Ricardo Pasolini, Los marxistas liberales. Antifascismo y cultura comunista en la Argentina del siglo xx, Buenos Aires, Sudamericana, 2013, 202 pp. (Nudos de la Historia Argentina), ISBN: 978-95007-4431-7.

En Argentina, hasta hace pocos años, la divulgación histórica más exitosa en términos de aceptación por parte del público era llevada a cabo principalmente por historiadores ajenos al mundo académico, los cuales asumían frecuentemente una perspectiva y un tono deliberadamente “antiacadémicos”. Esta realidad se debía, en parte, al efecto paradojal causado por el notorio crecimiento de investigadores y el proceso de profesionalización del campo intelectual que proponía un grado de complejidad excluyente del lector no especializado. Con el propósito de saldar esa carencia y crear un puente entre la academia y un público más amplio, en el año 2007 surge la colección Nudos de la Historia Argentina de la editorial Sudamericana. Como ha señalado Jorge Gelman, director de la colección, el objetivo de la misma radica en convocar a prestigiosos investigadores y académicos para escribir libros sólidos y a la vez atractivos, susceptibles de ser frecuentados por lectores interesados en la historia más allá de aquellos poseedores de una formación universitaria en la disciplina. El último título de la colección, Los marxistas liberales. Antifascismo y cultura comunista en la Argentina del siglo xx, a cargo de Ricardo Pasolini, es un claro ejemplo de ello. Avezado investigador del antifascismo en Argentina, Pasolini ofrece al lector una síntesis clara de sus investigaciones anteriores sobre la temática, promoviendo a su vez el camino hacia futuras indagaciones.

Como el mismo autor lo destacó en otra de sus producciones, el antifascismo en Argentina parecía ser un “no acontecimiento” principalmente por dos motivos, por sus ausencias en el campo historiográfico local pero también llamativamente por el silencio en las memorias de las familias políticas y culturales que protagonizaron la “lucha antifascista”. Sin embargo, en los últimos años este vacío historiográfico ha sido parcialmente modificado gracias a una serie de trabajos que han contribuido al desarrollo de nuevas líneas y temas de investigación. El nuevo libro de Pasolini recupera un aspecto central del antifascismo argentino, las relaciones entre dicho fenómeno y la cultura comunista, desde las perspectivas que ofrece la nueva historia cultural y la historia intelectual. Más concretamente, la preocupación del autor es analizar la dimensión simbólica de lo político a partir de un conjunto de nociones, ideas-fuerza, creencias compartidas y emociones de quienes las sostienen y experimentan, configurando lo que él denomina la “cultura antifascista”.

Esta publicación sintetiza las principales líneas de investigación que previamente había desarrollado en su tesis doctoral del año 2006 –“La utopía de Prometeo. Juan Antonio Salceda, del antifascismo al comunismo”– y diversos artículos publicados en diferentes revistas académicas. Tomando como eje a la Agrupación de Intelectuales, Artistas, Escritores y Periodistas (aiape), una de las asociaciones más notorias dentro del movimiento antifascista en el ámbito local, Pasolini se propone recorrer el mundo cultural comunista desde la internalización del fenómeno antifascista, a partir del clima generado por el discurso de Georgi Dimitrov en el VII Congreso de la Internacional Comunista que proclamaba la necesidad de constituir frentes únicos y populares para combatir a los fascismos, hasta los años signados por el ascenso y caída de Juan Domingo Perón, momento clave en el cual el autor demuestra cómo algunos tópicos del antifascismo se reactivaron y que permiten explicar por qué muchos intelectuales comunistas devinieron furibundos “antiperonistas”.

Tal como su título lo indica, el objetivo principal del autor es analizar una particularidad de la identidad política comunista emergente a medidos de la década de 1930, la que “no por compartir consignas con la del comunismo internacional del periodo dejó de expresarse en sus coloraturas locales” (p. 12), una particularidad que redundó en la conformación de un “marxismo liberal”. Esta peculiar conjunción ideológica y política plantea al menos dos interrogantes: ¿por qué fue esta matriz liberal y no otra la que caracterizó al ideario “nacional” de la mayor parte de los intelectuales que se ligaron al comunismo argentino?, y ¿por qué un movimiento político-cultural que en sus bases teóricas se proponía la abolición del capitalismo y de su clase social dinámica desarrolló una representación del pasado y la política argentinos que compartía muchos elementos con la elaborada por el sector social que pretendía abolir y reemplazar en el proceso histórico? El intento de responder a estas preguntas hilvana los cuatro capítulos que constituyen el libro.

En el primero, “El momento antifascista: la aiape y la defensa de la cultura”, Pasolini muestra cómo a partir de la emergencia del fascismo italiano y sobre todo hacia 1935, la progresiva formación de agrupaciones políticas y culturales de carácter antifascista estuvo catalizada por los acontecimientos de la política local pero que también, en gran medida, reivindicaban como propios los combates del antifascismo europeo. El ejemplo más paradigmático lo representa la movilización antifascista ante el estallido de la guerra civil española y la participación de los voluntarios en las Brigadas Internacionales. La aiape, creada el 28 de julio de 1935 por un grupo de intelectuales y artistas de procedencias políticas diversas, aunque gradualmente hegemonizada por comunistas, ocupó un lugar central en la configuración de una red de militancia antifascista en el ámbito de la cultura, y es de particular importancia para el autor en tanto se presenta como un caso que le permite reconstruir y comparar, por un lado, los lazos y continuidades en relación con su modelo de referencia de organización político y cultural, el Comité de Vigilance des Intellectuels Antifascistes (cvia) de París y, por otro lado, posibilita un análisis minucioso de las apropiaciones y resignificaciones de ciertos tópicos y prácticas en la lucha antifascista específicos del ámbito local. De esta manera, el historiador señala continuidades y diferencias, tales como la apropiación del lema “Por la defensa de la cultura”; la apelación al caso Dreyfus como expresión del momento fundacional de una sensibilidad hacia el compromiso político del intelectual para el caso de la cvia y la Reforma Universitaria de 1918 para los integrantes de la aiape; la juventud en ambos casos como tópico e ideal emancipatorio pero arraigado en distintas experiencias político-culturales y las diferentes concepciones de democracias que circulaban en el periodo, entre otros temas. Estos rasgos permiten rastrear los orígenes y el arraigo de una operación discursiva ya mencionada: la adopción de la herencia de la Revolución de Mayo de 1810 vinculada al mundo cultural comunista en un contexto político donde la tradición liberal era vulnerada por los gobiernos corruptos y fraudulentos de José Félix Uriburu y Agustín P. Justo, que dieron lugar a la llamada “década infame”.

La figura del intelectual Aníbal Ponce (1898-1938) adquiere un lugar destacado en su análisis, pues su derrotero permite echar luz al problema planteado al enlazar su obra con la trama contextual y las redes de sociabilidad de las que formó parte. A través de un estudio muy erudito, Pasolini reconstruye el itinerario de Ponce desde su juventud, enfatizando la filiación con su maestro José Ingenieros, las relaciones entabladas con intelectuales antifascistas franceses a través de sus viajes a París, el viaje a la URSS a principios de 1935, su papel destacado en la creación de la aiape y la actuación como primer presidente de dicha agrupación, y su legado escrito hasta el autoexilio y la muerte trágica que lo sorprendió en México en el año 1938. Todos estos acontecimientos relacionados permiten comprender al autor de qué manera Ponce construye una operación discursiva que retoma la “tradición de Mayo” sin olvidar que el horizonte político se hallaba en el modelo soviético, máximo paradigma de desarrollo social posible. Esta articulación no sólo ilumina el tránsito de Ponce sino el de muchos intelectuales que desde posiciones humanistas dieron paso a otras concepciones revolucionarias o contestatarias además de visibilizar las tensiones que despierta el querer ser un intelectual comprometido a mitad de camino entre la militancia literaria y la política. Con el fallecimiento de Ponce en plena maduración intelectual, este “no sólo se convertirá en el presidente mítico de la aiape, sino en la figura aglutinante de la identidad de los intelectuales del pca, nacidos a la vida cultural en el clima cultural de la entreguerra” (p. 93). Este último tema es desarrollado en profundidad en el capítulo cuarto, “Aníbal Ponce: ícono de una generación intelectual”.

Las representaciones y los debates acerca del papel del intelectual comprometido, a propósito de las reverberaciones de las figuras de Romain Rolland y Henri Barbusse, son analizadas en el segundo capítulo, dedicado a la “Teoría del fascismo, función intelectual y tradición argentina”, por medio de los órganos oficiales de la agrupación: Unidad. Por la defensa de la cultura (1936-1938) y Nueva Gaceta. Revista de la AIAPE (1941-1943), y en el marco de una trama más amplia de publicaciones culturales de izquierda que los precedieron como Contra y Nueva Revista, entre otras. Atentos a la posibilidad del avance de un posible “fascismo criollo” que incluía un avasallamiento sobre la inteligencia y la cultura, los intelectuales de la aiape asumieron la tarea de resistir el proceso de “fascistización” en el ámbito cultural, adhiriendo de inmediato al “canon dimitroviano” lanzado en 1935.

En relación con la pregunta central que recorre este libro acerca del peso específico de la tradición liberal en el antifascismo comunista, Pasolini se pregunta si esta era un estrategia discursiva propia del oportunismo político de la sección argentina de la Internacional Comunista (ic) o el verdadero peso específico de una tradición que a fuerza de ser golpeada se refugia en antiguos y sospechados enemigos: los comunistas, pues ellos, en su sostenimiento, ven una oportunidad de integración en el sistema político argentino. En realidad, ambas cuestiones están presentes y en gran medida explican las tensiones ideológicas al interior de la aiape. Estas tensiones, que irán dinamitando la pretendida unidad “por la defensa de la cultura”, son estudiadas al calor de una serie de acontecimientos políticos internacionales –como la firma del Pacto de Múnich, el pacto germano-soviético, la segunda guerra mundial, el endurecimiento de la doctrina del “realismo socialista”–, los cuales incidieron directamente en la aiape, hegemonizada gradualmente por el Partido Comunista Argentino (pca) y que derivó en las renuncias de intelectuales de la talla de Alberto Gerchunoff, Liborio Justo y las expulsiones de César Tiempo y Samuel Eichelbaum por el endurecimiento de la línea partidaria.

En el capítulo tercero, “De la clausura de la aiape al Congreso Argentino de la Cultura”, Pasolini observa cómo para muchos de los intelectuales miembros de la aiape el golpe cívico-militar de 1943 supuso un encuentro “real” con el enemigo político construido en los años treinta. Es decir, a partir de la clausura la aiape en 1943 y los sucesivos encarcelamientos de varios de sus integrantes que no dejaban resquicios para la acción político-cultural, los tópicos del momento antifascista se reactivaron, sobre todo cuando apareció en la escena política el coronel Perón, visto como la encarnación de un nuevo movimiento: el “naziperonismo”. Fue en este contexto cuando se afianzaron los posicionamientos de los intelectuales del pca, como presume Pasolini, porque el partido a pesar de todo se transformaba en una suerte de refugio en el marco de un clima represivo. Siguiendo los diferentes derroteros intelectuales, Pasolini descubre que hacia 1945 un núcleo asociativo inicial se congregó alrededor de una nueva publicación, El Patriota, dirigida por el poeta comunista Álvaro Yunque. En sus páginas se advierte la aspiración de querer constituir una gran alianza nacional antifascista que, de algún modo, precede a la constitución de la Unión Democrática a la que luego apoyará, retomando de esta manera la táctica frentista de 1935. Así, El Patriota “es el portavoz de una pretendida alianza que desea instalar en el país la vigencia plena de la Constitución nacional y reclama la derogación del Estado de sitio; la libertad de todos los sindicatos y de los presos políticos; la libertad de expresión y el llamado inmediato a elecciones” (p. 124). Esta publicación, reemplazada luego por La Hora, es abordada por el historiador en consonancia con otras revistas también frecuentadas por ex integrantes de la aiape, como Latitud, en donde vuelve a señalar la pervivencia del peso de la tradición liberal en el ideario comunista.

Cabe destacar que el fracaso de la Unión Democrática significó un nuevo rumbo para algunos intelectuales, como el caso de Rodolfo Puiggrós, quien se unió al peronismo tratando de combinar su matriz marxista originaria con el nacionalismo imperante en ese nuevo movimiento político. Por último, Pasolini analiza exhaustivamente el surgimiento del Congreso Argentino de la Cultura (1953-1955), interpretado como otro momento clave en la reconstitución de la sociabilidad antifascista que demuestra la perdurabilidad de las redes intelectuales del antifascismo y las modalidades de acción política y cultural iniciadas con la aiape, pero en un nuevo contexto de resignificaciones.

Finalmente, en el epílogo, “Los marxistas liberales”, reaparece una vez más la figura de Aníbal Ponce como referente de una trama más amplia y compleja, al ejemplificar cómo un obediente a los dictámenes del pca nunca dejó de portar un imaginario político personal que caló profundamente en la lucha antifascista más allá y por sobre ella, pues el antifascismo argentino supuso para el autor “Una política de resistencia, de defensa de la cultura, que aunque asumiera a veces una retórica clasista se expresaba en la pervivencia de un conjunto de prácticas específicas de otra etapa de la república de las letras” junto con “un marxismo que unió en un mismo proceso reivindicativo las aspiraciones de la Revolución de Mayo con las de la revolución rusa” (p. 184). Esta operación ideológica, concluye Pasolini, fue un componente dominante en la sensibilidad ideológica del comunismo argentino, porque admitía un origen con base en la tradición nacional a la política de un partido que respondía a una estructura internacional.

En resumen y teniendo en cuenta los propósitos de esta colección editorial, podemos afirmar que Pasolini ha logrado los objetivos esperados: divulgar un tema poco explorado sin perder la calidad ni la rigurosidad analítica, ofreciendo en las primeras páginas una serie de conceptos clave para comprender el periodo abordado, como por ejemplo el de “bloque histórico” de Antonio Gramsci, “sensibilidad política” o “cultura política”, los cuales permiten complejizar la lectura para el lector menos avezado. Valiéndose de las herramientas metodológicas de la historia intelectual y la nueva historia cultural y sostenido en un importante trabajo de archivo, el libro de Ricardo Pasolini es un aporte valioso que profundiza un aspecto del antifascismo argentino y abona un camino en el cual existe aún un vasto terreno para seguir explorando.

Magalí Andrea Devés

uba/Conicet