaciones de frases populares y habitual hallar en los textos adjetivos coloquiales o contar como protagonistas a pájaros de la fauna autóctona de Argentina, Uruguay y Paraguay, como los pirinchos –en “El pirincho enfermo”– o los horneros – en “El primer rancho”– (Vigil, 1940, pp. 53-64; 91-116).

Libros para niños que anclaban en una sensibilidad hacia la infancia que, ya para la década del treinta en Argentina –aunque no sólo en estas latitudes (Ariès, 1998, pp. 41-57)–, proyectaba las ideas de pureza e inocencia sobre el conjunto de los niños y no sobre un sector de la infancia. Como señala Isabella Cosse (2006), en Argentina esta sensibilidad estuvo relacionada con los discursos maternalistas, las influencias de la corriente educativa de la “escuela nueva”, la profesionalización de la asistencia social y la protección a la infancia, identificada como futuro de la nación (pp. 111-112). Con la llegada de los gobiernos peronistas (1945-1955) esta sensibilidad se cristalizó en el slogan “los únicos privilegiados son los niños”, al mismo tiempo que se resignificó, ya que colocaba a la infancia en un lugar superior que señalaba los principios de la justicia distributiva contra los antiguos privilegios. Es en este contexto de consagración del niño, entre otras cosas como consumidor, donde los libros y personajes de Vigil alcanzaron mayor popularidad. Así, en el año 1946, probablemente como producto de la redistribución del ingreso y del impulso a la industria nacional, comenzaron a aparecer juguetes en material plástico con algunos de los personajes mencionados en este artículo, como Misia Pepa y Hormiguita Viajera, junto con otros como Juan Pirincho y Tragapatos (Pelegrinelli, 2010, p. 46).

La comercialización de estos muñecos sugiere que, más allá de la aceptación de los padres, los personajes y los cuentos de Vigil eran valorados por los chicos. En primer lugar, contaban con atractivas ilustraciones que, como señalé, y dependiendo de la edición, eran a color. Según indica Beatriz Alcubierre Moya, en la literatura para niños el soporte es, en ocasiones, más importante que el texto (Alcubierre Moya, 2015, p. 27). En segundo lugar, si prestaban atención a la lectura y no sólo a los dibujos, esta resultaba sencilla no sólo por el vocabulario sino también, como señalé, porque en ocasiones los textos tenían similitudes con otros que pertenecían al acervo popular. Por ejemplo “La hormiguita viajera” estaba cerca de las fábulas de Esopo y Samaniego –muy populares por entonces– y “Misia Pepa”, casi sin trama y sin resolución, podían asociarse a los “cuentos de nunca acabar” como el cuento de la “buena pipa”. Finalmente, estas narraciones ofrecían un sinnúmero de viajes, sorpresas, encuentros y desencuentros que permitían hacer volar la imaginación y, en cierta medida, también estaban abiertos a variantes.[22]

Las potencialidades que ofrecían las aventuras de los personajes habían decidido a Constancio C. Vigil, en 1937, a financiar y producir sus cuentos para la pantalla cinematográfica, momento en el cual las películas ya eran consideradas una herramienta válida para el proceso de enseñanza-aprendizaje (Serra, 2011, pp. 197-251). Basados en la ilustración realizada por Federico Ribas, el proyecto fue encargado al realizador Quirino Cristiani con las técnicas difundidas por Walt Disney. De esta manera, “El mono relojero” se convirtió en la primera película animada argentina con sonido óptico. Con las herramientas de la modernidad y entendiendo que había que buscar nuevas formas de contar, y llegar al mercado, Vigil buscaba seguir combinando la “enseñanza con la sana diversión” (Bendazzi, 2008, p. 121) al mismo tiempo que convertirse en un pionero en la animación cinematográfica de cuentos argentinos. El proyecto original, del que no se sabe las causas por las cuales nunca llegó a concretarse, incluía la adaptación de numerosos cuentos, entre ellos “Misia Pepa” y “La hormiguita viajera”. Finalmente, la primera película, y la única de la que hubiese sido una serie, se proyectó en 1938 en el Cine Monumental.

 

 

Conclusiones

 

 

La pregunta que guió este trabajo fue aquella por el éxito de un corpus literario específico para la infancia: el de Constancio C. Vigil. Quizás no es representativo de la mejor calidad en el campo de las letras si lo comparamos con autores contemporáneos a su obra, como el titiritero Javier Villafañe o el cuentista Horacio Quiroga, o con escritores posteriores, como María Elena Walsh. Sin embargo, sus libros son, hasta el día de hoy, aquellos que marcaron la infancia de quienes fueron chicos durante los años cuarenta y cincuenta. Como evoca la escritora y bloguera Catalina Cobas:

 

El otro día me preguntaron […] cuándo se inició mi amor por la palabra escrita. Se me aparecieron, de inmediato, las páginas de ¡Upa!, de Billiken y de la Colección de Cuentos de Constancio C. Vigil, con sus personajes emparentados con el reino animal tan entretenidos y con “moraleja”, como se usaba entonces, y comprendí, en ese momento, cómo habían influido todas esas creaciones en mis primeros años, así como en muchos de mis compatriotas coetáneos y conciudadanos (Cobas, 2006).

 

Estos recuerdos condensan algunas cuestiones que he abordado a lo largo del trabajo para entender el éxito de estos libros. En primer lugar se trata de un autor complejo que desempeñó diversos papeles dentro del mundo de la cultura popular: fue escritor, creador, director y editor de revistas, entre ellas Billiken, que acompañó a los niños a las aulas y al recreo. Vigil también fue una voz mediática autorizada para exponer sus ideas sobre la educación y la literatura. Un escritor que se movió entre el campo de la educación y el mercado.

Además de la retroalimentación de Vigil que se construyó a sí mismo como un autor para los niños, la sensibilidad del propio autor en torno a la infancia intersectó de modos diferentes a los padres y a los niños. A los adultos, les garantizó “sano entretenimiento”, material humanista y moral que combinaba con pautas de urbanidad, buenas costumbres y ascenso social siempre y cuando no cuestionasen el lugar asignado por nacimiento; y a los segundos les aseguró material aprobado por mayores y esparcimiento. Para los chicos, que la escuela y el mercado los había transformado en lectores, y Billiken, entre otros, los había reconocido e interpelado como consumidores, Vigil y Editorial Atlántida les proporcionaron productos con dibujos coloridos, atractivos y ediciones cuidadas, lindas para regalar, escogidas para pasar de mano en mano o de primo en primo y destinadas a perdurar, como rememora Graciela E.[23] Además eran materiales que combinaban géneros literarios familiares, lenguaje ameno, con historias de animales que traían moraleja pero también aventuras, lo cual las volvía entretenidas. 

Sin duda, este fue un éxito del objeto libro en sí mismo, con sus contenidos e imágenes, de mensajes con fronteras lábiles, al mismo tiempo que precisas. Objetos que en parte alcanzaron su éxito gracias a la circulación que les impuso la empresa, de la cual Vigil era dueño y mentor, al editarlos en diferentes soportes –libros, folletos, revista y cine– y distintos formatos y transformarlos en la medida que los acortaba, reactualizaba, los reagrupaba en colecciones nuevas que llegaron a públicos amplios y variados. Libros que formaron parte de la cultura material de generaciones de niños argentinos y, como señala Catalina Cobas, a pesar de las moralejas iniciaron a muchos chicos en el “amor por la palabra escrita”.

 

 

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Otras fuentes

 

 

Archivo de Editorial Atlántida, Buenos Aires, Argentina

Hemerografía

Billiken.

El Monitor de la Educación Común.

La razón.

 

 

Bibliografía

 

 

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* Una versión preliminar de este texto fue discutida en el Grupo de Investigación Historia de las Familias y las Infancias en la Argentina Contemporánea dirigido por Isabella Cosse. Agradezco especialmente los comentarios y las sugerencias de Isabella Cosse y Leandro Stagno. Asimismo, agradezco a Carina Peraldi su lectura atenta.

[1] Constancio C. Vigil, Alma nueva, Buenos Aires, Editorial Atlántida, 6ª. ed., 1944. Colección Alejandra Pizarnik. Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Buenos Aires, Argentina.

[2] Sin autor y sin fecha. Los gobiernos americanos. Folleto; [Fotografía de Librería Márquez en México DF] (1946); [Fotografía de librería en Quito –Ecuador] (26 de diciembre de 1944). Caja Constancio C. Vigil. Archivo de Editorial Atlántida, Buenos Aires, Argentina.

[3] Sólo por nombrar algunas instituciones educativas: Escuela de Educación Especial núm. 14 (Ciudad Autónoma de Buenos Aires), Escuela núm. 27 (Berazategui, Pcia. de Buenos Aires), Escuela núm. 338 (Rosario, Pcia. de Santa Fe), Escuela núm. 422 (Barranqueras, Pcia. de Chaco), Escuela rural (Morrison, Pcia. de Córdoba), Escuela Primaria (Ciudad de Córdoba, Córdoba), Escuela Nº 7 (Ciudad de San Luis, Pcia. de San Luis), Escuela rural (Cochagual, Pcia. de San Juan), Escuela 1-290 (Gral. Alvear, Pcia. de Mendoza). Entre las bibliotecas, la más famosa es la Biblioteca Constancio C. Vigil de Rosario (Pcia. de Santa Fe) intervenida durante la dictadura militar de 1976-1983. También existen calles con el nombre de Constancio C. Vigil en Villa María (Pcia. de Córdoba), en San Miguel, Lomas de Zamora, Merlo, San Nicolás, Gral. Pringles (Pcia. de Buenos Aires), en Granadero Baigorria (Pcia. de Santa Fe) y en Maipú (Pcia. de Mendoza), entre otras.

[4] Constancio Vigil tiene su calle en el barrio Las Condes de la ciudad de Santiago de Chile (Chile). El libro Marta y Jorge se menciona en el cuento “Autocrítica” –de 1981– de la escritora colombiana Marvel Moreno (2001).

[5] No desconozco que los productos que el mundo adulto propone para la infancia pueden transformarse en parte de una cultura de la infancia a partir de las propias prácticas infantiles y del uso, apropiación y transformación de los mismos (Becchi 1998; Jenkins 1998). Sin embargo, esa dimensión no será abordada en este artículo.

[6] Como ha demostrado María Carolina Zapiola en los momentos inaugurales del sistema educativo la representación de “niños” era una categoría que abarcaba a quienes reunían las condiciones para transformarse en alumnos y también a quienes eran menores de edad trabajadores que podían ser –o no– alumnos. Para estos niños, el mandato de la obligatoriedad escolar era relativo (Zapiola, 2009). En la década del treinta la institución escolar había incorporado plenamente a los niños trabajadores (Cosse, 2005).

[7] En este trabajo se considera que las categorías de niños, hijos-alumnos y menores son construcciones culturales.

[8] Folleto de difusión en homenaje a Constancio Cecilio Vigil. Sin fecha. Caja Constancio C. Vigil. Archivo de Editorial Atlántida, Buenos Aires, Argentina.

[9] Sólo por tomar un ejemplo: la primera edición de Cartas para gente menuda (1927d) es una obra completamente distinta (si tenemos en cuenta los textos, el índice y las ilustraciones) a la sexta edición (1948). En la actualidad se siguen editando individualmente los cuentos El bosque azul, El mono relojero, La hormiguita viajera, Misia Pepa y ¡Upa!

[10] A estos libros habría que agregar Mangocho versión ii, Diario de un niño (1958) y ¡Upa! (1934).

[11] Publicidad, Billiken, 22 de diciembre de 1922, p. 11; Publicidad, Billiken, 1 de enero de 1923, p.12.

[12] Agradezco a Leandro Stagno la generosidad de haber compartido, en este punto, sus ideas y fuentes.

[13] Consejo Nacional de Educación. Sesión 15 del 12 de julio de 1929. En Sección oficial, El Monitor de la Educación Común, núm. 682, Buenos Aires, octubre de 1929, p. 234.

[14] En Billiken habían colaborado personalidades vinculadas al mundo de la literatura infantil hispanoamericana como la educadora y escritora chilena Gabriela Mistral, la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou y la escritora y educadora Carmen Scarlatti de Pandolfini, quien fue designada vocal del CNE en 1924 (Bontempo, 2013).

[15] Sin autor. La reforma educacional debe ajustarse a la vida moderna y al portentoso desarrollo de la nación, nos dice Don Constancio C. Vigil. La razón, 11 de noviembre de 1931, p. 18.

[16] Para México consultar Sosenski Correa (2012).

[17] Colección Primera Feria del Libro Argentino. Buenos Aires, abril de 1943. Biblioteca Digital Trapalanda. Recuperado de http://www.trapalanda.bn.gov.ar:8080/jspui/simple-search?query=feria+del+libro Para un análisis de esta feria ver el trabajo de Mariela Rubinzal (2016).

[18] Publicidad, Billiken, 28 de agosto de 1927, p. 38.

[19] Fotografía del 25 de diciembre de 1934. Caja Constancio C. Vigil. Archivo de Editorial Atlántida.

[20] Editorial Atlántida absorbió a muchos editores infantiles y dibujantes exiliados de España. Entre ellos, Rafael Dieste dirigió la colección Biblioteca Billiken y Colección de Oro. Con este proyecto recuperó en parte el espíritu de Misiones Pedagógicas (1931) encaradas por la II República. Catálogo de la Exposición Infancia, Literatura y Exilio del 39: Libros de la Colección de Ana Pelegrín organizada por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, España, 2008.

[21] Federico Ribas. Biografía consultada en el Museo del Dibujo. Recuperado de http://www.museodeldibujo.com/obras_muestras/artistas.php?ida=157&a=Ribas,-Federico

 

[22] Aunque se excede del periodo y los objetivos de este trabajo, es interesante señalar que en los años setenta el personaje del mono relojero se revitalizó y reactualizó al convertirse en el protagonista de una historieta y personaje central de las tapas de Billiken. Entre sus viajes fue al espacio y al pasado. Billiken. Edición especial: la vuelta a la infancia en 80 años, 29 de noviembre de 1999, pp. 75.

[23] Graciela Elorza heredó Cartas a gente menuda (6ta. edición, de 1948) de su primo “chino” en 1954, a la edad de ocho años. Recuerda que su primo mayor le “pasaba” muchos libros. Su madre Noemí conservó Cartas… hasta la adultez de Graciela porque “le gustaba”.  A su vez, Graciela le regaló este libro a su hija en 1986, cuando María tenía once años. Elorza, G. (26 de mayo de 2014). Entrevista a la señora Graciela Elorza/Entrevistador: María Paula Bontempo, Lomas de Zamora, Argentina.

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